Camino inverso a la Meca: por qué las estrellas del fútbol europeo optan por jugar en Brasil

15 septiembre, 2026

Con un alarido que imitaba un saludo tradicional en árabe adaptado al portugués, un nutrido grupo de hinchas del Botafogo sorprendía a los viajeros que intentaban abandonar el aeropuerto Galeão, en Río de Janeiro. Turistas llegaron a grabar a los torcedores que ampliaron su repertorio con el cántico: “Uhh, se les complicó, porque Ziyech apareció”. Y, tras esperar apenas, cerca de las 20:00 horas del martes pasado, Hakim Ziyech, 33 años, nacido en Dronten (Países Bajos) pero internacional con Marruecos, hizo acto de presencia luciendo bufanda y bandera del club ante centenas de fanáticos que, entre saltos y empujones, buscaban sacarse una selfie o, al menos, tocar al exjugador de Ajax y Chelsea, entre otros emporios del fútbol europeo.

El futbolista, que fue protagonista del Mundial de Qatar 2022 con la selección marroquí, los Leones del Atlas, al completar un ciclo en el Wydad Casablanca, decidió romper su vínculo con ese club tras haber acordado de palabra su llegada al Botafogo, con el que firmó hasta 2028. “Estoy muy ilusionado; es mi primera experiencia aquí. Siempre tuve este deseo en mi itinerario y ahora se hizo realidad. No conozco mucho de Río, pero sí sé que es la meca del fútbol”, afirmó Ziyech, perfilando su pierna izquierda entre humo de bengalas y banderolas. “El fútbol aquí se vive como una forma de existir, no es únicamente un deporte. Quiero vivirlo y me lo debo”, añadió.

Ziyech firma su vínculo con Botafogo

Doce años atrás, por esa misma puerta, emergió Clarence Seedorf, también para sumarse al Botafogo como refuerzo. En aquella ocasión, más de 1.500 torcedores del club de la Estrella Solitaria se congregaron para recibir al holandés. “Desde pequeño siempre soñé con jugar en Brasil y ahora lo estoy cumpliendo”, afirmó el exjugador del Real Madrid y del Milan, que en su paso por Río de Janeiro disputó 81 partidos oficiales y marcó 24 goles con el Fogão. No era meramente una contratación de alto impacto: un cuatro veces campeón de la Champions League, aún competitivo, cambiaba un poderoso Milan por una entidad brasileña que, en ese entonces, no era tan ocurrente. No era solo un fichaje de relieve, era toda una rareza.

La llegada de Ziyech, a pesar de su carácter sorpresivo y de la expectación que genera, ya no se puede catalogar como algo “extraño” para el fútbol brasileño. Es que el marroquí, desde ya, no se sentirá “fuera de lugar” en el Brasileirão.

Memphis Depay juega en Corinthians con estatus estelar. El danés Martin Braithwaite eligió Gremio tras una trayectoria destacada que incluye pasos por Barcelona. El congoleño Yannick Bolasie cambió el fútbol inglés por Criciúma (actualmente en Chapecoense). El francés Dimitri Payet, internacional con Les Bleus, vistió durante dos campañas la camiseta de Vasco da Gama con altibajos. Jessie Lingard se alinea junto a Depay en el Timão. Y el croata Filip Krovinovic, con paso por Benfica y la Premier League, desembarcó recientemente en Porto Alegre para defender los colores de Gremio.

En una liga que, una vez más, rompió récord de extranjeros en la temporada 2026, con 167 jugadores nacidos fuera de Brasil (frente a 157 en 2023), los argentinos siguen al frente con 48 jugadores; les siguen Uruguay (31), Colombia (27), Paraguay (13) y Ecuador (10). Hasta aquí, parece lógico. No obstante, el ritmo de llegada de jugadores procedentes de Europa y África va en aumento, con 29 exponentes en este momento; 18 europeos y 11 africanos. Entre los europeos, siete son portugueses, y le siguen italianos y españoles, con tres representantes cada uno.

Holandeses, franceses, ingleses, marroquíes, congoleños, croatas, guineanos y ghaneses… la lista continúa. El mercado luce más abierto que nunca y los equipos que participan en el competitivo Brasileirão acuden a recursos accesibles sin mirar tanto la procedencia. Eso sí, existe un patrón que separa a los latinoamericanos de los europeos que llegan a Brasil: los primeros suelen hacerlo en una etapa temprana de sus carreras, frecuentemente como oportunidades de proyección. En cambio, los provenientes de Europa, en general, llegan con experiencia y rodaje.

La explicación inmediata es obvia: la cuestión monetaria. El incremento de ingresos en los grandes clubes, la transformación de varias entidades en SAF (sociedades anónimas de fútbol), la llegada de inversores y la depreciación relativa de ciertos mercados europeos han aumentado sustancialmente la capacidad de Brasil para competir por futbolistas que antes quedaban fuera de su radar; talentos que ni siquiera tenían opción de ser considerados por los grandes o por los pequeños. El país que durante décadas hubo de desprenderse rápidamente de sus mejores talentos ahora puede pagar para retener a algunos y, además, para contratar a otros.

Este dinero, sin duda, explica por qué el Brasileirão puede incorporar a estos jugadores, aunque no explique por qué deciden hacerlo. “A medida que más jugadores brasileños emigran al exterior, Brasil ha empezado a ejercer un papel más activo como comprador. En la última década, la demanda por sustitución de esos jugadores que se van creció notablemente”, explicó Roger Machado, exentrenador de San Pablo e Internacional, entre otros clubes de la Serie A. “Jugadores de Sudamérica, Centroamérica y hasta de Europa o África son cada vez más elegidos por los clubes locales. Es un cambio natural impulsado por la oferta y la demanda, en línea con las tendencias mundiales”, añadió el técnico, hoy sin equipo.

Pero hay más. Comprender por qué los clubes brasileños miran hacia geografías antes menos exploradas es una cosa; otra muy distinta es entender por qué futbolistas acostumbrados a los campeonatos de élite europeos aceptan dar la vuelta al Atlántico. Y, en ese punto, el factor económico, si bien relevante, no agota las explicaciones.

Existe un componente generacional, incluso sentimental (casi espiritual) que se repite entre quienes aceptan hacer “la ruta contraria”. Los extranjeros que llegan a Brasil hoy suelen rondar los 30 años; crecieron cuando el fútbol brasileño ejercía una influencia global notable. Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká, Roberto Carlos, Cafú o Adriano no eran figuras lejanas para ellos; eran, para muchos, las grandes estrellas europeas que admiraban cada fin de semana. Brasil fue campeón del mundo en Estados Unidos (1994) y en Corea-Japón (2002), disputó finales y vivió una era en la que el Brasileirão significaba mucho para el fútbol mundial. Mucho antes de conocer la liga, ya conocían y quizá amaban el fútbol brasileño.

El discurso de Ziyech al pisar Río de Janeiro invita a pensar que guarda relación con una antecedente claro. Cuando Memphis Depay sorprendió al mundo del fútbol al aceptar la oferta de Corinthians en septiembre de 2024, también utilizó una palabra que el marroquí repite ahora: “Meca”. “¿De dónde nace el fútbol auténtico? Para mí, Brasil es la Meca del fútbol”, comentó el neerlandés poco antes de presentarse en la Neo Química Arena, casa del Timão. Tenía 30 años y venía de pasar por PSV, Manchester United, Lyon, Barcelona y Atlético de Madrid. “Muchos van a seguir mi ejemplo”, se atrevió a vaticinar entonces. Y no se equivocó.

Aquella frase resuena ahora con menos atrevimiento, a mitad de 2026; Martin Braithwaite, que arribó apenas meses antes que Depay, puede dar fe de ello. El delantero danés llegó a Porto Alegre con 33 años tras un periplo por Toulouse, Middlesbrough, Leganés, Barcelona y Espanyol. Cuando se le preguntó por qué eligió Grêmio, desenterró recuerdos de su infancia: su padre era un apasionado del fútbol brasileño, Ronaldo era uno de sus ídolos y aún conserva en su memoria el memorable Brasil versus Dinamarca (3-2) de los cuartos de final del Mundial de Francia 1998. “Para mí, Brasil siempre fue el país del fútbol. En mi cabeza eso no admite discusión”, confesó al llegar. No era una escala profesional, sino una experiencia que quería vivir.

El caso del carismático Yannick Bolasie resulta aún más peculiar. Nacido en Francia, criado en Inglaterra, internacional por la República Democrática del Congo y con gran trayectoria en el fútbol británico, cuando sus recuerdos vuelven a la escuela, piensa en Brasil. Como ha contado en varias ocasiones, cuando sus compañeros elegían Inglaterra o Francia para imaginar jugadas, él prefería la verdeamarela.

Por eso, cuando en 2024 recibió una propuesta del modesto Criciúma —que milita en la Serie B y representa a una ciudad Santa Catarina de apenas 200.000 habitantes— no dudó. “¿Por qué no?”, se preguntó ante la oportunidad. Otro continente, otra cultura, otro idioma y una liga que jamás había disputado, sin referencias precisas. Allí residía, justamente, el atractivo: el desafío de vivir algo distinto, combinado con sus recuerdos infantiles.

El desafío, la experiencia, la curiosidad y una deuda por saldar emergen como factores comunes, con matices, entre estos futbolistas que cruzaron el Atlántico para probarse en Brasil. La mayor parte de ellos, ya sin necesidad de demostrar mucho a otros, lo hacen para sí mismos. Palabras poco comunes en un mercado que suele justificar movimientos principalmente por salarios, contratos y derechos económicos.

Además, hay un dato que ayuda a entender el momento en que se toman estas decisiones. Depay llegó a los 30 años; Krovinovic, también. Ziyech y Braithwaite, con 33; Bolasie, 34; Payet, 36. Son ejemplos, pero el rango de edad se repite con frecuencia. No se trata de jóvenes que usan Brasil como trampolín para trepar a Europa, como ocurre con algunos talentos sudamericanos que disputan el Brasileirão. Para ellos, Europa ya no es el horizonte.

Tampoco son jugadores dispuestos a esconder los últimos años de sus carreras en ligas periféricas a cambio de un abultado salario y aficionados que no presionan cuando los resultados fallan. El fútbol brasileño propone casi lo contrario: un calendario agotador, estadios gigantes, clásicas de gran rivalidad (a veces, con cierta violencia), viajes interminables (con hasta siete horas de vuelo), presión diaria, la Copa de Brasil, el Brasileirão y, para los equipos punteros, la Libertadores o la Sudamericana. Además, por supuesto, de los torneos estatales a comienzos de año, donde la infraestructura suele ser irregular.

Existe, además, un tercer elemento que ayuda a que ese salto no se vea tan temerario como hace una década. Brasil dejó de ser un territorio desconocido. El croata Krovinovic es un ejemplo claro: cuando le surgió la posibilidad de jugar en Gremio, ya dominaba el portugués y conocía al entrenador Luís Castro por su paso por Río Ave, Portugal. Pero, antes de aceptar la oferta del Tricolor Gaúcho, Krovinovic consultó a otra referencia de confianza: Jonas, excompañero en Benfica y viejo conocido de la afición gremista. “Me dijo que Gremio es un club inmenso y que Porto Alegre respira fútbol”, comentó Krovinovic tras aceptar el club.

Ese detalle, aparentemente menor, ayuda a entender una transformación mayor. En las últimas dos décadas, cientos de brasileños pasaron por vestuarios europeos, desde las ligas principales a las emergentes. A ello se suma un factor clave reciente: en los últimos años, se ha intensificado el intercambio de técnicos portugueses entre ambos continentes. Jorge Jesus, Abel Ferreira, Luís Castro y otros forjaron puentes antes débiles. Jugadores, técnicos, agentes y directivos componen hoy una red capaz de acortar distancias culturales y deportivas entre dos mercados que durante décadas funcionaron casi en una sola dirección.

Cada extranjero que llega, de algún modo, abre camino a otro… o a otros. Quizá por ello Depay se atrevió a anticipar que muchos otros en su situación seguirían sus pasos. No significa que el escepticismo haya desaparecido. Ziyech, por ejemplo, quiso comprobar el estado de los campos antes de cerrar su traslado a Botafogo, ya que su compatriota Zakaria Labyad, que juega en Corinthians, le advirtió sobre posibles lesiones en canchas de césped sintético o en mal estado. Por su parte, Braithwaite reconoció que en Dinamarca persiste cierto prejuicio sobre el nivel del Brasileirão. Memphs admitió que, pese a la magnitud de Corinthians en Sudamérica, sabía poco de la historia del club antes de recibir la propuesta.

Nada de ello parece suficiente, sin embargo, para frenar un movimiento que se va tornando más natural. Brasil aún necesita explicar frente a otros algunos rasgos de su campeonato, incluso porque varios de sus clubes son catalogados como “mal pagadores”, pero ya no necesita justificar lo que, en esencia, representa su fútbol. Esa diferencia, que podría parecer semántica, ayuda a entender gran parte de lo que está sucediendo.

Porque aquellos futbolistas que llegan hoy con treinta y tantos años no descubrieron Brasil cuando les acercaron la propuesta. Lo conocían desde mucho antes. Lo vivieron en Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká o Adriano; convivieron durante años con brasileños en vestuarios europeos y enfrentaron a otros tantos. Tuvieron curiosidad, preguntaron y despejaron dudas hasta soñarlo. Algunos jugaron bajo la dirección de entrenadores portugueses que después hicieron el mismo viaje. Y, cuando llegó el momento de elegir algo distinto para el tramo final de sus carreras, hallaron del otro lado del Atlántico un fútbol que les parecía lejano geográficamente, pero bastante menos ajeno de lo que podrían anticipar.

No es Europa, pero tampoco pretende serlo. Las canchas no siempre están en óptimas condiciones, los traslados son largos, el calendario es agotador y la organización aún puede desconcertar a quienes llegan desde el exterior. Pero están el Maracaná, el Mineirão, el Morumbí (actualmente Morumbi) y otros gigantes llenos de torcedores que entienden del deporte como pocos en el mundo. Existe la presión, pero persiste una cultura en la que la pelota puede alterar, para bien o para mal, el ánimo de millones de aficionados. Tal vez la ventaja para los europeos resida exactamente en esa singularidad: buscar algo que Europa no les ofrece y que Brasil puede entregar.

Durante décadas, el fútbol brasileño convivió con la convicción de que sus mejores jugadores, tarde o temprano, terminarían rumbo al Viejo Continente. Esa ruta continúa, fluye y parece estable; Vinícius Júnior, Rodrygo, Endrick, Estevão y muchos otros demuestran que probablemente nunca dejará de ser así. Sin embargo, esa ruta ya no tiene una única mano en la que apoyarse.

Seedorf fue una extravagancia, una locura; luego llegaron Honda, Kalou y Payet, abriendo un camino más tangible, menos improbable. Más tarde, Bolasie, Braithwaite y Memphis Depay, por citar ejemplos notables. Ahora, Krovinovic y Ziyech. Seguirán otros, sin duda. No necesariamente porque Brasil ofrezca mejores remuneraciones (aunque esto influya), tampoco porque Europa haya dejado de seducir, sino porque para una generación que creció venerando aquel fútbol brasileño que dominaba el mundo, jugar aquí ya no es retroceso. Es más bien una deuda pendiente, una experiencia que debe vivir, al menos una vez. Ziyech llegó para saldar la suya.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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