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Muchos momentos marcaron la vida de Efraim Sklar. De los más bonitos a los más dolorosos. Un joven aficionado al fútbol nacido en Liniers en 1947, que cultivó la afición por las finanzas hasta obtener la titulación de contador, y que un día descubrió el rugby, lo practicó y con el paso del tiempo se convirtió en uno de los árbitros argentinos más destacados de esta disciplina. Su trayectoria le brindó una experiencia inestimable al haber dirigido en dos Copas del Mundo, nada menos: las de 1991 (con sede en Inglaterra y varias subsedes) y 1995 (en Sudáfrica, el célebre Mundial de Nelson Mandela y de la película “Invictus”). Fue el primer árbitro argentino en una Copa del Mundo. En 2003 llegó el turno de Pablo Deluca. Son los únicos dos árbitros argentinos en dirigir Mundiales. Sin olvidar que el propio Sklar, Deluca, Federico Cuesta y Federico Anselmi fueron asistentes en distintas ediciones.
Fue en aquel primer Mundial en el que quedó grabada para siempre una instantánea que hoy podría viralizarse en minutos. Pero la trascendencia de aquella conversación sostenida entre dos jugadores durante el partido hizo que se convirtiera en un emblema de uno de los valores del rugby: “Respect” (Respeto). El propio Sklar, hoy con 78 años, lo recuerda con una sonrisa y conserva la foto enmarcada en el salón de su casa. ¿Un par de datos? En esa época, con 44 años, medía 1,60 m y pesaba 68 kilos…
-Te tocó dirigir a tipos de más de 2 metros y de 120 kilos. ¿Alguna vez te quisieron intimidar con su tamaño?
-No, lo que predominó fue un profundo respeto. Mira, en mi primer Mundial, en 1991, sucedió algo curioso. Debuté dirigiendo el segundo partido de los All Blacks, que ya habían ganado a Inglaterra y sumaban siete pleites invictos contando el primer torneo. Fue contra Estados Unidos, en Gloucester. Se dio un choque entre dos de los forwards líderes: Ian Jones, de Nueva Zelanda, y Charles Tunnacliffe. Se comenzaron a pegar y a discutir. Saqué dos penales. En un momento los llamé a ambos. Mi inglés es limitado y no sé si me entendían. De fondo, se oían risas del público. Volteo a ver y me doy cuenta de que se estaban riendo de mi diferencia de estatura: con 1,60 m quedaba a la altura de dos jugadores de 2,05 m que tenían que agacharse para escuchar mis instrucciones.
En aquellos tiempos del rugby de barrio, Sklar recibía “señales” de todo tipo. Le irritaba cómo insultaban a los árbitros, la escasa predisposición de la gente para entender el reglamento en los torneos. “A veces salía corriendo”, recuerda. Y cuando comenzó la etapa secundaria, en el Carlos Pellegrini, en una de las estaciones del tren, compraba los reglamentos de todos los deportes para debatir con fundamentos con sus amigos. Después llegó el de rugby: una de sus hermanas, Marta, salió con un rugbier de Beromama (club de Liniers) y él también empezó a seguir sus partidos.
“La primera diferencia que encontré fue el clima, la gente y el respeto”, admite. “Me rompí una clavícula y un profesor de educación física me sugirió que dirigiera; empecé y me gustó”.
-¿Qué te atrajo del rol?
-Que el árbitro actúa como el director del juego, como una orquesta que permite a los dos equipos desplegar su plan, dentro de las reglas. Cooperar, colaborar. La prevención es, en mi opinión, la función central del arbitraje. Y que los jugadores de cualquier deporte puedan desarrollar lo que entrenaron, respetando las dinámicas del juego. Lo fundamental era aprender las reglas; cuando empecé a dirigir, a los cuatro o cinco años, ya daba clases en la escuelita de árbitros. Porque para aprender, nada como enseñar: si alguien te pregunta, tienes que saber responder o consultar el reglamento.
El arbitraje es una vocación: debe gustarte, soportar las críticas. Siempre hay alguien que te grita. Siempre habrá un partido para olvidar. Y luego está la capacidad de resolver cada situación con serenidad.
-¿Llegaste a jugar?
-Sí. A los trece años. Quise probar en Beromama, en la reserva. Nos entrenábamos frente a los cuarteles de Ciudadela. Me invitaron un sábado por la mañana. ¡No había nadie! Esperé 15, 20 minutos y volví. Fue desorganización total. En un año, muchos jugadores volvieron a Beromama y salieron campeones invictos en la tercera división. Empecé a gustarme el juego y el ánimo del respeto. Además, las chicas que iban al rugby me animaban, jajá.
-¿Y Obras llegó a tu vida?
-Sí, un amigo me invitó. Te hacían socio jugador, no tenías que pagar ingreso y la cuota era muy baja. Ahí empecé, a los 13, en sexta, porque en esa época no existía rugby infantil. Aquel puesto podría haber sido medio scrum, pero jugaba de apertura: el hijo del entrenador era el 9, ja. En Obras llegué a primera, como inside. También fui wing y me encantaba el puesto de fullback. Me casé en 1972 y en 1973 mi vida dio un giro por motivos familiares. También ese año dejamos Obras Sanitarias y fundamos San Patricio: el 17 de marzo del 73.
-¿De quién fue la idea del nombre?
-Precisamente coincidía con el día de San Patricio. Y le pusimos ese nombre. La camiseta era celeste… porque era la más barata que conseguimos, ja ja. Así empezamos. Cuando compramos el predio cerca de Pilar, en cuotas, entrenábamos en Palermo. ¡Imagínate en invierno! No sé por qué había un tranvía en exhibición, pero ahí nos cambiábamos, era nuestro vestuario.
-¿Cuánto tiempo estuviste en San Patricio?
-Como jugador, hasta que me retiré en 1975. Después avancé como dirigente y luego ejercí de árbitro.
“Ese ‘me cambió la vida por motivos familiares’ es un capítulo aparte en la historia de Sklar, ligado al dolor más intenso” Llevaba seis meses casado con María Elena cuando recibió una noticia devastadora: en un accidente automovilístico entre Pinamar y General Madariaga, mientras iban a hablar por teléfono, fallecieron su hermana Frida y su cuñado Gerardo. El pequeño Gastón Ezequiel, de un año y medio, se salvó milagrosamente. “Pasó a ser mi hijo”, dijo Efraim. Al año siguiente nació Solange Verónica. “Mi vida cambió por completo” resume su paternidad y su rol al frente de la empresa familiar. Tenía 28 años.
“Yo soy contador y licenciado en administración. Imaginaba un futuro como ejecutivo. Trabajaba medio día en la mueblería que era de mi padre. Y mi cuñado tenía una historia similar: se hizo cargo de la empresa ‘La Casa de los Hules’. Me llamó y me dijo “macho, échame una mano, porque quiero entrar al servicio exterior. ¿Podés hacerte cargo de la empresa?” Justo tenía la oportunidad de entrar a Editorial Abril como asesor financiero. Iba a empezar el 1° de marzo. Pero el 19 de febrero ocurrió el accidente de Frida y Gerardo. Mi hijo mayor sobrevivió. Y me quedé al frente de la empresa. Así que, de la noche a la mañana, todo cambió, cuenta Sklar. Que, paradójicamente, nunca llegó a ejercer como contador. Tenía una misión mucho más importante: Gastón Ezequiel, Solange Verónica y Matías Federico eran la luz de su vida, junto a María Elena, su compañera de siempre.
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En San Patricio había un referente del arbitraje, José María Cabanas. Fue quien lo invitó a hacer el curso cuando Sklar se retiró. No necesitaba mucho empuje: lo obsesionaban las reglas. “Dirigía los sábados y domingos, las quintas y cuartas divisiones. La familia me acompañaba. Yo me divertía, ellos no sé si tanto…”
-Vuelvo a lo de Obras. Cuando se fueron y fundaron San Patricio, en 1973, ¿fue por diferencias con el presidente Miguel Mancini, verdad?
-Sí. Veníamos de la presidencia de Elizalde, un rugby‑apasionado. Cuando Mancini asumió, muy ligado al básquet, transformó el club. Construyó un estadio, creó un colegio y buscó profesionalizar el rugby. ¡Hasta quería contratar a Hugo Porta! Fundó una liga paralela (Fedar). Le dije que estaba loco. La situación interna se volvió insostenible. En marzo del 73 nos fuimos la mayoría de los jugadores.
-Bien. ¿En qué momento, por la complejidad de las reglas de los deportes, sentiste que sabías del reglamento y que nada te sorprendería en una cancha?
-Tomó su tiempo. El curso se impartía en una salita de la URBA. Ya en el primer año empezaba a discutir. Me preguntaron: “¿Cuándo hay scrum 5 en el que tira defensa?”. Me explican que, en ningún caso, siempre tira el atacante. Y señalé la excepción: “Cuando se solicita un mark en el ingoal. El equipo defensor puede pedir el scrum”. Me dieron la razón y me otorgaron mayor libertad, porque nadie me conocía.
-¿Se te daba bien el reglamento?
-Sí, pero, ja, ja. En una ocasión me invitaron a un comité del juego, con Papuchi Guastella y el Gringo Perasso, dos monstruos a quienes admiro por su conocimiento y su entrega. Pregunté: “¿Dónde se puede conseguir un reglamento?”. Me respondieron: “No hay reglamento publicado. El último debió ser impreso hace unos seis años”. ¡No lo podía creer! La UAR estaba casi en números rojos y nos dijeron que no había presupuesto para ello… Entonces, entre el Gringo, yo y otros dos aportamos el dinero para reimprimir el reglamento. Pudimos distribuir 3 o 4 reglamentos en cada club, solo en Buenos Aires.
-¿Y cómo se enseñaba en ese contexto?
-Todo era verbal. Con un reglamento oral, cualquiera podía decir lo que fuera. Por ejemplo, “en el ingoal no hay infracción”. ¿Quién dijo que eso era así? Así había más de 70.000 casos semejantes.
-¿Se vivían esas situaciones? Porque si el rugby careciera de esa esencia de respeto, podría haber sido un escándalo en todos los encuentros.
-Sí, ocurrían. Pero no era un escándalo porque las sanciones eran severísimas. Si pegabas una piña, podías recibir diez años. Si te pasabas con el árbitro, 99 años.
-¿Propasarse es insultarlo?
-Hubo jugadores que me insultaron… Lo más estremecedor que recuerdo… No diré nombres. Rematé un partido que dirigí muy mal, de los peores de mi vida. Al salir, un dirigente distinguido de un club me cruzó y yo pensé “Por Dios”, como un desahogo. Y el hombre me dijo “No tienes Dios porque eres judío”. Lo consigné en el informe, por supuesto. ¿Cuántos años le dieron? No lo sé. Pero, claro, insultar al árbitro en la cancha no. Al público, sí. Claro que sí.
-¿Hubo otros episodios de discriminación?
-No, al menos no de tipo religioso.
-El cartel famoso en las canchas, “el referí siempre tiene razón”, ¿está dirigido a los jugadores o al público?
-Primero, a los jugadores. Mi club, Obras Sanitarias, campeón en 1953, tenía una apertura para ingresar a la cancha y un cartel célebre: “El referí siempre tiene razón; si no lo entienden así, no entren a esta cancha a jugar”.
Siempre sentí respeto. Sí recuerdo, por ejemplo, una ocasión en CASI contra Belgrano, donde desde el primer minuto todo lo que cobraba era objeto de protestas. Nunca supe por qué. Al terminar, les dije a los líneas: “Vayan al tercer tiempo, yo me voy a mi casa”. Me fui y vino corriendo el entrenador de Belgrano, Rosatti. “No te vayas, discúlpate, perdón”. Le respondí: “Me siento mal, no tengo ganas de quedarme”. Por supuesto, redacté un informe y les suspendieron cuatro fechas a la cancha. Al día siguiente me llamó Rosatti: “¿Qué hiciste? Te vinimos a hablar, pero igual informaste”. Y le aclaré: “Sí, ya sé, pero durante los ochenta minutos me insultaron. El mal trago lo soporté yo”.
-¿Llegaste a ser árbitro profesional?
-No.
-O sea que nunca cobraste un peso por dirigir.
-Al revés: el rugby me costó dinero. En el primer Mundial que arbitré, 1991, te pagaban el pasaje, un hotel cinco estrellas, las comidas, pero yo tenía una empresa y una familia. Recibía al menos cuatro llamadas diarias y no siempre daban con mi teléfono. El lavado de la ropa no estaba incluido. Al final, la cifra quedaba en varios miles de dólares.
Para que te hagas una idea, en esa época era común que te invitaran a las provincias a dirigir un partido; a Tucumán y Córdoba solía irse en avión. Rosario no tanto porque iban en auto, con gastos de combustible y peajes. En otros casos, había vuelos que no te pagaban.
-¿Muchos no podían ir, supongo?
-Claro. Lamentablemente, hubo árbitros tan talentosos que no pudieron afrontar esos gastos. Cuando asumí una función directiva, uno de nuestros objetivos fue asegurar viáticos, lo mínimo, para evitar que árbitros sin recursos abandonaran la actividad. En aquella época hablar de pagar a los árbitros era como hablar del diablo. Fue una disputa política entre dos corrientes.
–Una lucha de ideas.
-Había defensores del amateurismo y otros que creían que se podía aportar al rugby contratando, por ejemplo, entrenadores profesionales o pagando a los clubes. Hablar de planteles pagados era mal visto. Algunos entrenadores llegaron a emigrar al exterior para sustentar su trabajo.
-Fuiste el primer árbitro argentino en Mundiales. ¿Qué sentiste cuando te confirmaron para el de 1991, en Inglaterra?
-¡Casi me muero! Es claro que lo prioritario para el arbitraje es dirigir en Mundiales, pero yo me identifico más como dirigente. Fui presidente de la Asociación de árbitros durante años y logramos revertir muchas cosas. Empezó a avanzar el profesionalismo, aparecieron publicidades. Pero el objetivo era conseguir viáticos para que nadie pusiera dinero de su bolsillo para dirigir. Y se consiguió. A partir de ahí… Cuando yo jugaba, los árbitros eran hombres gordos y de 50, 60 años. El rugby cambió, se volvió más dinámico. Se necesitaban entrenamientos con profesores de educación física, una revisión médica; incluso llegó a haber un árbitro de Olivos que murió en la cancha. Logramos que los árbitros quedaran en forma, que recibieran ropa adecuada.
-¿Qué te provocó ese primer Mundial?
-Cada país participante debía enviar al menos un árbitro. Algunos dirigieron, y tuve la suerte de dirigir el partido de la foto con los grandes, en Gloucester. Fue un hito para el arbitraje argentino. Me sentí muy satisfecho. Un verdadero desafío, con un nudo en la garganta. A pesar de la gran diferencia, Australia All Blacks, ese partido terminó 46-6, pero estuvo muy disputado.
-¿Más adelante dirigiste como juez de línea?
-Sí, en varias jornadas. Ese Mundial se jugó principalmente en Inglaterra, pero también hubo partidos en Irlanda, Gales, Escocia y Francia, donde ejercí como líneas.
-¿No te seleccionaron para los playoffs?
-No. Hubo un corte en la fase de clasificación. Muchos árbitros se retiraron y solo quedaron los de las ocho Home Unions. O sea que, por más que fueras Gardel, si no pertenecías al quinteto de naciones más los tres del Hemisferio Sur, no entrabas. Creo que podría haber “colado” porque había un árbitro galés, que era policía, muy malo.
Sklar en el Mundial 1991
-¿Y luego te quedaste a ver partidos y a pasear un poco?
-Sí. Vino mi esposa y nos quedamos hasta la final. ¿La nuestra, verdad? Te entregaban dos entradas para cualquier partido. La UAR compró 50 entradas para la final, de las que habrán repartido 10. Quedaban 40. Entonces me las entregaron a mí. “Vamos llamando para ver a quién se las das”. Un día antes tenía 20 entradas. ¡Podría haber sido millonario como revendedor!
-¿Qué hiciste con los tickets?
-En Londres hay locales que venden entradas de todo tipo. Cambié dos de la final por unas entradas para ver “El Fantasma de la Ópera”. Después, un dirigente me pidió que las retirara, me ofreció pagar, y le dije que era una invitación de alguien de la UAR. “OK. ¿Qué necesitas?”, me preguntó. “Un transfer el día de la final para que nos lleve al estadio, nos espere y nos lleve al aeropuerto después”, le contesté. ¡Y ese día viajamos en una limusina!
-¿Y el segundo Mundial? Fue la vuelta de los Springboks.
-El segundo Mundial fue por mérito propio. Después de dirigir en Inglaterra, participé en un partido de clasificación al Mundial 95 (Italia-Rumanía), y formé parte de la gira de Gales a Fiji y a Tonga. No sé cuántos árbitros han dirigido en esos dos destinos exóticos. En Sudáfrica 95 me tocó dirigir Japón-Gales (Gales 57-10, en Bloemfontein) y ejercí como línea en varios otros encuentros.
-¿Llegaste a ver a Mandela?
-No, no me quedé hasta el final; tuve que regresar por motivos laborales. Así que no presencié ese momento con Mandela. En 1991, con el Apartheid, Sudáfrica no participó. Cuando terminó la final que ganó Australia, apareció un grupo de unos 50, 60 sudafricanos con carteles que decían “No puede haber un campeón si Sudáfrica no jugó”. Fue una señal de lo que vendría, un temprano lobby. Dos años después, Sudáfrica se reintegró al rugby internacional invitando a Nueva Zelanda y a Australia a jugar partidos entre sí durante dos semanas. Fue muy interesante. Pude, junto a otros, ver esos encuentros de reencuentro de Sudáfrica con el rugby global.
“Aquel SIC vs. Australia fue muy intenso en los últimos 5 minutos. Yo no sabía cuál era el marcador exacto. Crecía la euforia entre los jugadores. ‘Efraim, termínalo, termínalo’, me pedía Alfredo Soares Gache, completamente fuera de sí. Solo quedaban cinco minutos. ¿Cómo iba a finalizar el encuentro? Lo vivieron más los jugadores del SIC que yo, que recién valoré la trascendencia del hecho”.
–¿Viviste desde adentro el partido SIC vs. Wallabies de 1987, aquel empate histórico 13-13? ¿Qué representó para ti?
-Fue muy intenso en los últimos 5 minutos. No sabía el resultado exacto; estaba parejo. Los jugadores del SIC se excitaban. “Ché, ¿cuánto falta? ¿Cuánto falta?”. Hubo un choque, un jugador cayó. “Efraim, termínalo, termínalo”, me pedía Alfredo Soares Gache, fuera de sí. Quedaban 5 minutos. ¿Cómo terminarlo? Lo vivieron más los jugadores que yo, y sólo después valoré la trascendencia de aquel hito.
-Además, el SIC logró empatar con un try de scrum, su sello distintivo.
-En ese encuentro debió haber al menos 10 penales por derrumbes de scrums. Fui duramente criticado por el entrenador Alan Jones. Se caían, no podían sostenerse. El empate fue valioso, y pudieron haber ganado, pero el intento de conversión no prosperó. Australia venía de haber quedado cuarto en el primer Mundial.
-¿Te habría gustado ver más tecnología en el arbitraje?
-Lo más útil fue la llegada de las tarjetas amarilla y roja. Recuerdo un partido caótico en Tucumán, entre el local y Sudáfrica, con cuatro expulsados. Si hubieran existido las tarjetas, se podría haber manejado de otro modo. El TMO es similar al VAR: a veces ayuda, otras veces no. Sus fallas provienen más de su uso que de su potencial.
-¿Qué opinas de la dinámica de la ventaja y la vuelta atrás? A veces parece excesiva.
-Sí, y los entrenadores me preguntan siempre: cuántas secuencias permiten jugar antes de volver atrás. Parece que los jueces internacionales más jóvenes tienden a permitir seguir. Hay que definir cuántas situaciones de juego se pueden dar antes de volver o no atrás. Hoy, si un penal sucede dentro de la zona de 22, el juego puede continuar dos o tres minutos antes de retroceder. Es un exceso, sobre todo cuando ya se intuye que la jugada no va a prosperar. Lo mismo ocurre con el pick & go: tres, cuatro o cinco repeticiones se vuelven agotadoras.
-¿Te atrae el Seis Naciones?
-Sí, mucho. Hay equipos que han desarrollado técnicas de ataque y refinamiento: Francia, con su dinámica de juego de manos y una inteligencia de juego asombrosa. También Escocia. Francia es de los equipos que más disfruto, me sorprende. Porque los del Sur suelen ser más previsibles. Sudáfrica es pura potencia. Ver a un pilar corriendo, volteando rivales a toda velocidad, también entusiasma. En definitiva, para mí, el Seis Naciones es la mejor competencia. Incluso Italia, con Gonzalo Quesada, ha ido creciendo.
-¿Qué ves de los Pumas?
-Creo que atraviesan un momento histórico. Juegan a un nivel que nunca imaginé, prácticamente igualando a cualquier rival. Si se dan determinadas circunstancias, pueden vencer a cualquiera, incluso sin un apertura de alto nivel como Nico Sánchez.
-¿El resto del equipo te gusta?
-Lo veo equilibrado, con una tercera línea excepcional. Nunca tuvimos una de esa magnitud, con Kremer, Matera, González. Kremer podría jugar en cualquier seleccionado. Eso sí, aún no contamos con una primera línea dominante. Es increíble: Argentina enseñó al mundo a jugar el scrum, y ese saber se reflejó en Inglaterra, Francia, Australia, Nueva Zelanda; y aun así no logramos asegurar una primera línea que garantice nuestra posesión. En cambio, en el line-out hubo avances notables.
-¿Y en el scrum solo te centraron en ese aspecto o hay algo más?
-El hecho de que el scrum haya dejado de ser una lucha constante por la pelota me parece un error grave. Participé en tres conferencias de la IRB y sobre todo se discutía cómo “frenar” el scrum argentino. No entendían cómo los Pumas dominaban scrums rivales. Entonces aparecieron el empuje y el agarre. La forma de introducir la pelota al scrum ha evolucionado de forma impactante. Hoy, lo único que se puede disputar es la calidad de la pelota; siguen culminando el saque pegando la pelota a los pies de la segunda línea. ¡Es escalofriante!
-¿Qué posibilidades visualizas para los Pumas en el próximo Mundial?
-Me sorprendió gratamente el trabajo del entrenador, Felipe Contepomi. No pensé que pudiera lograr lo que está logrando. Tampoco descarto a Quesada en Italia.
-Hablaste del scrum. En los últimos tiempos han ocurrido varios accidentes graves. ¿Son simples fatalidades o hay responsabilidad estructural en el rugby?
-Existe responsabilidad. En mi opinión, un 90% recae en los entrenadores. Porque trabajan posturas y sistemas de empuje que implican dañar al rival con un alto grado de riesgo para sus propios jugadores. En el arbitraje también hay una importante cuota de responsabilidad por la gestión del scrum. Frente a la presencia de accidentes fatales, uno debe rendirse: no puede haber un deporte donde un jugador quede parapléjico.
-¿El árbitro nota cuando hay una situación de riesgo?
-Debe percibirlo. Y necesita el apoyo de los jueces de touch, porque muchas veces pueden detectar cosas que el árbitro no ve.
-Para cerrar, ¿cómo te llevabas con Hugo Porta cuando lo dirigías?
-Bien, sin problemas. Todo pateador tenía la costumbre de decir “voy a patear a los palos”. Y no siempre era necesario: si el pateador acomodaba la pelota, sabía que iba a efectuar la patada. Porta hacía eso y entonces yo llamaba directamente a los líneas. Porta ni siquiera hablaba.
-¿Algún otro jugador te dio complicaciones?
-Sí, uno que era hooker de un equipo de La Plata. Los jugadores que protestan son complicados con todos los árbitros; no era algo personal. Un día, tras cobrarle muchos penales por levantarse del scrum y protestar, al terminar el partido escuché aplausos desde atrás. No miré, pero pregunté al línea: “¿Era ese el hooker?”. Y era él mismo.
-¿Te hizo llorar algún partido?
-No. El encuentro que más me satisfizo fue en Vélez, en 1990, cuando el equipo de Buenos Aires venció a Inglaterra. Poco antes, Banco Nación también los había derrotado, y la prensa inglesa cuestionó mi arbitraje. Tengo recortes que muestran elogios de ingleses y argentinos, además de notas que reconocen que el árbitro no influyó en el resultado.
-¿Y qué significó aquel cambio de reglas justo para el CASI-SIC?
-Uf, fue otro duelo que dejó huella. Las reglas del hemisferio norte comenzaron a aplicarse al inicio de la temporada, el 1° de junio. Aquí, el 1° de junio coincide con pleno desarrollo del campeonato. Un año cambia una norma fundamental: la del tackle. Antes, si te tackleaban, podías pasar la pelota mientras caías y sin tocar el suelo. Pero ahora, si caes al suelo, puedes pasar la pelota o alejarla de ti inmediatamente. Es un cambio radical. ¿Qué partido fue el primero? CASI-SIC. Me designan para dirigirlo…
-¿Temías el caos?
-Exacto. El lunes se discute el tema. El martes me llama Veco Villegas, entrenador del SIC, y me solicita una reunión para definir cómo aplicar el tema del tackle y por dónde entrar. Pedí autorización a la Asociación de Referís y aclaré que también debía estar el entrenador del CASI, que era Caña Varela. Tuvimos la charla, los tres. Busqué explicarles la interpretación. El sábado dirijo ese partido y todo sale bien. La gente protestaba por la poca difusión de la nueva regla. ¡El primero que cayó y pasó fue Branca! La gente se quejaba, ja. Después, el boca a boca fue explicando la regla y se fueron calmando los de afuera. Los de adentro, concentrados.
-¿Es fácil reclutar referís o se oponen a la idea?
-La captación de árbitros es bastante complicada. Convencer a alguien para que se aparte de su club para no poder acudir los domingos a su cita con el rugby… El árbitro debe ser un exjugador; no imagino a alguien que no haya vivido el rugby desempeñando esa función. Es muy difícil, no imposible, sacar a las personas de sus clubes y colocarlas en una labor que implica aplausos y abucheos sin remuneración.
-¿Existen árbitros que vivan de su trabajo?
-Sí, los árbitros extranjeros sí viven del rugby. Evidentemente deben combinar con alguna otra actividad, porque dirigir una vez por semana no siempre alcanza. Los viajes son un tema: cuando un árbitro del hemisferio Sur viaja al norte para dirigir, por lo menos pierde 15 días. Llega una semana antes, se prepara. Probablemente dirige un partido local previo para aclimatarse.
-¿Tienes algún preferido entre los árbitros internacionales?
-En general, se dirigen bien. Hay algunos que me gustan más que otros, pero no tengo un único número uno. Sí hubo uno destacado: el galés Nigel Owens, que dejó el arbitraje en 2020 tras 17 temporadas y 100 tests. Tenía un feeling, un vínculo especial con los jugadores. Mucha de la tarea del árbitro es la comunicación: hacerles entender que está ahí para ayudar al juego, respetar a los jugadores y que ellos lo respeten a él. En mi época, el árbitro a veces tenía una actitud distante; hoy hay un respeto mutuo y el árbitro interactúa con el jugador.