Roberto Argüello nació en 1963 en el barrio rosarino de Echesortu, a poca distancia de la Facultad de Medicina y a tres manzanas de la Terminal de Ómnibus, en la misma zona donde, hace cincuenta o sesenta años, había vivido Alfonsina Storni. Su padre, también llamado Roberto, trabajaba en la metalurgia, y su madre, Eduarda, se encargaba de la casa; se casaron ya adultos y Roberto fue el único hijo de la pareja. Argulín, como lo apodaron en la adolescencia, empezó a jugar al tenis con cuatro años, en el club Remeros Alberdi, frente al río Paraná.
“Mis padres practicaban tenis, me tiraban la pelotita, yo corría detrás con una raqueta de madera de 400 gramos, pesadísima, que ni siquiera podía levantar, y por eso aprendí a pegar con las dos manos. Un profesor del club de esa época le dijo a mi papá: ‘Cuando su hijo sea grande habrá que pagar para verlo jugar’. Mi padre preguntó: ‘¿Qué dice? ¿Por qué?’. ‘Mire: deje picar la pelota una, dos, tres veces hasta que la tenga a la altura de la cintura y le pega. Tiene criterio. El resto de los chicos salen corriendo como locos’. Tenía razón”, recuerda Argüello ante LA NACION, desde El Salvador, el país de Centroamérica al que llegó en octubre de 2024 y donde logró superar tormentas emocionales y físicas tras momentos complicados, cuando sintió haber tocado fondo.
Ganó el Orange Bowl, en la categoría menor de 14 años, en 1977. Regresó a la escena juvenil con el triunfo en Sub 18, en diciembre de 1981. Animado por ese título en Florida, se sintió preparado para dar el salto a la élite, pero en 1982, tras ser citado para la Copa Davis, todo se interrumpió de forma abrupta: tuvo que cumplir con el servicio militar, perdió puntos del ranking y dejó de jugar con la raqueta para empuñar un fusil. Después de un año, retomó el tenis desde cero, con escasez de recursos, y en su segundo torneo oficial ganó un título ATP: en Venecia, 1983. Alcanzó el puesto N° 38 del ranking mundial en abril de 1984. Y, además, disputó dos series con el equipo argentino de Copa Davis en la era de Guillermo Vilas y José Luis Clerc.
Naturalmente zurdo, luchaba con ese perfil, pero mostró una peculiaridad que en aquella época se veía con cuentagotas entre los profesionales: golpeaba con dos manos tanto el drive como el revés. Eso desconcertaba a los rivales.
“Como no podía levantar mi primera raqueta, que parecía un poste, me las arreglé tomándola con ambas manos. Golpeaba con la izquierda, pero mi drive lo hacía con dos manos, soltando la derecha al final y el revés, con las manos invertidas. Un golpe rarísimo, lo sé, pero era mi mejor tiro. Es una pena que nadie me enseñara a sacar con la derecha, porque tendría un saque por derecha y otro por izquierda. Habría sido una ventaja mayor”, comenta Argüello, que en pocos días cumplirá 63 años. Y añadió: “Había un jugador de Estados Unidos, Luke Jensen, que ganó el dobles de Roland Garros junto a su hermano Murphy [en 1993], que era diestro pero también sacaba con la zurda de igual modo. Mi patrón de juego era diestro, pero con la zurda para sacar”.
-¿A tus rivales les costaba más leer tus golpes?
-Sí, eso representaba una gran ventaja. Además, con los efectos y ángulos, al tener habilidad en ambos lados, lograba confundirlos. Lo único que me perjudicaba algo era el alcance de mis brazos. Pero era rápido y tenía lectura de juego; variaba mucho. El contrario no sabía dónde estaba parado, y se enredaba. Preguntaban cuál era mi drive y cuál mi revés, pero nunca se los revelaba, jaja. Ya con diez años disputaba con los grandes y los volvía locos: les hacía perder tiempo, iba a buscar la toalla, secaba la red, nunca me calentaba; ya tenía una madurez emocional. Traía ese chip incorporado. Aprendí mucho jugando en el frontón. Después me mudé al club Provincial, donde había más competencia, estaban Gustavo Tiberti, Alejandro Novillo, los mejores de Rosario, excepto Carlos Castellán, que era del Jockey. Empecé a competir en las categorías menores y fui creciendo; a los catorce años ya había alcanzado un nivel alto y en 1977, año magnífico, gané el Banana Bowl y el Sudamericano en Caracas; quedaba el Orange Bowl, pero mis padres no podían pagar el viaje. Entonces, el Atlético del Rosario, donde ya jugaba, organizó asados para recaudar fondos para mi pasaje y una señora con una familia en Miami consiguió que me hospedara allí. Llegué allí, sabía algo de inglés porque mi mamá me había enviado a aprender desde los siete u ocho años. Le decía: ‘¿Para qué? Mejor comprame soldaditos, autos de juguete’. Ella insistía: ‘No te vas a arrepentir’. Tenía una visión especial. Dejar a un hijo viajar solo no era sencillo. A los doce años me ponían en el tren de Rosario a Buenos Aires; llegaba a las once de la noche, Gerardo Wortelboer, que fue capitán de la Copa Davis, iba a buscarme y me llevaba a su casa, en Ramos Mejía. Pasaba los sábados y domingos entrenando en el Buenos Aires Lawn Tennis Club. En esa época dorada también estaba el Profe Belfonte; el doctor Horacio Billoch Caride, presidente del club, nos abrió las puertas a los chicos del interior para que pudiésemos entrenarnos. Los mejores tenistas estaban allí. Hasta los 17-18 años dormí en el club, debajo de la tribuna; era como mi casa.
-En 1979, a los 16 años, enfrentaste un gran reto al jugar contra Ivan Lendl en el Abierto de la República, BALTC. ¿Cómo fue esa experiencia?
-Estaba empezando a figurar con puntos ATP, pasé la qualy y fue un shock. Me tocó en la primera ronda contra Lendl, que ocupaba el lugar 25 del mundo. Pensé: ‘¡Qué suerte! Podría haber caído con otro’. Me ganó 6-3 y 6-2, pero viví una experiencia increíble. La cancha estaba a reventar. En el primer game serví yo. Lendl pegaba con una potencia brutal, era grandote. Me dije: ‘Haré un saque y volea para sorprenderlo’. No se lo esperaba. Saco, voy a volearle, cambio de mano, toque corto, punto. ¡Qué momento! La gente enloqueció. Él me devolvió la pelota al otro lado, pero yo cambié la mano, hice un toque corto y gané el punto. Repite y el público estalla. Lo hice cuatro veces y el estadio terminó de explotar, pero fue lo peor que pude hacer, porque Lendl se encendió de rabia al ver a un pibe improvisar así. Se acomodó y me ganó.
-¿Qué significó para ti ganar el Orange Bowl en Sub 18 antes de dar el salto profesional?
-Fue una victoria enorme. A los 18 años era mi última participación, llegué como cabeza de serie n.º 1 y estaba nervioso. Viaje junto a mi compañero Alejandro Olmedo Zumarán, que lamentablemente falleció, buen chico. Nuestro capitán era Raúl Pérez Roldán, que no nos prestaba atención, ni nos brindaba consejos: prácticamente nos ignoraba, nos decía a qué hora jugaríamos y ya. Estaba acompañado por sus hijos; parecía que había un torneo en Nueva York y él se fue antes de mi final. Raúl tenía una doble personalidad: con nosotros era cordial, pero con sus hijos y su mujer era duro, incluso les golpeaba delante de nosotros. Fue un disparate.
-¿Cómo continuó tu carrera después de ese triunfo?
-Después de ganar el Orange Bowl, me ubicaba alrededor del puesto 140 del mundo. Estaba entrenando para la Copa Davis; en 1982, año de la Guerra de Malvinas, debíamos enfrentar a Francia, que contaba con (Yannick) Noah. La Asociación de Tenis me dijo que no me preocupara porque habían buscado a alguien que me ayudara a evadir el servicio militar. Me dijeron que me iría a Rosario el fin de semana, pero cuando llegué a mi casa, tocaron la puerta: era un soldado. ‘¿Usted es Argüello? Venga conmigo’, dijo. ‘No, pero represento a Argentina, juego la Davis’, respondí. ‘Viene ahora o lo llevamos directo al sur’, insistió. ¿Qué iba a hacer? Mis padres me llevaron al Batallón 121 de Rosario. Yo, con los rulos y vaqueros, les dije: ‘Espérenme quince minutos que ya vuelvo’. Y no volví. Tuve mala suerte: había un teniente coronel que me conocía; les expliqué la situación y que debía jugar la Davis. Él dijo: ‘Vamos a ver qué se puede hacer’. Me dejó esperando, pero luego entraron varios autos militares negros; un general gritó: ‘¿Qué hace ahí sentado?’. Le contaron que era tenista, y dijo: ‘¡Qué tenista!’ Me cortaron el pelo.
-¿Cuánto duró ese servicio militar?
-Un año. Fue duro. En ese momento, al hacer temprano ese premio Orange Bowl, hubiera contado con patrocinios inmediatos y posiblemente habría participado en exhibiciones junto a Borg, Connors, McEnroe o Vilas… Ganar el Orange Bowl parecía el pasaporte al circuito mundial. Pero me quedé atrapado en Rosario; pasé cuarenta días en un campamento haciendo instrucción. Pasé de un mundo de fantasía tenis a la vida militar. Tenía una mucha sensación de impotencia y perdí todos mis puntos. La Asociación no hizo nada. Pero no me rendí. Al terminar la instrucción me permitían salir algunas tardes para entrenar y jugar torneos. Un día nos despertaron con la noticia de que estábamos en guerra con Inglaterra. “¿Debo ir a una guerra por esto?”, pensé. No sabíamos qué pasaría; éramos jóvenes y no sabíamos disparar. Finalmente nos concedieron una licencia de dos meses durante la contienda. Volvimos a casa y luego regresé al Batallón. No estuve cerca de Malvinas, afortunadamente. Poco después, tras ganar el Orange Bowl, fui invitado por Leopoldo Galtieri a la Casa Rosada; viajé con mi mamá y otros campeones. Muchos me aconsejaron que aprovechara esa visita para pedir que me liberaran, pero no lo hice.
-¿Hubo un cambio radical en tu vida?
-Sí. A finales de 1982 fui liberado y empecé a competir de lleno en 1983, que terminó convirtiéndose en mi mejor año. Me casé con mi primera esposa, Cecilia, con quien tuvimos mellizos varones, que hoy tienen 37 años; uno vive en España y el otro en Rosario, y afortunadamente ambos están bien. Mi mamá me recomendó buscar un entrenador; eso fue lo correcto, pero me enamoré y la relación dificultó ese paso. Nos fuimos de viaje al circuito con algo de dinero que guardaba de un contrato con Topper; partimos hacia Europa. Llegamos a París y, desde allí, tomamos un tren a Lisboa para jugar el Satélite de Portugal. La qualy era dura: había jugadores como Peter Lundgren, quien había sido técnico de Federer, al que me costó vencer en tres sets. Había otros jugadores de alto nivel. Y terminé ganando el torneo.
-¿Y luego llegaron Venecia, donde ganaste el ATP?
-No directamente. Primero pasé por el Satélite de España, que quedaba cerca. Gané a Gustavo Luza y, en la última ronda, frente a Ramiro Benavides, un boliviano que falleció hace poco, gané el primer set. Si ganaba ese partido, ya no podría llegar a Venecia, donde ya me había anotado. Así que fingí una lesión en la pantorrilla y me retiré para poder presentarme al día siguiente, sábado, en Venecia. Corrimos al hotel y dormimos unas horas; firmé la qualy, jugué y avanzaba. En el cuadro me tocó el preclasificado número 1, Eliot Teltscher, que en esa época era compañero de dobles de McEnroe. Al verlo pensé: “¡Qué paradoja!” y le gané en tres sets. Así se fueron sucediendo las sorpresas: remonté contra Jaime Velásquez en octavos, luego vencí al uruguayo Diego Pérez, que fue muy duro; en semifinales vencí a un francés, Bernard Fritz; y en la final, a un estadounidense extraordinario, Jimmy Brown. Ganar un título ATP fue emocionante; comprendí que valía la pena todo el sacrificio. Inmediatamente sumé puntos y pude entrar directo en torneos de mayor nivel. Un año después, llegué a las semifinales de Niza, perdí ante Henrik Sundström, que luego ganó Montecarlo. Revisé el ranking y me vi en el puesto 38 del mundo. En ese vestuario coincidí con McEnroe, Connors y otros grandes; no podía creerlo. ¿Qué hacía yo ahí? Fue entonces cuando, inconscientemente, me puse límites: si hubiera contado con un entrenador, quizá me hubiera planteado llegar a 20º del mundo, quizá mejorar el saque y la volea, y seguir avanzando. Me faltó dirección, y además aún pesaba la sensación de injusticia por el servicio militar. Salí de esa época con una mente herida; esa fuerza que tuve al principio no volvió a aparecer. No me preparé para dar el siguiente salto.
Con 14 años, antes de viajar al primer Orange Bowl
-¿Siempre anduviste en el circuito sin entrenador, salvo un breve periodo con Alejandro Gattiker?
-Sí, fue en 1985. Me vino muy bien, porque ese año obtuve varias victorias importantes. Una ante Aaron Krickstein en Ginebra, otra frente a Noah en Barcelona… Pero la colaboración duró apenas unos meses. Yo fui su primer jugador.
-¿Cómo planteabas tus estrategias?
-Para nada, era muy autodidacta. Mi esposa me apoyaba. Había entrenadores que se acercaban, pero eran pocos; no sabía a quién confiar y el dinero para pagarles era escaso. Hoy ves a jugadores con equipos enormes; nosotros éramos de pura lucha. Aunque futbolistas de mi nivel, como Leconte, Wilander o (Thierry) Tulasne, llegaban a torneos en Porsche; yo llegaba en tren, buscando un hotel económico con mi esposa. Ellos tenían patrocinadores, cuentas bancarias y yo apenas tenía lo justo. Nos cuidábamos para comer y viajábamos con los mellizos, que nacieron en 1989, hacia el final de mi carrera [me retiré en 1991].
-¿Cómo fue enfrentarte a tu ídolo, Vilas, por primera vez?
-Fue en el República de 1981. El cuadro avanzó y en la segunda ronda me topé con Vilas. Entró a la cancha central con un brazo cargado de raquetas, parecía una estrella. Lo había visto en 1977 cuando ganó el US Open. Enfrentarlo en su casa era un sueño. Vivía debajo de la tribuna, salí de la habitación, caminé unos pasos y entré a la cancha con dos o tres raquetas, dos muñequeras y frente a una leyenda. Era verano, noche, la cancha llena y la transmisión televisiva en curso; el corazón me iba a mil revoluciones. Yo era un muchacho delgado, sin mucha musculatura. Pensé: ‘Este me va a doblar’. Y de pronto comencé a oír mi nombre desde la grada; no lo podía creer. Tenía un poco de inconsciencia y dije: ‘Vilas tiene dos brazos, dos piernas y una cabeza, como yo. Si le suelto un drop-shot va a tener que moverse’. Empezó el partido, él sacó y me enfrenté a su saque; yo me adelanté con un drop, subí a la red, balón alto, otro drop, y gané el punto. El estadio se vino abajo y Vilas se calentó, terminó siendo un partidazo de más de dos horas y media. Perdí el primer set 6-4; en el segundo iba 5-3 y 40-15, si hubiera ganado ese set quizá… pero terminó llevándose el set 7-5. Fue un encuentro que me dio confianza para competir con top ten, con mi estilo y sin miedo.
-A Vilas le gustaba entrenar contigo.
-Sí, era cierto. Para mí Vilas era un ejemplo de jugador, de sacrificio y de perseverancia. Me buscaba para entrenar, aunque a veces parecía que se escapaba un poco, porque su sistema consistía en media hora de drive cruzado. ¡Media hora de drive cruzado! Hacías diez minutos y se te quemaba la cabeza. Luego decía: ‘Ahora media hora de revés cruzado’. ¡No! Así entrenaba él. Después de mí llegaba otro. Disponía de dos o tres jugadores toda la tarde, se llevaba la comida y pasaba la tarde en la cancha. Practicaba parado, hacía direcciones, repeticiones… algo de volea. En cuanto al saque, prácticamente nada. Y hablaba con el Profe Belfonte y con Tiriac, probaba sus ocho raquetas, quitando el plomo a una y a la otra, entre historias de sus viajes.
-También compartiste vestuario con Clerc y Vilas en la Copa Davis.
-Sí, claro, cuando no habían buena sintonía entre ellos. Yo entrenaba con uno u otro, pero nunca juntos. Batata tenía un carácter más abierto y bromista; para mí no fue incómodo porque estábamos en el mismo equipo, aunque sí era incómodo entre ellos. La experiencia de compartir vestuario en la Davis fue fantástica. En esa época la Copa Davis tenía un peso enorme: tres días de competencia, Estados Unidos venía con McEnroe y la presencia de público era abrumadora, con bocinas en las tribunas y la gente gritando cuando Guillermo hacía la Gran Willy o su passing de revés. Debuté en 1983, en Roma, ante Francesco Cancellotti, un jugador muy talentoso [7-5 y 6-4, con la serie definida por el quinto punto del triunfo local 5-0]. Fue inolvidable. Lo viví con mucha intensidad, nervioso, como si entrara al Coliseo. Me tiraban monedas, me gritaban de todo. Más allá de las diferencias, percibía buena onda en el equipo: Belfonte, Richard Cano, Tiriac. También jugué un tiempo después contra Ecuador [en la 1ª ronda de 1985, en el Buenos Aires LTC, cayeron ante Raúl Viver; la serie terminó 4-1 a favor de los visitantes].
-¿Qué personalidades famosas conociste gracias al tenis?
-A Su Santidad el Papa Juan Pablo II. Fuimos varios tenistas argentinos a visitarlo al Vaticano. Sentí como si estuviera frente a Dios. También, en Mónaco, junto a Guillermo Rivas, coincidí con Carolina de Mónaco y pensé: ‘¿Qué hago aquí?’. En Roland Garros, Batata me invitó a comer junto a Panatta, Bertolucci y Nastase, que iba acompañado de un guardaespaldas enorme, jaja. Fuimos a un lugar que también era discoteca. Me vi cenando en la misma mesa y pensé: ¿Qué hago aquí? Eran actores de cine. Los había visto en la tele y, de pronto, estaba compartiendo mesa con ellos.
-¿Cómo decidiste retirarte?
-Ya había tenido a mis hijos; viajábamos con ellos, que tenían seis meses. Era muy duro llegar a Europa, alquilar un coche, instalarte en la habitación con todo lo necesario. Perdía partidos al final 7-5 o 7-6 en el tercer set. En agosto de 1990 gané mi último Challenger, en Ginebra. Llegué a la final contra Daniel Orsanic, con quien ya había entrenado y venía ascendiendo. En la final me encontré con una gran versión de mi juego; Orsanic me decía: ‘Dale, Argulín, nunca te vi jugar así’, jaja. Le gané 6-3 y 6-0, pobre Orsanic. Pero en 1991 fue un año duro: me separé, los chicos eran pequeños, influía un poco lo económico y era difícil viajar todos juntos. Estaba cansado de las giras y me retiré. Empecé a jugar interclubes en Francia, para el club Stade Français; fui capitán del equipo y jugador. Pasé dos o tres años en París. Me casé con mi segunda esposa, Patricia. Y con ella emprendí toda la etapa de entrenador. Estuve en París, Estados Unidos, Japón, Suiza, Luxemburgo, Alemania, Kuala Lumpur, en fin…
-¿Cómo terminaste trabajando para la Federación de Japón?
-Con Patricia entramos en Saddlebrook, cerca de Tampa, en la academia de Harry Hopman. Era un country club con canchas de tenis y golf, donde trabajaba como head coach Álvaro Betancur [extenista colombiano], a quien yo conocía. Buscaba trabajo como entrenador. Toqué la puerta de una casa que figuraba en alquiler; me abrió una señora japonesa que no hablaba inglés, buscó un papel que decía que tenía que llamar a otra persona. Resulta que esa mujer era la presidenta de la federación de Japón: había ido a esa academia de Estados Unidos para buscar un entrenador, no le gustaba ninguno y se iba al día siguiente. ¡Qué destino! Llamé al contacto adecuado, y en dos semanas me mudé a Japón. Viví en Tokio. Fue una experiencia muy enriquecedora por la cultura y la comida, que son de mis favoritas. Trabajé con Miho Saeki, que llegó a top 60 del mundo. Después con Gouichi Motomura, 130 del mundo. Aprendí algo del idioma. Lo que más me sorprendió fue el respeto a los mayores que tienen; el anciano es quien posee la sabiduría. También el respeto entre colegas y la fidelidad en el trabajo, valores humanos que les enseñan desde pequeños. Para competir les falta la picardía latina, pero son personas muy trabajadoras. Se han reconstruido tras la guerra con disciplina. Estuve un año en Japón, pero iba y venía a Estados Unidos con esos jugadores. Hasta que me instalé en la Florida.
-¿Allí fuiste sparring de Pete Sampras?
-¡Sí! Fue en esa época. En Saddlebrook, Betancur me contó que Sampras, que residía en Tampa, necesitaba a alguien para entrenar. ‘¿Sampras? ¿Te parece?’, pregunté. ‘Sí, sería como sparring, ayudarlo un poco’. Fui. Compartí varias jornadas con él, fuimos a entrenar; era una experiencia fantástica. Era muy buena onda; venía de ganar Wimbledon en 1998. En una ocasión le pregunté: ‘¿Te muevo un poco? ¿Te voleo? ¿Hago algún ejercicio?’. Dijo que sí, y me quedé en la volea. Pasaron dos o tres minutos y me dijo que no podía más. ‘¿Qué pasa?’, pregunté. ‘Me acabo de comer una pizza de pepperoni’ (ríe). Al día siguiente hicimos otra sesión; al lado había una cancha de básquet y un chico llegó con la pelota para disculparse: ‘Perdóname, en cinco minutos vuelvo’. Se fue a tirar al aro, jaja. Fue un fenómeno.
-Después trabajaste con Jennifer Capriati.
-Sí. Con su padre, Stefano, una persona difícil dentro de la cancha. La entrené en doble turno durante unos tres meses; me fue bien. A los 14 años ya había llegado a las semifinales del US Open. Después tuvo problemas por robos y luego fue arrestada. También atravesó una etapa de consumo de marihuana y la presión del padre explotó. Cuando la entrené era pelirroja, de estilo Punk. Estábamos para iniciar una nueva etapa en el circuito y, de un día para otro, el padre dijo que no; se fueron a Francia y eso terminó. Poco después cambió de look y ganó el Abierto de Australia y Roland Garros (en 2001). Se convirtió en la número 1 del mundo.
-También viviste en Basilea y trabajaste en el Tennis Club Old Boys, donde se formó Roger Federer.
-Sí. Estaba cansado de viajar y me instalé en Basilea. Era un club pequeño, de barrio, y seguía el primer entrenador de Federer; Roger aparecía de vez en cuando. Una vez vino tras ganar Wimbledon. Yo todavía jugaba bastante bien, así que disputé dobles en el equipo de primera y me tocó enfrentarlos a Stan Wawrinka, que ya era top 25, para un club de Ginebra. Vinieron al club y me sentí inspirado para jugar con un compañero que era muy bueno, Yves Allegro [32° de dobles en 2004]. Arranqué con todas las pilas. Wawrinka jugaba de revés, y cuando llegó mi turno de saque pensé: ‘¿Cómo le hago para sacar? Me va a romper’. Consideré sacar a toda potencia, pero terminó con un tiro paralelo que Allegro ni vio. Entonces me ubiqué bien en la línea de dobles, empecé a sacar corto y con efecto, y él terminó sacando los pelotazos fuera. ¡Qué saque de mierda! decía entre risas. Ganamos el primer set 7-6, luego perdimos 6-3 y 6-4.
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Tras tantos años en el extranjero, Argüello volvió a vivir en Rosario. La pandemia la vivió en su país. Pero, más allá de la crisis sanitaria global, se encontró con un panorama laboral y emocional mucho más áspero de lo que esperaba. Le cerraron puertas, topó con obstáculos. Le costó conseguir un empleo estable. Proyectos que lo entusiasmaban se desvanecieron. Y cayó.
“Por un lado, me encontré con mis hijos, a quienes no veía; fue un reencuentro muy valioso -revela-. Pero quise trabajar en los clubes donde había disputado partidas y, prácticamente, no pude; la gente de mi época ya no estaba; hubo cambios en las comisiones directivas, presenté propuestas para continuar con una academia y se la otorgaron a otro entrenador… Quise entrar al Buenos Aires Lawn Tennis y no pude. Tampoco tuve contacto con la Asociación Argentina de Tenis. Fue un duro golpe emocional. Me sentí rechazado, no valorado. Sentí una falta de reconocimiento. Hay mucha política en los clubes y no fue fácil. Aun así, trabajé. ¿Qué hice? Cargaba el canasto de pelotas, la raqueta y tomaba el colectivo para ir a dar clases a distintos pueblos de la zona. A Timbúes, a Álvarez, a Granadero Baigorria…”.
-¿Qué te afectó más de esa situación?
-Me afectó mucho anímicamente. Sentí angustia por la falta de reconocimiento a lo que había conseguido como deportista. Ahora me quiero más y me doy cuenta de que no merecía aquello. Pero lo pasé muy mal. Busqué ayuda de un psicólogo, recibió el apoyo de mi familia y también de Luis Pianelli [encordador reconocido del equipo de Copa Davis entre 2005-2011 y 2015-2020, oriundo de Arroyo Seco, Santa Fe], aunque sobre todo dependí de mi propia voluntad. Cambié mi enfoque, mi forma de vivir. Me sentía como en un punto de partido, pero aún no había perdido. Conté con el respaldo de médicos y de la gente más cercana y, poco a poco, esa energía fue transformándose.
En la actualidad, practicando en El Salvador
-¿Qué te impulsó a cambiar?
-Un día, de forma repentina, Luis Pianelli me contactó porque supo que buscaban un entrenador en El Salvador y que yo encajaba entre 40 y 60 años. Yo tenía 61. ‘¡Es para vos! ¡Llama ya!’, me dijo. ‘¿Te parece, Luigi?’. No tenía batería en el teléfono, así que pedí prestada en el club. Generalmente, para un trabajo suele ser difícil que te atiendan de inmediato, pero aquí fue distinto: el director de la federación me atendió, me conectó con el presidente, Rafael Arévalo, hermano de Marcelo [N° 1 en dobles en 2024, actual 9°]. Todo ocurrió muy rápido; empecé a trabajar y mi vida cambió por completo. Llegué con la maleta, la raqueta y muchísimas ganas. Ni ropa propia tenía: Luigi me dio. Le dije: ‘Mira, sólo tengo ropa vieja de tenis. ¿No te sobrarán unas zapatillas?’. Me dio un montón de cosas y llegué en buena forma, pituco. Me puse en forma de nuevo, física y mentalmente. Mejoré la salud. Juego al tenis, nado. Todo cambió. Tuve que atravesar experiencias muy duras para valorar lo bueno que tengo y lo que hice. Crecí como persona; estoy en paz conmigo mismo. Acá cuentan con un centro nacional impresionante, logré el puesto, los entrenadores me valoran, pero siempre con un perfil discreto.
-El Salvador no tiene una tradición tenística, pero logró producir un Nº 1.
-Exacto. La gente de a pie no está tan pendiente del tenis; aún están aprendiendo. Pero todo se potenció gracias a Arévalo. También trabajé como asesor del equipo de Copa Davis. Se crearon Futures, donde jugadores locales que yo guíe obtuvieron sus primeros puntos en el ranking ATP.
-¿Cómo es la vida diaria en el país de Nayib Bukele?
-Es un sitio muy seguro, sereno. Vivo cerca del club. Trabajo por las tardes y tengo la mañana libre para ir al gimnasio; llevo una vida ordenada. He ganado el respeto y el afecto de los padres y de los jóvenes.
-¿Te gustaría volver en algún momento a trabajar en Argentina?
-Por ahora no. No me atrae regresar. Mi última experiencia no fue buena; lo viví muy mal en dos ocasiones. Quizá en fin de año, cuatro o cinco días, pero no para instalarme. La vida da vueltas y no sé qué ocurrirá más adelante. Siempre busco oportunidades laborales. Es lo que he hecho toda mi vida.
-¿Qué representa el tenis para ti?
-Mi gran pasión. Me permitió conocer el mundo y tener una vida distinta. Mis padres fueron maravillosos y me permitieron viajar en una época en la que casi no había comunicaciones y a veces no había noticias durante meses, o sólo por carta. Mi madre tuvo una visión muy clara; sé que no fue fácil para ellos, pero valió la pena. Estoy en pie y dispuesto a seguir este camino, cada día buscando una mejor versión de mí.