El try, ese instante en el que cada segundo de entrenamiento toma sentido. Es la firma de una acción. La ruptura del flujo del juego. Un partido de lo que sea existe gracias a los puntos que anota cada equipo. Por ello, el marcador se transforma en la declaración de un estado; el de ganadores y perdedores, y aunque sea momentáneo, condiciona el ánimo de un conjunto durante horas, incluso días. En algunos casos, ya demandando terapia, años.
Cada vez me resulta menos atractivo ver el resumen de un partido. Mucho menos limitarse a los tries. Mi mente, con el tiempo, percibe el deporte como una serie de problemas muy complejos. La estrategia táctica de cada equipo, la rigurosidad del árbitro, la precisión con la que juegan los deportistas. Pero también pesa la relación entre su estado anímico, su capacidad para pensar y decidir ese día, algo que depende de las horas de práctica. Y no termina ahí: también influye, dentro de la preparación previa, la habilidad para recuperarse ante la adversidad. Por eso me resulta mucho más interesante observar la conexión de esas complejidades que irán armando los desenlaces.
Hay algo en el juego que es difícil de capturar, y mucho menos de explicar. Lo han sintetizado en libros con la palabra actitud. Quizá esa palabra haga justicia, aunque siendo exigentes deberíamos reconocer que es corta para contar una historia.
Hace algunas semanas estuve en el club Albatros (un nombreazo para un club), fundado en 1971. Me llamó la atención una casa señorial que, según el tercer tiempo, había pertenecido a José Hernández, autor del Martín Fierro.
La categoría menores de 17 C, a la que entreno en mi club, el SIC, disputaba un encuentro contra el equipo local. Los primeros minutos fueron de lo mejor que vi en el primer semestre, en términos totales, del 2026. Nuestro equipo movía la pelota de un lado a otro, había apoyo y continuidad, y un rival asediado por la presión. El marcador, 24-0 a nuestro favor.
Pero en la segunda mitad, Albatros era otro. Como si a los chicos que estaban en la cancha les hubieran inyectado el espíritu del gaucho Martín Fierro, enfrentando la adversidad con todas sus fuerzas. Eran imparables. Ataques directos, jugadores potentes comenzaron a romper nuestra defensa una y otra vez. Tantas veces que lograron darle la vuelta al marcador. Tomé nota de que, en cada try, se daban aliento con eslóganes propios de películas. Palabras que fuera de ese contexto, o incluso dentro de él, nadie usaría. Sin embargo, ahí tenían el efecto de un combustible. Con cada try más fuerte, gritaban los eslóganes: “Demostremos lo que sabemos!”, “¡Demos lo mejor de nosotros!”, y cosas por el estilo. Físicamente parecían más grandes, más veloces.
Fito Páez cantaba que “es solo una cuestión de actitud”. No sé si es solo eso. Es posible, en cualquier caso, que la actitud estimule conexiones relacionadas con el pensamiento. Como un impulso para entender por dónde debe hacerse la estrategia para vencer el partido. Puede fallar, decía el ilusionista Tu Sam en los años 80. Pero, si no falla, es una combinación fabulosa.
Los nuestros, tras el partido que terminó con un marcador adverso de 24-45, no encontraban respuestas. Esa frase es muy común en el mundo del deporte: “El equipo no encontró respuestas”. ¿Cómo que no las encontró? El juego ocurrió ahí mismo, frente a ellos. Ellos fueron quienes participaron. ¿Dónde buscaron? Entonces pensé: ¿Qué estamos haciendo para que encuentren las respuestas?
Me pregunto si algún día existirá un resumen del partido que no muestre los tries, sino que funcione como una investigación de los momentos que pudieron haber generado errores. Cosas pequeñas. Porque los errores, a menudo, tienen que ver con poca atención a los detalles. Una entrada tardía en un scrum. Un desplazamiento lento para levantar a un saltador. Una mano poco firme al lanzar desde el line. Un defensor que tardó en ocupar su espacio. Debería ser un resumen de la investigación, como si fuera la mente de un detective buscando pistas. O la de un científico tratando de comprender un sistema vivo.
Tengo la impresión de que quienes contamos el juego no lo hacemos del todo bien a veces. Hay fuerzas que empujan para que los resúmenes de tries y las jugadas espectaculares aparezcan con más frecuencia y antes en las búsquedas de internet. Hoy preferimos ver los finales, quitarnos la responsabilidad de pensar, y sobre todo la de rebelarnos. Y si el deporte tiene algo valioso, es que invita a desafiar la monotonía y el orden establecido.
En la ciudad de La Plata, entre las calles 515 y 135, una derrota nos enseñó mucho y nos dejó pensando. Pensé en los detalles que hicieron que el partido terminara con una goleada en nuestra contra. Pensé en los gritos de aliento despertando la actitud y, sobre todo, en su comprensión de cómo jugar que mostraron los jugadores de Albatros. De sus tries recuerdo algunos, pero no voy a olvidar esos momentos en los que supe que estábamos perdidos.