En determinados momentos, sus progenitores cargaron con el peso del dolor. “Leo está profundamente afectado por lo ocurrido. No logro entender por qué hay tanta envidia… Es la primera vez que lo abuchean. No sé qué significa cargar con el peso del equipo sobre sus hombros. ¿Se trata de insultar o de dirigir gritos a todos sus compañeros? Mi hijo posee una personalidad distinta. Es fuerte, aunque muchos no lo adviertan”, aseguraba Jorge Messi tras la traumática Copa América 2011, con chiflidos incluidos en Santa Fe. Celia, la madre de Lionel, mostraba la intimidad y el corazón: “Se va realmente muy dolido cuando hablan mal de él, ¿por qué siempre contra él? Él sufre mucho, después le cuesta recuperarse”. Como cuando Messi pisaba Barcelona recuperaba su dimensión interplanetaria, los sommeliers de ‘argentinidad’ explotaban desde este lado del Atlántico. Messi lloraba, pero estaba decidido –obsesionado– a conquistar a ese país de corazones blindados y miradas desconfiadas.
La Copa América disputada en Argentina había sido un tormento. Y a ello se sumó una cadena de exigencias y presiones. Ya se consideraba el mejor del mundo –un reflejo de su vigencia excepcional–, con todo el magnetismo, las cargas y las culpas. Messi sabía que una nación lo observaba de cerca y en ese torneo nada salió como deseaba. Lo silbaron en la cancha de Colón… Era el “pechofrío”. El que no entonaba el himno. O, simplemente, ‘el catalán’.
No sería fácil. La final del Mundial 2014 se escapó en la prórroga contra Alemania en el Maracaná. Castigo y desilusión. Sobre todo en 2015, 2016 y 2017 el tribunal de ataques no lo dejó en paz. Su desdén en la Copa de Rusia 2018 –la peor de sus seis copas— pareció la etapa final. La reconciliación con la sociedad parecía imposible. Pero si su padre ya había advertido de que su hijo era “fuerte”, comenzó a asomar otro Messi. Con rasgos que suelen enamorar al argentino medio: rebelde, épico, combativo, sí, maradoniano, y con un innegociable sentido de pertenencia a la Albiceleste. El mismo de siempre. Porque cuestionar sus deseos de pertenecer siempre fue absurdo: desde que a los 16 años rechazó el interés de España, dejó claro a dónde quería estar.
Ninguno perdió tanto, y no abandonó. Nadie debió superar tantas pruebas, a nadie se lo llevó al límite como a él. La conquista de la Copa América de Brasil 2021 fue el salvoconducto al romance, entonces el hincha fue acomodaticio y una porción de la prensa también; en cambio, él nunca desertó ni mostró resentimiento. Qatar 2022 desató la pasión para siempre. Finalmente trajo la Copa del Mundo al país, algo así como el único visado que lo cubría del destierro, y jamás hubo venganza. Quizás porque muchos argentinos, desproporcionadamente solemos mezclar todo, y porque por primera vez se cruzó Inglaterra en su camino, Messi regresó de su último Mundial convertido en un patriota por su pueblo.
No hace tanto en definitiva, cuando Messi seguía con la vitrina albiceleste vacía y le confirmó a Lionel Scaloni que iba a volver a intentarlo, que contara con él para una nueva aventura que podía seguir desgarrándolo, los hijos del crack le preguntaban cada vez que viajaba a la Argentina: “Papá, ¿por qué vas si no te quieren?”. Frente al abismo del desamparo, Messi insistió. Él nunca cambió, terco y enamorado. Este martes lloró por íntimos dolores, recientes y futuros, porque nadie se quiere ir del lugar donde es feliz. Discutirlo a Messi fue un disparate que el juicio tardó más de lo aconsejable en remendar. A Messi, eterno, extrañarlo será inevitable. Convendrá no olvidar la madeja que tuvo que desenredar para realmente honrar su obra.