Juan Szafrán, periodista de los desafíos: el momento en que Vilas lo conmovió y su batalla por la vida

26 julio, 2026

Jamás mostró arrogancia en su personalidad. Tampoco la dejó traslucir en su forma de entender el oficio. Le tocó elegir la profesión de periodista y, con el tiempo, el tenis terminó abriéndole las puertas de un mundo que lo marcó de manera indeleble. Para Juan Szafrán, “El Turco”, cada viaje fue un nutriente para su inquietud y su deseo de conocer. Esquinas, barrios, y sobre todo, culturas diversas. Se movió entre diarios, agencias, radio y televisión. Construyó un nombre, pero nada de aquello lo transformó por dentro. Le complacía poder comprarse una prenda nueva (“de chico no podía”), disfrutar de museos y escuchar idiomas. Halló en Marcela a su compañera de vida y, juntos, vieron crecer a Lucas, hoy con 31 años y futbolista de profesión, aunque podría haber sido tenista.

Se sentía realizado “Il Signore” (otro de sus seudónimos) en muchos ámbitos, consolidado como comentarista de tenis para ESPN, y sería sin duda motivo de orgullo para sus padres: Tomás, ucraniano, y Tudina Pannone, italiana, que se conocieron durante la Segunda Guerra Mundial y llegaron a la Argentina poco después. Pero una idea no dejaba de rondarle la cabeza, a pesar de los consejos que le imponían lo contrario: entroncarse con la gastronomía. Un día, él y Marcela decidieron apostar fuerte: dejarlo todo y emprender un restorán en España. La pandemia los sorprendió y, poco después, vivieron lo que Szafrán describe como “una estafa afectiva”. Y para rematar, un cáncer de vejiga que lograron controlar. “Estaba perdiendo y ahora estoy a la par,” lo expresa de forma figurada.

De vuelta a Argentina, ya con 73 años, Szafrán no descarta regresar alguna vez a Europa, no con un proyecto gastronómico en mente. Pero Lucas permanece en Italia (su último club fue en Cerdeña) y se abre la posibilidad de acercarse más. Aun así, siente que su labor periodística no se ha terminado y que aún le quedan ganas de seguir haciendo cosas. Es lo que dicta su cuerpo. En su vida hay mil historias personales y profesionales a su alrededor. No es de dejarse emocionar con facilidad, pero cambia de tono cuando recuerda un instante especial, nada menos que con Guillermo Vilas…

-¿Cuál es el recuerdo más precioso que te dejó el tenis?

-Es un gesto de gratitud hacia Guillermo Vilas. Me emociona solo pensarlo. Marcela, mi esposa, atravesó un problema de salud en 2005: sufrió un ACV. Vilas se enteró. Sonó el teléfono y contesté: “¿Juan? Soy Guillermo. ¿Cómo estás? Me enteré de lo que le pasó a tu señora. ¿Qué necesitas? ¿La llevamos a Nueva York? ¿Te alcanza para financiarla? Estoy a tu disposición. Lo que necesites, llámame”. Eso es Vilas. No hay más que decir. Marcela superó ese momento duro y, tiempo después, le colocaron un stent.

La infancia y adolescencia

La niñez de Szafrán transcurrió en Corrientes al 1600 y hizo sus estudios en el Roca. Su padre sirvió en el frente durante la Segunda Guerra Mundial (recibió medallas), sufrió una esquirla de granada en la batalla de Monte Cassino y fue enviado a Roma para recibir atención. Ahí conoció a Tudina. Como no podía regresar a Ucrania, tomada por el comunismo, decidieron emigrar a Argentina. Primero llegó Tomás. Después Tudina, desde una Italia que recién abandonaba el yugo de Mussolini, y terminó trabajando en el hospital Argerich, donde nació Juan. Él recuerda: “Mi padre tenía dos empleos. Nunca pude ir a veranear con él. Siempre me acompañaba mi mamá unas semanas a una casa que les prestaban en Mar de Ajó. Esas eran nuestras vacaciones”.

Los Szafrán pudieron mudarse a la zona de Catalinas Sur, en La Boca. Juan no pensaba en estudiar, sino en trabajar para colaborar con los gastos de la casa. Tenía un grupo de amigos del barrio. Hombre de calle y con una curiosidad por conocer, se cruzó con el periodista Luis Conti en 1973; jugaba billar con él en La Academia, en Callao y Corrientes, y le ofreció un empleo en la Diputación de la Ciudad de Buenos Aires. Juntaba recortes de diarios donde apareciera cualquier referencia a los representantes para armar un informe cada mañana. Luis Serafín Cordeiro, director de prensa de la Cámara de Diputados y, a la vez, gerente de noticias de Canal 13, escuchó su deseo: “Quiero hacer deporte”. Y le abrió las puertas de Télam.

Fútbol de ascenso, de primera. Un paso por Noticias Argentinas, Diario Popular, y… ¡la radio!

“Un día me llamaron para una nota que había hecho. Fue Cholo Gómez Castañón. Me ofrecieron incorporarme a Competencia. Había un gran equipo: Norberto Longo, casado con Emilse Raponi, número uno del tenis argentino; Nicanor González del Solar, Quique Wolff, un hermano periodístico y de la vida; Julio César Calvo, Juan de Biase”.

Szafrán llegó para cubrir fútbol, pero un desencuentro con un productor cambió el rumbo por completo. “Me salvó la vida”. Lo mandaron a hacer golf e incluso a tomar clases en el Campo Municipal para aprender un deporte que no conocía; lo mandaron a ver automovilismo y… “no sabía lo que era una bujía. Me dio una gran mano Juan Carlos Valenzuela y salí adelante, pero ya no quería seguir así. Quería renunciar, se lo dije a los dueños”. Y llegó el día decisivo.

“De la nada, me mandaron a cubrir tenis en el Buenos Aires Lawn Tennis. Hice una buena nota con Adriana Villagrán. Que tuvo impacto por varias razones y, además, se abordó el tema del lesbianismo, algo de lo que se hablaba muy poco. Coincidió con que Longo dijo ‘no viajo más’ y tenía la idea de mudarse a Miami. Y Claudio Monfort, productor general, a quien le estaré siempre agradecido, me llamó y me dijo: ‘El tenis es tuyo’. A partir de ahí, empezamos con los viajes”.

-Te movió la estantería.

-Es que viajar no figuraba en mis planes. ¡Los viajes me alimentaron con tantas experiencias! Y además, no solo desde el turismo: pensaba, por ejemplo, en no volver a Australia y preguntarme qué lugar cercano no conozco. Nueva Zelanda. ¿Cómo es su cultura? Invité a mi presupuesto a girar. Terminaba Rolando Garros y quedaban dos semanas para Wimbledon. No conocía Suecia, y me iba a Estocolmo, o a Dinamarca. Cualquier rincón de Europa. No era solo por turismo: observaba el comportamiento de la gente. Me fascinaba aquello. Incluso fui a ver una Copa Davis en Checoslovaquia, terminaba la serie y tomaba un tren a Viena. Y un día terminé en Moscú: quería ver cómo era Rusia. Así se dan infinitas experiencias que me alimentaron mucho. Si hubieran sido solo mis ganas, no habría tenido esta oportunidad.

-Se abrió una puerta impensada en tu vida.

-A la profesión y al deporte, en este caso el tenis, les debo una gratitud eterna. Me abrieron posibilidades increíbles. Después me planteé crecer o no en la profesión. Dos locutores de radio, como Luisito Schendfeld y Ricardo Martínez Puente, me sugerían: “Toma un libro, ponte un lápiz entre los labios y léelo así. Te parecerá horrible, pero te dará un movimiento de la lengua para mejorar”. Me colocaba frente al espejo y practicaba para desempeñarme bien en radio y más tarde en televisión.

-¿Radio o televisión, cuál te gusta más?

-La radio. Más que la tele o la escritura. Pero la radio también cambió, ¿no? Antes, imaginabas cómo sería tal periodista o locutor. Escuchaba buena música y me preguntaba cómo sería Graciela Mancuso, que trabajaba con Juan Alberto Badía. O Nucha Mengual, o Fito Salinas, o Pedro Aníbal Mansilla. ¡Qué voz!

-De Continental pasaste a Del Plata.

-Sí, porque llegó Víctor Hugo Morales con su equipo y, en el tenis, Guillermo Salatino. A la semana y media de irme, caminaba por la avenida Santa Fe para comer en La Gata Alegría, del Pato Pastoriza. En la puerta estaba Marcelo Araujo, que me dice: “Estaba pensando en vos”. Até que un día empezamos en Del Plata. Te necesitamos para hacer tenis”. El equipo era con Fernando Niembro, Adrián Paenza, Diego Bonadeo, el Negro Eguía, Raúl Delgado, Alejandro Fabbri.

-¿Y en la tele, primero saliste por cable, no?

-Claro. Eduardo Eurnekian compra Cablevisión. Y me ofrecen ir. Hacíamos “Match 6 en el Deporte”, que se grababa en los estudios de la Universidad de Belgrano. Poco después, un gran director, Ramón Bouzada, me pregunta: “¿Te gustaría hacer un programa de tenis?”. Así nació “Tenis para Exigentes”, que duró diez años. Otro momento precioso fue Seúl 88. Eurnekian compró los derechos, Gaby Sabatini obtuvo la medalla de plata y cubrí para Cablevisión. Y Barcelona 92 ya fue por América, con Wolff. Para mí, lo artístico y cultural de Barcelona, con los tres tenores (José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti), con Monserrat Caballé y Freddie Mercury, la llama de la llama olímpica, fue lo mejor de la historia. Marcaron que la gente tomara conciencia de que el gran acontecimiento deportivo por excelencia son los Juegos Olímpicos.

También fue importante “Deportes al toque”. Iba los domingos por la tarde, durante varias horas. Le gustó a Carlos Mariani y se lo propuso a Gustavo Yankelevich para Telefé. Gustavo fue mi maestro para entender qué es la televisión. En la grilla estábamos entre Francella, con los Benvenutto, y Tinelli, Ritmo de la Noche. Fue una época hermosa. Y de ahí, a ESPN.

-¿Con Javier Frana?

-Sí. Fue en 1998. Junto a Javier cubrimos Wimbledon por primera vez. En ESPN estuve hasta el Masters de 2019, cuando ganó Tsitsipas. Fue una trayectoria larga y fabulosa. Compartí con grandes colegas a lo largo de mi carrera. Aprendí mucho de Salata y de Juano Moro. Pero lo que más recuerdo es haber compartido habitación con Salatino en los viajes. Un obsesivo por llegar temprano para ver el primer partido y quedarse hasta el último. También ver a los chicos. No solo argentinos: quería ver lo que venía en el tenis. Adquirí ese método de trabajo de Salatino.

-¿Te aconsejaba ser más ahorrador con el dinero?

-Sí, me gustaba comprar y gastar. Y siempre me decía: “¿Por qué Turco? Guarda algo, porque no sabes cuándo se termina esto”. Solíamos reunirnos a comer con nuestras parejas, Angélica y Marcela. Sentí profundamente su pérdida a comienzos de año. Pasaron mucho golpes duros en su vida. Me dolieron las pérdidas de Araujo, de Salata y de Julito Ricardo, a quien conocí en un viaje a la Antártida y fue una experiencia increíble. Julio era un caballero que marcaba el camino de cómo abordar el periodismo.

-¿Lloraste o te emocionaste alguna vez mientras transmitías?

-Nunca, quizá con emociones contrastadas tras decir algo. Cuando Del Potro disputaba un partido con Coric y se lesionó la rodilla, pensé que sería una final que no terminó bien. Resultó que luego fue algo grande. Aún me arrepiento de ese momento, por el dolor que él sufrió. También me pesó una situación que tuve con Gaby Sabatini y su familia en su momento.

-Hablemos de eso.

-Compartíamos habitación con Salata en un hotel de Lugano, Suiza. En la habitación contigua estaban Mecha Paz y Gabriela, también los padres de Gaby, Beatriz y Osvaldo, y el entrenador Patricio Apey. Jugaba al tute cabrero con Osvaldo, Salata y el tío de Gaby. Oí un diálogo entre Betty y Gaby, que acababa de perder: “Yo no viajé catorce mil kilómetros para verte jugar así”, le dijo, con énfasis. Íbamos a Roland Garros, Sabatini pierde con Evert en octavos y, en el programa de Badía para Continental, hablando del fenómeno Gaby, dije en al aire: “Es una crack, pero me preocupa la actitud de los padres ante la derrota de la hija”. ¡Qué lío se armó! Aparecieron de Canal 9. Y me arrepiento mucho de aquello, porque ellos me permitían estar en su intimidad. ¿Me explico? Entonces no puedes vulnerar ese vínculo cuando alguien te permite estar en su intimidad, jugando a las cartas o comiendo milanesas en Villa Devoto. No pude evitarlo.

-¿Qué pasó con Gaby?

-Ella me dejó una enseñanza: nunca dejó de hablar conmigo. Sus padres, sí: llamé a su casa y me descolgaron. Pero Gaby siguió dialogando. Hace años, en el Tenis Club Argentino, tras una nota que me dio para ESPN, le dije: “Gaby, en el pasado…”. Ella me cortó de inmediato: “Olvídalo”.

-¿Tuviste algún conflicto con Martín Jaite también?

-Sí. Una vez lo critiqué porque se había enfrentado a Horacio de la Peña en la red durante un torneo satélite, cuando ya había una gran rivalidad en los ochenta. No le gustó. Un día lo llamé y le aclaré: “Si te veo en la calle en problemas, o no sé, borracho, te llevo a tu casa y te hago un café y queda entre nosotros. Pero si en una cancha te excedes en palabras y se llega a la agresión, no puedo ocultarlo ante la gente”. Hice lo que creía correcto periodísticamente. Luego depende de cómo lo tome el protagonista.

-Aparte de los viajes y de lo que contabas sobre la influencia de la profesión, ¿qué valor te deja tu carrera periodística?

-Un deber personal de aprender cada día. Nunca pensé que estuviera completo. Y también un equilibrio necesario. Pude exprimir mucho a mis compañeros de transmisión, sobre todo a tres: Javier Frana, Tony Pena y Daniel Orsanic. Con Javier aprendí a leer la mente de los jugadores en determinadas circunstancias. Lo que sabe Tony Pena sobre el cuerpo humano es extraordinario.

Y fuera de las transmisiones, Tito Vázquez me enseñó mucho. Por ejemplo, sobre las empuñaduras. Yo ignoraba qué era un grip, dónde situar el borde que forma el pulgar y el índice. Mis poros estaban abiertos; absorbía la enseñanza sin reservas. Y creo que nunca tuve ego. Evité la luz o el flash. Preferí quedarme en casa.

La partida a España y el tumor

-¿Cuánto tiempo meditaste la idea de irte del país? Estabas en un buen momento laboral y era una gran osadía abandonar todo para emprender en gastronomía.

-Yo estaba en una zona de confort, muy bien y cómodo en ESPN. Lo venía pensando. Sentía que Argentina en ese momento no me convencía y quería buscar un nuevo desafío. La idea de entrar en gastronomía era mi otra pasión, pero muchos dueños de restaurantes me aconsejaron que no lo intentara. Por eso no lo hice aquí.

Sin embargo, existía la posibilidad de hacerlo fuera, en Málaga. Nos fuimos decididos, Marcela y yo, el 7 de febrero de 2020. Y el 14 de marzo, el mundo se cerró por la pandemia. Todo cambió, pasamos un año guardados. Además, el proyecto sufrió un giro: pensé en montar un restaurante desde cero, pero nos ofrecieron ser socios en uno que ya tenía una historia sólida. Entramos por confianza con quienes estaban allí. Y eventualmente nos dijeron: “Ya no te queremos”.

-Una locura. ¿Cuánto tiempo duró esa experiencia?

-Diría que un año y medio, dos años, con los vaivenes de la pandemia de por medio. Cuando nos sacaron de la sociedad, fue en 2022. Pero después vino un golpe de salud importante: orino coágulos de sangre y apareció un tumor de vejiga. Nunca tuve miedo de la medicina, ni de la cirugía, ni de la odontología. En realidad, fue una experiencia excepcional. Consulté con mi urólogo en Argentina y me derivó al doctor Santos en España. Afortunadamente tenía una buena cobertura médica allí.

-¿Lo operaron?

-Sí. En el primer control, a los siete meses, aparecieron ocho pólipos malignos. A partir de ese momento inicié una etapa de quimio-instilación. Dolorosa. Pero ese fármaco provocaba distintas reacciones adversas. Un día mi cuerpo parecía una olla a presión: Marcela tenía que sujetarme porque no podía controlarlo; al siguiente amanecía con fiebre de más de 40 grados. Al día siguiente, sangrados y una infección en los riñones. Y, para colmo, la piel se reseca, perdía el cabello.

-¿El tumor se detectó a tiempo?

-En cierto modo sí. A los seis meses, el doctor Santos decidió detener la quimioterapia. “Está perfecto, el resultado es fantástico”. Yo quería seguir; sin embargo, si volvía a aparecer pólipos, ya no podría usar ese medicamento y tendría que recurrir a otro más duro. Me hice controles anuales. Por ahora estoy muy bien. Digamos que perdí una partida y, sin embargo, sigo en pie. No se gana nunca, porque la vida es algo que siempre vence, pero valoro haber enfrentado todo de esa forma.

-¿Pensaste en tu destino? Dejaste todo para encarar un nuevo reto y, además, la enfermedad golpeó. Fueron varias caídas inesperadas.

-Para ser sincero, ni siquiera en los momentos de mayor alegría miro hacia atrás con frecuencia. Tengo una noción de que mirar atrás puede llevar a la depresión. No tengo predisposición para caer en ella. Si piensas en esas cosas, es estrés, estrés, estrés. Yo miro hacia adelante. ¿Qué me ofrece? Esperanza y ganas. Y todavía quiero hacer cosas. ¿Qué quiero hacer exactamente? Volver a la radio, pero poco a poco.

-¿Tienes dos raquetas de leyendas: Borg y Federer?

-Batata Clerc organizó un partido de despedida con Björn Borg. Fue en dos ciudades: Buenos Aires y Punta del Este. Me convocaron para comunicar el evento. Todo salió bien; Borg vino, me agradeció, y me entregó la famosa raqueta Donnay con la que él jugaba. Fue un gesto inesperado que atesoro con gran alegría. Uno de los grandes fenómenos de todos los tiempos. Con el tiempo, se dio una situación parecida con Roger, en 2013, cuando vino a Argentina para jugar con Del Potro en Tigre. También me llamaron para comunicar. Federer mostró la misma cortesía: todo lo que pidió lo cumplía. Al partir, desayuné con Robert, su padre. Aparece Roger, me mira, me agradece y me entrega una raqueta, firmada y con su firma.

-¿Fuiste amigo de Maradona?

-No, nunca fue mi amigo. Sí viví alguna discusión con un conductor de radio que lo criticaba por su vida fuera de la cancha. Cuando me pidieron mi opinión, dije que él ya tenía suficiente con su historia para que yo opinara sobre su vida privada y que tampoco la conocía a fondo porque no convivía con Diego.

Con el tiempo, lo trajeron a Diego a la cabina de TV del Buenos Aires y me miró: “Yo sé quién eres tú”. Me sorprendió. “Y quiero agradecerte. Me defendiste”, agregó. Le puse claro que no había defendido su vida privada, solo expresé mi opinión sobre su persona; que a mí me podía doler parte de su vida, pero que era su vida. A partir de entonces, le hice varias notas. Siempre empezábamos hablando de tenis.

-¿Cuál es tu Grand Slam favorito y por qué?

-El Abierto de Australia. Porque es el torneo que más creció, el primero que cubrió techos, el que fue adaptando sus superficies para mejorar. Y, sobre todo, porque el público australiano es increíble. También me atrae el torneo británico, que, a pesar de no haber contado con campeones después de Fred Perry hasta Andy Murray, iba a la cancha 14 y aplaudía si se lograba un gran punto. Allí se respeta el torneo.

Australia representa un conjunto: también el público que disfrutó de las mieles de los grandes jugadores de la era previa al profesionalismo, como Emerson, Laver, Newcombe, y después, de la mano de Ronash, Rafter y Hewitt. Australia tiene dos ciudades, Sydney y Melbourne, y una favorita que supera a la otra. Sydney es realmente hermosa, con un gran respeto y un orden notable. Llevé conmigo ese espíritu al viajar.

-¿Cuál es tu top 5 de ciudades que conociste?

-Roma, por su ADN; la adoro pese a que muchos la consideren caótica. Sydney. Luego dos islas, Morea y Bora Bora, para ver cómo viven los habitantes nativos; son geniales, no hay llaves que pierdan la seguridad y la belleza natural es impresionante. Florencia también me atrae. París, desde la distancia, me encanta. Cuando has viajado varias veces, la ciudad te va ganando y te va envolviendo. Hay contradicciones, claro. A Nueva York me atrae su oferta cultural y de espectáculos, pero también agobia. Y, por supuesto, incluyo a Cerdeña.

-¿Tus cinco tenistas argentinos preferidos?

-Desde un punto de vista objetivo y uno subjetivo. Objetivo: Vilas, Del Potro, Gaudio, Nalbandian y Coria (o Coria y Clerc; ahí pueden ir dos). Subjetivo: Vilas en primer lugar, Nalbandian en segundo y Gaudio en tercero. Si voy al plano mundial, también debo hacer una división entre objetivo y subjetivo. En lo objetivo, Djokovic es el mejor; luego vienen Nadal, Federer y Sampras. En lo subjetivo, coloco primero a Federer, porque es mi preferencia; y uno que siempre entra entre los subjetivos es John McEnroe. Es decir, es sobre todo experimentar a quienes pagaría por ver. Con Djokovic, lo he disfrutado mucho: es la síntesis de la mentalidad de Nadal y la técnica de Federer. Aunque no tenga el saque ni la elegancia de Federer, aprendió de ambos.

-¿Y el tenis femenino?

-Argentina desperdició una gran oportunidad con Sabatini como guía y con la cantidad de jugadoras en gran nivel que había entonces. Estaban Mecha Paz, Fulco, Labat, Gorrochategui; había una gran pléyade. Luego, el crecimiento femenino no se sostuvo. Entre las grandes jugadoras que vimos finalizar su etapa estuvieron Navratilova, enfrentándose a Evert, Seles, Graf, Mandlikova, Sukova y Mary Jo Fernández. Luego llegó el dominio de las Williams que apretó a la competencia. Si bien todavía se ve tenis de táctica y estrategia entre las mujeres, no hay un dominio claro en los últimos tiempos. Pensaba en Osaka, pero entre la maternidad, la depresión y las lesiones se desinfló. Sabalenka fue número 1 que arrasó y luego se desmoronó ante sí misma.

El único punto con el que discrepo del tenis femenino es su constante lucha por “ganar igual”, cuando el espectáculo no se mantiene al mismo ritmo. Esto lo dijo Ion Tiriac cuando dirigía el Masters 1000 de Madrid. “Voy a vender el tenis de los hombres y me lo compran; el de las mujeres, no”. Así que la WTA debería actuar en marketing. ¿Cuántas mujeres cuentan con magnetismo suficiente? Las canchas, incluso en un Grand Slam, a veces no se llenan.

-¿Volverás a viajar por trabajo?

-Quizá sí, pero ya no de forma constante. Un par de viajes, tal vez. Ahora pretendo ampliar horizontes. He probado hacer otras cosas. En otros tiempos fui columnista deportivo de Magdalena Ruiz Guiñazú, de Lalo Mir, y del Negro Oro. Si se abría la oportunidad de abordar otros temas, me metía. Me siento capaz, no para ser la “primera guitarra”, pero sí para acompañar. Aún deseo hacer cosas. No puedo decir con qué canal, pero al regresar al país me ofrecieron hablar de política. Y no tengo aptitudes para hacer política. No quiero hacer papelones a ese nivel.

-¿Qué te dejó España en lo personal?

-La paciencia de los españoles. Ya se nota en el día a día: si hay una fila para estacionar, ¿alguien toca la bocina? Nunca. O en las esperas en la caja del supermercado. Un día, una señora delante mío se fue a buscar pepinos y yo, con tono de broma, empecé a roncar. La gente me miraba como preguntando “¿Qué haces?”. Pero luego me acostumbré a esa paciencia.

-¿Lograste cumplir aquel sueño gastronómico, más allá del desenlace?

-Lo intenté y no se dio. Pero no fue un revés definitivo. Me estafaron afectivamente, y eso sí duele, porque no esperaba esa traición. No hablo de dinero, hablo de afecto. Me conforma haberlo intentado. Lo negativo de aquella situación, sumado a la enfermedad, sacó de mí fortalezas que creía no poseer.

-¿Viviste tres años en Marbella?

-Sí. Una experiencia hermosa. Un mundo muy distinto. Marbella se ha convertido en un destino de retiro para mucha gente, especialmente del norte, que busca vitamina D. No hay sol, pero sí personas mayores con ingresos superiores que buscan ese lugar. España es, en gran medida, turismo. Y hoy vive un terremoto político de gran magnitud. Yo les decía: “Están viviendo lo que nosotros ya enfrentamos, la grieta”. España atraviesa un momento de inestabilidad de la que no se sabe cómo terminará.

-Alcaraz y Sinner. ¿Qué te inspiran?

-Me atrae más Alcaraz por sus variantes, porque ofrece más espectáculo y sonríe más en la cancha; sin embargo, eso no implica que vaya a superar a Sinner, a quien me describen como una gran persona y profesional. Ambos son muy jóvenes, y en el caso de Alcaraz ya se han presentado problemas físicos. En el tenis, la madurez llega a los 25 o 26 años. Aunque se mencionen nombres como Fonseca y Jódar, me atrae Mensik. Luego, ya se verá cómo evoluciona: no sé si tendrá la fortaleza para convertirse en el tercero. Zverev rompió la barrera en París y también llegó a la final en Wimbledon. Me entusiasman los cambios.

-Hablemos de tu hijo Lucas. ¿Siempre tuvo ese sueño de ser futbolista?

-Lucas atravesó dos momentos decisivos. En la casa donde nació había una cancha de tenis de cemento, así que practicaba tenis y fútbol. Recibió la enseñanza de un coach llamado Sebastián Gutiérrez, en Arquitectura, sobre polvo, y en casa practicaba en superficie rápida. Sebastián fue un profesor excepcional y luego un gran entrenador. Lucas jugaba bien, participó en interclubes, estuvo entre los 70 y 90 mejores. Pero ingresó a la pre-novena de Argentinos Juniors, y luego pasó a la cuarta. Llegó un momento en el que la exigencia era el estudio. Le dijimos: tenis o fútbol. Yo pensaba que elegiría el tenis, pero optó por el fútbol, porque no quería que la presión fuera única y lo viviera en soledad. Siendo hijo único, para mí fue una buena decisión. Porque si además de ser hijo único te llevas al mundo del tenis, ¡madre mía!

-¿Cómo terminó en Europa?

-En la cuarta de Argentinos se molestó con el técnico que tenía. Probó en la reserva de San Martín de San Juan y pasó un año. Hizo pruebas en Belgrano, de Córdoba, y firmó su primer contrato AFA. Surgió una oferta de Italia y mi respuesta fue “¿quieres volar? Ve”. Tenía 18 años. Es clase 1996. Ingresó a la cuarta de fútbol italiano, la Serie D. Italia ofrece mucho fútbol, con ligas profesionales y semiprofesionales. Están la Serie A, la B, la C, que son profesionales; la D, semiprofesional, y la E, denominada Eccellenza, que es la quinta. Después hay otras categorías en pueblos. Se fue al norte, a Lombardía, al Breno, que llevaba 27 años sin ascender. Es un centrocampista con llegada: jugó y marcó los goles decisivos de las finales, dos de aproximadamente 30 metros, y ascendieron. Luego se trasladó al sur, donde no respetan tanto los contratos, y ahora está en Cerdeña. En los dos últimos años tuvo dos clubes excepcionales. Marcó 10 goles en el último año para Arborea, un equipo de la región que compite como en la tercera o cuarta categoría española. Arborea, la zona, es una zona con una de las segundas ligas más fuertes de Italia, después de Parma.

-¿Es rentable esa categoría?

-En ese fútbol, se gana alrededor de 1500 euros, más vivienda, coche y comida en el club. En Breno, de la primera a la segunda temporada, le dieron un apartamento para él solo, coche y la comida está cubierta. Ahora está en pareja con Mary, una mujer preciosa de Bérgamo, licenciada en filología y que fue jugadora de tennis de base. Se conocieron jugando al tenis.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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