Roger Federer regresó a las canchas durante una noche hyperactiva en Nueva York, mostrando esa gracia y cadencia tan característica que sólo él posee.
Regresó al US Open, certamen que dominó de forma consecutiva entre 2004 y 2008 (y al que no pudo despedirse en 2021 por la lesión de meniscos de la rodilla derecha), porque no había tenido la oportunidad de retirarse entonces.
En estado físico impecable (probablemente apenas unos kilos por encima de los 85 que lo acompañaron durante toda su trayectoria), volvió, sobre todo, para disputar una nueva jornada en el inmenso Arthur Ashe y ante sus hijos, los dos pares de mellizos, de 17 y 12 años (¡Qué grande están! ¡Qué pronto nos hacemos mayores al verlos en primera fila, junto a su esposa Mirka y los abuelos paternos, Robert y Lynette!).
Regresó y, con apenas unos movimientos sobre la punta de los pies, saques, drives, voleas y reveses de poesía (siempre con una mano, por supuesto), refrescó a los aficionados al tenis sobre lo afortunados que fuimos durante dos décadas.
Fueron apenas 35 minutos (el tiempo que duró la exhibición frente a Andy Roddick, que a los 43 años sigue devolviendo a velocidades superiores a los 200 km/h) en los que el suizo y su aura volcaron el tempo de la jornada para dejar claro por qué nadie logró igualar su magnetismo. Porque si bien Novak Djokovic es el jugador más importante y laureado de la historia y Rafael Nadal es el gladiador que empujó los límites y logró una de las hazañas más sorprendentes de todos los tiempos (ganar 14 veces Roland Garros, una hazaña casi inalcanzable), Federer fue el mejor embajador que el tenis tuvo. Nadie generó lo que él logró.
Federer atravesó distintas generaciones. Su elegancia técnica sin igual, su juego de pies tan fluido y su instinto para anticipar las acciones de los rivales lo condujeron a detener el reloj. Hasta que las dolencias en los meniscos cortaron su racha en el tramo final de su carrera; fuera de eso, solo pequeños pesares, molestias de espalda o episodios de mononucleosis. Fue tan longevo en el nivel máximo que se convirtió en un símbolo clásico y habitual encender la TV para verlo competir cada semana, en muchas finales (o, al menos, en la mayoría de las grandes). Así fue como “malcrió” a sus admiradores durante dos décadas.
Fue un ícono, tanto en lo deportivo como en lo comercial (anoche, sus habituales gorras con el logo “RF” reaparecieron por todo Flushing Meadows y el público invadió cada rincón del Billie Jean King National Tennis Center para sumarse a la fiesta). ¿Quién no recuerda los atuendos canón de Federer en varios Wimbledon, desafiando la moda? Roger, junto a Nadal y Djokovic, llevaron el tenis a otra dimensión; lo popularizaron aún más de lo que ya era.
Federer marcó tendencia por su facilidad para jugar y por su dominio implacable. Pero también mostró vulnerabilidad humana. Sus derrotas dolorosas, cuando el físico y la mente ya no le permitían desbancar a Rafa o a Nole como pretendía, dejaron huella. ¿Quién no recuerda la épica final de Wimbledon 2019, en la que Federer tuvo dos puntos de partido con su saque y, sin embargo, Djokovic, el escapista, terminó alzando el trofeo de oro? A veces frío; a veces profundamente sentimental. Dentro de la cancha sonrió (como este martes en el Ashe) y, en otras, lloró. Nunca pasó desapercibido. Verlo competir fue una experiencia casi religiosa, como escribió David Foster Wallace con brillantez en 2006, dos años antes de su fallecimiento.
La afluencia del público en el Arthur Ashe ante Federer
“La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto; se puede hablar de belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo”, narró Foster Wallace, refiriéndose al prodigio suizo.
Esta temporada no fue sencillo para la élite masculina. Con Djokovic (39 años) jugando mucho menos por el desgaste natural, Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, a quienes se señala como los herederos del Big 3, atravesaron altibajos, lesiones y derrotas imprevistas. Es cierto que, pese a su talento, sería un error pensar que el italiano y el español ocuparían el vacío nostálgico dejado por Roger, Rafa y Novak. Pero en un año de incertidumbres, la presencia de Federer en la central del US Open invita a valorar y a rememorar aquella era dorada y única, rodeada de atletas legendarios que empujaban los límites de forma constante.
Federer ingresará al Salón de la Fama del tenis, en Newport, en las próximas horas. Pero, antes de eso, volvió a jugar y lo hizo para recordarnos cuán felices fuimos viendo tenis.