Boca celebra su triunfo sobre River nervioso; la Bombonera disfruta y sueña con lo que viene

3 noviembre, 2026

Se desplaza de un lado a otro. La Bombonera le imprime esa marca identitaria que dice “no tiembla, late”. Boca está feliz porque todo parece encajar. Y esa sensación se percibe en los paraguas amarillos al viento, en el racimo de jugadores que salta y sonríe y en el rugido atronador que sacude los cuerpos de más de 50 mil fieles. La naturaleza de las cosas se ve también en la caminata cansina de los otros, que se van de este superclásico derrotados otra vez, como en mayo cuando jugaron de local y aquí mismo un año atrás. Tres triunfos consecutivos de Boca frente a River merecen una clasificación especial: este ocupa un lugar por encima de los demás. Porque encarna el valor de lo que está por venir. Es como el olor dulzón de la lluvia antes de que llegue: Boca es eso en este instante decisivo de la temporada, la precuela de la película que está por estrenarse. Si esto ya parece bueno, lo que queda por delante podría ser aún mejor. El título de campeón de la liga depende de lograr una victoria más aquí mismo, ante Defensa y Justicia. Y después pueden llegar más festejos, suficientes para conferirle entidad a este este muy justificado 1-0 frente a un River más enojado que eficiente.

El curso del encuentro se ordenó a partir de la expulsión de Martínez Quarta, que llegó recién cuando el VAR le señaló a Nicolás Ramírez lo que había visto todo el estadio, excepto él: que el defensa de River debía ser sancionado por abrazar a Merentiel para impedirle encarar a Beltrán. Con un hombre menos, la tendencia inicial de River de esperar se transformó entonces en una orden tajante. Y Boca, que había estado cómodo con ese dibujo desde el inicio, se convirtió en dueño absoluto. Lo que viniera después, o no, dependería del mayor o menor ritmo que decidieran imponer Paredes y sus compañeros en el trámite.

Antes de la roja que Silvio Trucco, con la ayuda del VAR, le recomendó mostrar a Ramírez, Boca ya había generado una ocasión clara de gol cuando Blanco envió un centro envenenado al que Merentiel no alcanzó a darle fuerza. En los primeros compases de esa acción —transcurrían apenas dos minutos— quedaron claras las intenciones: Ascacíbar presionó una salida dubitativa de Andrada y le arrebató la pelota —eso era exactamente lo que buscaba Boca—, y eso desencadenó el ataque.

Una escena de tarde grisácea en la Bombonera, porque Boca dominó el juego gracias al tempo criterioso de Paredes, a la sagacidad de Delgado para ubicarse siempre libre para recibir y a la fe de Ascacíbar para ir y venir desdoblado hacia las zonas de remate. Y esa presión ganadora del mediocampo de Boca fue tan marcada que la jugada del gol nació de una demora del joven Lucas Silva, al que el superclásico le quedó grande: de esa pérdida brotó la acción que derivó en un córner, bien ejecutado por Villa y mejor resuelto por Di Lollo, que cabeceó con comodidad, como si Rivero, su marcador, no estuviera encima suyo.

River no modificó su libreto con la desventaja. Ya Lucas Beltrán había dejado el campo para que ingresara Rivero inmediatamente después de la expulsión de Martínez Quarta. Sin su delantero de referencia, el Beltrán con guantes equivocó la estrategia de jugar largo en cada saque de arco o jugada que quedaba en sus manos: Di Lollo y Herrera dominaban cada pelotazo. Y la rueda volvía a girar hacia el mismo lado: Boca tenía la pelota, River no salía del aturdimiento. Así, al entretiempo había llegado apenas 1-0, lo cual fue una buena noticia para los visitantes, que ni siquiera habían forzado un córner en toda la primera mitad.

Después del gol, Boca tuvo en un cabezazo de Ascacíbar y un centro cruzado de Villa que desvió Rivero dos imágenes de gol, que al final no se materializaron. River vivía de las demoras de su arquero, insólito teniendo el marcador en contra, de la intrascendencia generalizada y de los nervios de Acuña, que empujó a Paredes en el cierre de la primera mitad, lo que provocó un tumulto general y dejó un historial de tarjetas para todos. Allí radicó lo peor del árbitro: no condujo el partido con seguridad, y esa sensación la percibieron de entrada los hombres fuertes del River, Paredes y Otamendi, que se le iban encima en cada interrupción.

Antes del reinicio, Ponzio movió las fichas y quitó al atribulado Silva: ahora que el chico de 19 años quedará señalado, conviene revisar en los despachos del club la responsabilidad de un armado de plantel desbalanceado incluso después del mercado de pases de los 70 millones de dólares, que obligó a presentar este once en la Bombonera. En el banco, los mediocampistas disponibles eran el uruguayo Arambarri —valorado en 6 millones de dólares, no figura en la consideración— y los sub-20 Juan Cruz Meza, Santiago Espíndola y Lautaro Pereyra. Las ausencias por lesiones de Moreno y Vera no son alicientes: ninguno de los dos justificó aún su llegada en enero. El técnico visitante probó con Andrada como mediocentro e invirtió las bandas de Galván (derecha) y Almada (izquierda). Arruabarrena quitó a Herrera (entró Costa) para sostener un único defensor central amonestado, Di Lollo.

Hubo un espasmo al reiniciarse que pareció anunciar un cambio de ánimo, pero fue apenas eso, porque Boca volvió a tomar el control del trámite enseguida y ya no lo soltó. River, cansado y dominado, dudaba en dar el paso al frente, sabiendo que a la contra el local podía desatar el carnaval. Villa erró una carrera larga tras un fallo de Otamendi, pero la partitura se mantuvo. Al igual que en mayo en el Monumental, la jerarquía del tridente Paredes-Delgado-Ascacíbar se impuso con claridad, de principio a fin. El más joven de los tres terminó elevándose como la figura más determinante de la tarde. Se adueñó de la escena también simbólicamente: cuando salió Paredes, ya cerca del final, ocupó la posición central del campo y los aplausos lo envolvieron.

River se fue entregando entre la impotencia y las protestas al árbitro. Ramírez decidió echar a Montiel tras una entrada a destiempo a Blanco, una jugada que quedará en la lista de las discutibles: podría haberlo amonestado nada más. A favor del juez: ese cruce, a esa velocidad, le dio más espectacularidad a la patada y la caída. Los visitantes, encendidos, protestaron porque el árbitro no había aplicado el mismo criterio cuando Blanco impactó a Andrada (le sacó amarilla) y Paredes, a Galván, en dos jugadas anteriores. Para LA NACION, en esas dos acciones el árbitro estuvo correcto.

Más que por Ramírez, River debería preguntarse por su falta de nivel para gestionar un partido de tan alta exigencia. Thiago Almada, llamado a ser la figura del plantel, se fue reemplazado cuando faltaban todavía 20 minutos; Otamendi no dominó nunca el juego aéreo; Correa, muy solo, nunca pudo imponer su gambeta; Montiel y Acuña no generaron una jugada de mérito. Los campeones del mundo hasta aquí lucieron más para una campaña de marketing que para llevar a River a un lugar deseado: el regreso a la Copa Libertadores, que ahora dependerá de ganar el Clausura, una arremetida que hoy se ve improbable.

Boca se quedó un largo rato celebrando en una Bombonera feliz e ilusionada. Se activó el cancionero de las grandes ocasiones para que los jugadores, de cara a la cabecera históricamente local, derrocharan felicidad. Y sobre todo ilusión: ahora sí, el primer título de la era Riquelme parece al alcance de la mano. En este mismo escenario y ante Defensa y Justicia podrá llegar esa vuelta olímpica.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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