Los dos metros de estatura de Juan Martín del Potro se desplomaron sobre la pista dura de Río, junto a los aros olímpicos brillando al fondo. El cuerpo en orientación supina; los brazos extendidos; el pecho agitándose; la mirada empañada; la memoria recorriéndolo todo. El 13 de agosto de 2016, cuando el legendario Rafael Nadal erró un drive invertido y el tablero electrónico del Parque Olímpico anunció el triunfo histórico de Argentina por 5-7, 6-4 y 7-6 (7-5), el tenista de Tandil consiguió entrar en la final de los Juegos Olímpicos de Río, asegurando la medalla plateada.
“¡Delpooo! ¡Delpooo! ¡Olééé, olé, olé, olééé! ¡Delpooo! ¡Delpooo!”, retumbó en un estadio convertido en fiesta, como si fuera el Sambódromo. En esa celebración de Del Potro había razones que iban más allá de lo deportivo. Un año antes, apenas, también había estado postrado, pero en su cama, sin ánimo, considerando su retiro al no hallar solución para su maltrecha muñeca izquierda. El gigante gentil ya no tenía fuerzas para seguir entrando en quirófanos. Pero el tenis, el destino o la vida, quién sabe, le tenían reservado otro capítulo cinematográfico. Justo a él, que convirtió la resiliencia en un arte.
“Ni en los sueños más optimistas imaginé esto”, confesó en Río de Janeiro, sin exagerar, tras vencer a Nadal. Después de haberse perdido casi toda la temporada 2010 por una lesión en la muñeca derecha, la articulación de la otra mano lo dejó al margen durante 2014 y 2015. Tocó fondo. Sufrió temores, dolores y confusión. Le costó ver la luz. Hasta que, milagrosamente, recuperó la voluntad y, poco a poco, en 2016, volvió a competir. Siendo el número 1042 del mundo, regresó en febrero, en Delray Beach, un ATP que siempre le fue favorable. Después disputó Indian Wells, Miami, Múnich, Madrid, Stuttgart, Queen’s y Wimbledon; cerró la primera mitad del año con trece victorias y ocho derrotas.
Cuando arribó a Río, en agosto, para actuar de nuevo en los Juegos Olímpicos (había ganado el bronce en Londres 2012), Del Potro ocupaba el puesto 141 del ranking mundial. Más allá de su progreso físico y técnico, nadie, ni siquiera el más optimista, hubiese imaginado lo que ocurriría en esos cuatro meses que quedaban para clausurar el calendario.
La chispita mágica comenzó a encenderse el domingo 7 de agosto, cuando Juan Martín hizo su debut frente al número 1, Novak Djokovic. O, mejor dicho, el encanto apareció incluso antes, cuando se realizó el sorteo de la llave.
“¿Será mi rival? ¿En serio? Qué emoción…”, se sorprendió Nole, que se enteró por un periodista, durante una caminata en la Villa Olímpica, de que su oponente sería su amigo argentino.
“No me digas… Bueno, les voy a decir a mis amigos que se preparen el asado para el lunes por la noche”, comentó Del Potro, sin perder el humor. El serbio acudía a Río con la moral por las nubes, tras ganar el Masters 1000 en Canadá y, además, la primera vez en su carrera, Roland Garros. Impartía miedo en el circuito. Hasta ese momento se habían enfrentado catorce veces, con sólo tres triunfos de la Torre de Tandil, pero uno de ellos en el césped de Wimbledon, por la medalla de bronce olímpica de 2012.
El 7 de agosto, día de su debut en el torneo, las cosas no comenzaron de la mejor manera para Juan Martín. Debido a un corte de luz, quedó atrapado 40 minutos dentro del ascensor de la Villa Olímpica. Incomunicado, se sentó en el suelo, resignado. Hasta que los integrantes de la selección argentina de hándbol notaron la situación y dieron un empujón al elevador para ayudarle a salir.
Del Potro logró superar aquella situación traumática, se presentó en el estadio para disputar el partido y… los planetas se alinearon. En una primera ronda de altísimo nivel, se impuso 7-6 (7-4) y 7-6 (7-2), en dos horas y media, con saques devastadores de 210 km/h y derechazos contundentes. El argentino y el serbio se abrazaron con afecto. Nole se retiró de la cancha llorando desconsoladamente, dejando en evidencia el valor de esa competencia para él: el oro olímpico en individuales era el único gran trofeo que aún le quedaba por ganar (lo lograría recién en París 2024).
“Me cuesta creer lo que logré. Solo quería evitar que Djokovic me dejara atrás”, afirmó Del Potro, que no contaba con un entrenador ni un equipo de preparación física estables (había dejado de trabajar con Franco Davin y Martiniano Orazi en julio de 2015). “Es una gran alegría. Pero como amigo y por todo lo que ha pasado con las lesiones, me alegra por él”, añadió Djokovic.
El match point de Del Potro ante Djokovic
Después de derrotar a Djokovic, Del Potro dejó en el camino al portugués Joao Sousa (36°), al japonés Taro Daniel (117°), al español Roberto Bautista Agut (17°) y a Nadal (entonces 5°) en las semifinales. Todo en ocho días: un esfuerzo extraordinario para un cuerpo cansado de tanta exigencia. “Los atletas como él desafían las formas, rompen límites. Las lesiones, con frecuencia, son el idioma del cuerpo que indica que algo no funciona. Logró que todo recobrara armonía y acabó dando resultado”, apuntó en aquel momento el kinesiólogo Diego Rodríguez, una pieza clave de la maquinaria tandilense.
La victoria ante Nadal fue un golpe contundente y la confirmación de que realmente estaba de regreso. “Ese choque fue, sin duda, uno de los mejores de mi carrera. Y cuando me arrojé al suelo, además de una felicidad enorme, sentí alivio, porque era por una medalla y recordaba Londres 2012, cuando perdí la semifinal ante Roger (Federer) tras un partido increíble [ganado por el suizo 3-6, 7-6 (7-5) y 19-17, en 4h26m], pensé: ‘No puedo dejar pasar un nivel así y quedarme sin medalla’. Fue uno de los momentos más disfrutados”, le dijo Del Potro a LA NACION, en 2024.
Lo mejor del éxito de Del Potro ante Nadal

Después de vencer a Nadal, Del Potro cayó en la final ante Andy Murray por 7-5, 4-6, 6-2 y 7-5, en una batalla de cuatro horas. El británico, entonces 2º del mundo, quedó como el gran protagonista de la gira: de hecho, pocos meses después alcanzó el número 1. El podio olímpico lo completó Kei Nishikori (7º), que superó a Nadal. “En Río, mucha gente apoyaba a Delpo, pero yo estaba decidido a defender la medalla de oro que había conseguido en Londres. Jugó un partido excelente y estuvo cerca hasta el final”, recordó Nishikori a LA NACION, en 2021. Un mes después, en Glasgow, volvieron a cruzarse en las semifinales de la Copa Davis y Del Potro protagonizó un encuentro épico (6-4, 5-7, 6-7, 6-3 y 6-4).
Aquel Del Potro, además de exhibir una autoestima memorable, mostró una adaptación técnica de su juego que suscitó elogios: el revés a dos manos quedó limitado tras las cirugías de muñeca izquierda, y él afianzó el slice.
La actuación de Del Potro en Río 2016 generó efectos colaterales positivos para la industria tenística del país. Los índices de audiencia de sus partidos fueron altísimos: lo siguieron tanto entusiastas del tenis como quienes no sabían manejar una raqueta. Hubo un efecto contagio: la demanda de clases y el alquiler de canchas se incrementó, al menos, en un 30%.
“Ahora sé que el tenis me estaba esperando”, afirmó Del Potro al regresar a la Argentina. “Lo que viví en aquellos días es indescriptible. Cuando creía que ya no podría llorar, hallaba fuerzas y, al día siguiente, algo aún más asombroso ocurría”, añadió y viajó a Tandil, donde fue recibido como un héroe. Diez mil personas llenaron la Plaza Independencia y el tenista vivió un momento inolvidable cuando sale a saludar desde el balcón del Palacio Municipal. Casi en paralelo, el US Open anunció su invitación para jugar en el cuadro principal, poco tiempo después.
La mañana siguiente a semejante euforia, Del Potro recibió al autor de este artículo en su casa, enclavada entre las sierras, en una quietud absoluta solo interrumpida por teros enfadados y los ladridos de César, el perro de la familia. “Aquí se escucha el silencio. Y eso me ayuda a pensar”, le comentó a LA NACION.
Y agregó, con el pecho al descubierto: “Si miro hacia atrás y recuerdo las operaciones y la frustración de haber tenido que levantarme sin saber qué tenía en la mano, con dolores y yendo a ver médicos, este momento es un sueño hecho realidad. Ya no tengo veinte años [tenía 27], y, mientras no hallaba una solución para mi lesión, mi cuerpo lo sentía. Creo que el cariño que le tengo al tenis hizo que nunca me rindiera. En momentos no tenía fuerzas para salir de la cama, pero gracias a ese afecto, seguí adelante. Confiaba en que algún día vería un ligero destello al final del túnel. Hoy disfruto de un presente emocionalmente incomparable con cualquier otro momento de mi vida”. Vaya año… ¿Qué pasó después? Se convirtió en la figura emblemática del equipo nacional, bajo la dirección de Daniel Orsanic, en la histórica coronación de la Copa Davis. Mejor, imposible.