Padres de Le Priol piden perdón a la familia de Federico Martín Aramburú

11 septiembre, 2026

París, Francia.— Para describir la forma en que Federico Martín Aramburú perdió la vida aquella noche de 2022 en una acera del centro de la ciudad, la forense eligió una imagen contundente: un grifo abierto que no puede ser contenido. Esta quinta sesión del juicio que se ventila ante el Tribunal Criminal de la capital arrancó con la pregunta más cruda del caso: ¿cuál fue exactamente la causa que acabó con la vida del exjugador de Biarritz Olympique?

La médica forense respondió ante el estrado por la tarde. Ante ella se mostró un esquema del cuerpo de Federico repleto de impactos: hubo seis disparos recibidos, realizados con dos armas distintas. Ninguno de los proyectiles salió del cuerpo, precisó la experta, lo que dificultó la reconstrucción médico-legal de las trayectorias.

Dos de esos impactos tenían potencial mortal, pero solo uno fue decisivo para la muerte. Un proyectil atravesó un pulmón, provocando lo que la perito describió como un “hemopneumotórax”: la intrusión de sangre y aire en la cavidad torácica. Como consecuencia directa, “la víctima perdió más de un litro de sangre”, de los cuatro litros que, en promedio, componen el cuerpo humano. Fue esa hemorragia fulminante, y solo ella, lo que terminó con la vida de Federico Martín Aramburú.

Se estima que transcurrieron unos cinco minutos entre la herida y el deceso. Un intervalo breve, pero suficiente para que la víctima entendiera lo que le ocurría. Martín Aramburú encontró fuerzas para afirmar que sentía que la muerte se acercaba. Sus últimas palabras —“llamá a la policía. Me voy a morir”, dirigidas a su amigo Shaun Hegarty—, con una lucidez escalofriante, no fueron únicamente un grito de ayuda sino también una muestra de conciencia ante su sentencia definitiva. Aunque los servicios de emergencia actuaron con rapidez —primero, con un testigo formado en primeros auxilios, y luego con equipos especializados—, no hubo nada que pudieran hacer.

La legista añadió que la víctima presentaba un nivel de alcohol en sangre muy alto, superior a 1,9 gramos por litro, un factor que habría ralentizado la percepción del dolor en el momento del asalto. De los seis impactos, tres heridas quedaron en la espalda y las otras tres, en la parte frontal, incluida una en un muslo. Una herida en el hombro podría, por su parte, proceder de un disparo efectuado desde una posición elevada.

Sin embargo, intentar reconstruir el orden exacto de los disparos resultó infructuoso. Los investigadores clasificaron las balas de la A a la D para las disparadas por Loïk Le Priol, en un intervalo de cuatro segundos, y de la E a la F para las de Romain Bouvier. La víctima giró sobre sí durante la agresión, lo que deshizo por completo cualquier cronología precisa. Tras ser interrogada repetidamente por la defensa sobre este punto, la forense terminó perdiendo la paciencia ante las distracciones del abogado, insinuando que él mismo se perdía en la formulación de la pregunta.

En relación con la bala E, que impactó el tórax de Federico a 1,21 metros del piso, la experta fue, al contrario, categórica: la trayectoria no es compatible con un disparo dirigido hacia abajo. El otro proyectil proveniente del arma de Bouvier alcanzó un muslo, a 0,71 metros del suelo. Basándose en los distintos elementos del expediente, fotografías y testimonios, la forense estimó que los dos últimos disparos fueron mortales y se realizaron cuando Martín Aramburú ya daba la espalda a su agresor.

El perito balístico, consultado a primera hora de la mañana, había llegado a conclusiones convergentes. Los cuatro proyectiles del revólver no mostraban deformaciones que indicaran rebote contra el suelo. Una cuestión inédita, planteada por un miembro del jurado por primera vez en el juicio, giraba en torno a la posibilidad de que los dos disparos de Bouvier hubieran ido dirigidos al suelo. El experto descartó esa hipótesis sin filtros, afirmando que los dos proyectiles hallados en el cuerpo habían sido disparados directamente hacia la víctima.

Además, descartó la tesis de disparos accidentales. Explicó que realizar cuatro disparos en cuatro segundos implica una destreza notable en el manejo del arma, bastante distinta al estado de aturdimiento que provocaría un tiro involuntario. Sobre la posible existencia de un tiro de advertencia, defendido por la defensa, se mostró cauteloso: la lógica indicaría que un intervalo de uno a dos segundos separaría la advertencia del siguiente disparo, pero no existe evidencia material que permita confirmarlo ni refutarlo.

Por otra parte, una comparación balística estableció una coincidencia total entre los proyectiles hallados y el revólver Colt utilizado por Le Priol. En cuanto al arma de Bouvier, el experto no pudo pronunciarse con la misma certeza, porque el cañón había desaparecido. Sin embargo, se recuperó del agua una parte del arma.

La jornada matutina había comenzado con un tercer peritaje, dedicado esta vez a la reconstrucción de los hechos preparada durante la instrucción. Le Priol asistió a esa sesión. Presente, Bouvier se negó a participar activamente: “No quise convertirme en un animal de feria y ser nuevamente acusado por la prensa de nazi asesino, como he leído en varios medios”, explicó. Los investigadores se vieron obligados a reconstruir sus cuatro disparos a posteriori, apoyándose en el análisis de las imágenes de videovigilancia. Un perito en balística precisó que, en el cuarto disparo, la víctima ya estaba de espaldas.

La reconstrucción de los disparos ejecutados por Le Priol ganó mayor precisión, gracias principalmente al testimonio de Shaun Hegarty. Durante el primer disparo, Martin Aramburú estaba agachado, mientras Le Priol sostenía el arma con la mano derecha. En los disparos finales, la víctima estaba de espaldas y siguió caminando unos instantes antes de resbalar y caer al suelo.

Loïk Le Priol brindó su versión, apareciendo visiblemente tenso en su asiento mientras el experto hablaba. Relató que Martín Aramburú lo sujetó durante sus dos primeros disparos, que definió como advertencias, y que luego recibió un puñetazo antes de disparar a un hombro de la víctima. Según su declaración, esa detuvo sus movimientos y la víctima se dio vuelta. Afirmó haber retrocedido y efectuado los tres disparos finales a ciegas. Al ser interrogado sobre la coherencia de ese relato, el experto matizó: si bien el disparo frontal coincidía con una herida de entrada hallada en el cuerpo, le resultaba sorprendente que los tres últimos disparos descritos por el acusado pudieran alcanzar a la misma persona tres veces habiendo sido realizados “a ciegas”.

Antes de iniciar los debates sobre las trayectorias, la mañana se dedicó a realizar un inventario minucioso de las armas involucradas. El perito balístico detalló las piezas incautadas en el domicilio de Bouvier: revólveres Smith & Wesson, Colt, Browning, una carabina Winchester y varias otras carabinas antiguas, que suman 18 armas y más de mil cartuchos. En la propiedad de la familia Le Priol, en Draguignan, los investigadores hallaron varias carabinas de aire manual, algunas de ellas modificadas, una escopeta de corredera y dos revólveres Browning.

El experto recordó que muchas de esas piezas, en su mayoría históricas, podían adquirirse legalmente si databan de antes de 1900, al igual que cierta munición asociada. Bouvier había gastado más de 24.000 euros en una página especializada para formar su colección, una cifra que se considera coherente con el tipo de armas halladas en su domicilio. La defensa intentó restar importancia a estos elementos, subrayando la dificultad de clasificar las armas por categorías, un territorio áspero para alguien que no es especialista.

Al ser consultado sobre la presencia de armas cargadas en la casa del acusado, el perito afirmó que un coleccionista rara vez mantiene sus piezas listas para el uso y que un arma cargada es, por definición, una pieza que puede ser utilizada de inmediato. También recordó que ningún tirador deportivo suele portar su arma en el cinturón, una práctica más asociada a personas que buscan defenderse en contexto de conflicto o, incluso, a traficantes. Bouvier aseguró que sus armas no estaban cargadas cuando salió de su casa para cenar con Le Priol esa noche, y sugirió que fueron los propios agentes los que las cargaron al verificar la compatibilidad de los cartuchos incautados.

Cerca del cierre de la jornada, el tribunal recibió el testimonio grabado —en video y con desfiguración de imagen— de Alpha56, antiguo superior de Le Priol en los mandos de marina. Describe una falta de madurez, un exceso de confianza y una pasión por el tiro. En Yibuti, por ejemplo, sus compañeros lo rechazaron por problemas de convivencia y pérdida de confianza. A ello se sumó un episodio de “violencia contra una mujer yibutí” que dejó una sombra sobre su trayectoria, lo que llevó a su repatriación a Francia. Tras un periodo de baja por enfermedad y tras que la marina detectara sus problemas judiciales, su contrato concluyó tras siete años y medio de servicio.

«Una trayectoria irregular, con dificultades para acatar la autoridad militar. Demasiado apresurado para conservar autonomía», resumió Alpha56. Le Priol abandonó los mandos de marina con un síndrome post-traumático y una invalidez del 60%, por la que recibe una pensión. El intercambio entre el jefe de comandos y el fiscal se asemeja a una sentencia para Le Priol: “Un comandante de la marina jamás dispara a ciegas…”, afirmó Courroye; “obviamente”, respondió el militar. En otras palabras, Le Priol sabía muy bien lo que hacía aquella noche.

Conforme al protocolo encaminado a los parientes directos de un acusado, los hermanos y los padres de Le Priol testificaron sin prestar juramento. Tres intervenciones, con tres tonos muy distintos.

Aude, la hermana del acusado, que vive en Yibutí junto a su marido militar, ofreció una declaración espontánea y conmocionada. Relató una agresión contra ella años atrás, un intento de violación ocurrido cerca de una estación de RER en París, que dio lugar a un proceso judicial que se extendió durante seis años y pasó por cinco juicios. Este trauma, explicó, marcó profundamente a su hermano y alimentó su desconfianza hacia la justicia, a la que consideraba fallida. Una abogada de la defensa se levantó para objetar que ese relato no aportaba nada a la búsqueda de la verdad. Sin embargo, Aude insistió en completar su testimonio, explicando que ver sufrir a su hermana sin poder intervenir había vuelto loco a Loïk. Describió a un hermano excepcional —previsor y caballeroso— antes de que la guerra lo destruyera, y rompió a llorar al evocar una tragedia absoluta y a un hermano a quien, dijo, le cree cuando afirma que actuó en defensa propia. Aunque reconoció que él privó a unos niños de su padre, y a una mujer de su marido.

La madre, presentada como una mujer de profunda fe, tomó la palabra con una serenidad que contrasta con la elocuencia de su marido. Dijo rezar por la familia Martín Aramburú y esperar, algún día, el perdón. Describió a un hijo alegre y vivaz, que se convirtió en comandante de la marina a los 18 años y fue enviado al frente antes de lo previsto, para regresar transformado: menos festivo, más reservado, víctima del alcohol antes de intentar reconstruirse volviendo a la explotación olivarera familiar. Pensaba que estaba superando las cosas, reveló, hasta ese 19 de marzo, día de San José, que lo cambió todo.

El padre, Denis Le Priol, más prolífico y a veces áspero, ofreció un discurso más contundente, y llegó incluso a justificar la posesión de armas al hacer una alusión al desembarco aliado en 1944. El presidente del tribunal tuvo que recordar la condición especial de los familiares, exentos de juramento. Denis relató sus visitas mensuales a la prisión, donde su hijo le habría contado su versión de los hechos, asegurando que se había defendido. Cristiano dijo rechazar que se arrebate una vida en la acera, aunque sostuvo que las acciones de su hijo son asunto suyo. También desestimó toda acusación de racismo, subrayó los valores de los scouts y del servicio militar que se transmiten en la familia —con dos abuelos condecorados con la Legión de Honor en la Primera Guerra Mundial— y describió a un hijo apasionado por las armas, “como todos los chicos”, más hábil viendo aves que en los estudios, antes de hallar su vocación en la marina. En un testimonio cargado de emoción, aseguró que siempre apoyaría a su hijo, hiciera lo que hiciera, “sin llegar a aprobarlo”, para finalmente presentar, en nombre de toda la familia Le Priol, sus disculpas a la familia Martín Aramburú.

Este quinto día del proceso culminó sin la presencia de los familiares de Federico, que durante el resto de la semana habían estado presentes. Debieron regresar a Biarritz por motivos personales, se comentó.

Así concluyó la primera semana de un proceso que continúa desentrañando, día tras día, la escalofriante mecánica de una cena entre amigos que terminó en tragedia.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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