Fue en septiembre de 2022, en la Gran Manzana, apenas días antes de cumplir 34 años y casi siete meses desde su última competencia oficial. Juan Martín del Potro emergió en una sala amplia destinada a jugadores y personas cercanas, ubicada en la planta baja del complejo de Flushing Meadows. Se sentó, dejó a un lado su credencial —que indicaba Past champion—, la apoyó en la mesa y, con un nudo en la garganta, comentó al que escribe estas líneas: “No estoy preparado para el día después. No tengo idea de qué implica. No tuve una transición previa, no me anticipé a ese momento, no sé qué hizo otro atleta en ese proceso. Me tocó ser tercero del mundo, sufrir una lesión de rodilla y enfrentarlo. En un instante”.
El tenista, ganador de un Grand Slam, doble medallista olímpico y protagonista en la conquista de la Copa Davis, atravesaba un periodo de confusión, enojo y desesperación. Tras la fractura de rótula (2018) y casi diez intervenciones quirúrgicas, ya no toleraba el dolor de la rodilla derecha, pero resistía la idea de cerrar de forma definitiva su capítulo deportivo. Siguió indagando, explorando opciones médicas (incluso algunas poco convencionales). Eso hizo que, de forma casi involuntaria, bloquease la mayor parte de sus proyectos y actividades.
Con el paso del tiempo el reloj no se detuvo y, esta vez, el milagro no apareció. El tandilense decidió ponerle fin a su trayectoria en diciembre de 2024, en un adiós celebrado en el Parque Roca junto a su amigo de siempre, Novak Djokovic. Tras las lágrimas y un periodo de depresión, poco a poco empezó a reconciliarse con la vida, a saborear lo logrado a lo largo de tantos años, a enfrentar retos detenidos y a explorar actividades nuevas. Una de ellas, vinculada al mundo de los medios, verá su inicio pronto durante el US Open —su torneo predilecto— que se disputa desde este fin de semana. El exnúmero 3 del mundo se incorporó al equipo de ESPN para aportar su visión y comentar los partidos desde la transmisión.
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Es un mediodía luminoso en Martínez, en la zona norte del Gran Buenos Aires. Del Potro acaba de regresar de Brasil; sin embargo, su agenda está cargada de compromisos y no admite pausas. Llega a las instalaciones de la cadena estadounidense para oficializar su nuevo rol. Una botella de agua, lágrimas para un ojo irritado, y la atención puesta en las noticias sobre Lionel Messi, con la expectativa de su próximo viaje a Nueva York… Y, antes de todo, se sienta a conversar con LA NACION, como aquel septiembre de 2022, pero con certezas distintas.
-Hace 22 años, en 2004, debutaste en el US Open como junior, frente a Andy Murray…
(Interrumpe) -Una experiencia dura, je (el británico se impuso 6-0 y 6-1).
-¿Qué sensaciones te quedan de estas fechas, a esta altura?
-Hoy, con un rol distinto y fuera del circuito, continúa siendo especial porque asoman a la memoria todos los momentos vividos. Recuerdo con claridad aquel título de 2009; eso permanece para siempre. Luego vinieron años muy buenos, como el duelo ante Federer en 2017 o el regreso del 2016 tras una pausa prolongada, cuando llegué a cuartos de final, o la final de 2018 ante Djokovic. Si bien 2009 siempre brilla, la suerte me permitió rendir de forma sólida en mi torneo favorito y eso me conectaba con la gente.
-En los últimos años regresaste al US Open para distintas acciones. ¿Cómo gestionas la adrenalina de estar allí sin poder ponerte la vincha, tomar la raqueta y competir?
-Se experimenta una adrenalina diferente. Llegar al recinto, caminar por sus pasillos, sentir que te tratan de otra manera… Es un camino de emociones. Ver a las personas que trabajan ahí desde hace décadas, que te vieron cuando eras junior y que también aplaudieron cuando ganaste, resulta muy especial.
-Hace unos años dijiste que el tenis era tu vida y que no estabas preparado para dejarlo de golpe. ¿Cómo te manejas hoy cuando las luces se apagan y ya no hay un estadio que ruja?
-La transición fue compleja. Jamás quise dejar el tenis, no estaba en mis planes, pero la lesión me llevó a esa decisión; los primeros años fueron duros, extrañaba competir y no podía creer que una limitación física me sacara de la cancha. Ver a colegas lesionarse y volver, y a mí no poder hacerlo… fue difícil de entender.
-¿Te enojaste con la vida?
-Sí, hubo muchos estados: enojo, depresión, tristeza, angustia y resignación. Hasta que, en cierto punto, dije: basta. La despedida con Djokovic fue clave para cerrar ese capítulo y empezar una nueva etapa desde otro lugar. No voy a decir que sea felicidad absoluta, pero voy recuperando terreno y me permito realizar cosas nuevas. Hoy intento disfrutar de cada novedad que aparece y, a veces, lo consigo. Esa sensación de malestar quedó atrás.
-¿Se podría decir que sanaste?
-Sí. La ansiedad, la frustración y la derrota me condujeron a entender qué era lo que realmente debía hacer, y ahora mi vida va por otro cauce. Aprendí a agradecer el tiempo libre para viajar, para experimentar cosas nuevas. Me permito decir “sí” a convertir una invitación de pádel en una experiencia, a pesar de mi limitación física y del dolor en la rodilla. Ya no me prohibo esas cosas; antes me hacían mucho daño.
-¿Volviste a jugar al fútbol?
-No, fútbol no. No puedo patear. El otro día, por ejemplo, jugué al pádel con Carlitos Tevez y el Flaco Schiavi, y luego, al terminar, compartimos un asado. Hasta hace poco nos encontrábamos en ese tipo de situaciones.
-Expansión de tu perfil hacia el mundo de los negocios, como tu incursión en el vino. ¿Qué herramientas del tenis te ayudan en el mundo corporativo?
-Todo se puede trasladar; en los negocios también se trabaja en equipo, se planifica, se mantiene un orden y se cuenta con colegas con visiones distintas. Es algo muy similar a un equipo de tenis, con un coach al frente, un nutricionista, un preparador físico, un psicólogo… y un plan a seguir. En el negocio del vino he aprendido a tener paciencia; la uva exige su tiempo y no lo puedo apurar. Al mirar otros emprendimientos, noto que muchos elementos están conectados con el tenis; por eso, al involucrarme en estos rubros, me piden trasladar lo que viví en el deporte de alto rendimiento.
-Hace tiempo que haces comentarios en redes sociales, especialmente sobre finales de Grand Slams o partidos de Djokovic. Ahora, en ESPN, esa función será más formal.
-La situación se toma con más seriedad. Los comentarios no pueden errarse. Estoy muy contento. Ya había probado algo breve hace un par de años, en el US Open, y me gustó, pero en ese entonces prefería estar dentro de la cancha que fuera de ella, así que pensé: “No estoy preparado para esto”. En la actualidad, ya no me incomoda ver tenis desde la televisión ni asistir a torneos sin jugar; lo disfruto desde este otro costado. Coincido con lo que dijo Federer: no creo que vuelva a jugar. Arriesgar mi físico y mi mente para competir ya no está en mi lista. Ahora se trata de aportar una visión del juego. Al haber jugado tan recientemente y conocer a muchos de los que compiten hoy, quizá pueda ofrecer al aficionado una mirada distinta. Ese será mi objetivo: transmitir lo que observo y, con esa experiencia, ayudar a entender mejor el juego, especialmente para los fanáticos.
-Si pudieras hacerle una advertencia al Juan Martín de 2009, el chico que tenía el mundo a sus pies tras ganar el US Open, ¿qué le dirías sobre el camino que emprendería?
-En mi trayectoria hice aciertos y errores. En los momentos más altos, acostumbraba apoyarme en mi equipo y, a veces, mis asesores divergían en sus ideas o me orientaban hacia caminos que no eran los mejores. En lo técnico y físico tuve un rendimiento sólido: nunca viví un año entero sin confianza. Lamentablemente, tuve lesiones inevitables. El tema es aprender a no depender de un único médico y a considerar otras consultas; esa es una mirada retrospectiva. A veces confiar ciegamente en una sola persona fue un factor que no me benefició.
-Federer acaba de ingresar al Salón de la Fama con un discurso emotivo, destacando su amor por el tenis. ¿Sin ese amor habría sido posible llegar tan lejos y mantener la longevidad?
-Sin duda. Más allá del talento, si no hay entrega y pasión, las oportunidades para logros históricos se reducen. Djokovic, por ejemplo, hoy demuestra un compromiso increíble: a punto de cumplir 40 años, compite largas horas bajo calor, con su familia presente y un equipo detrás, frente a rivales más jóvenes. En este momento atraviesa circunstancias inéditas para su carrera, y aun así persiste gracias al amor al deporte. No piensa resignarse; mientras Djokovic siga disputando torneos, será favorito y habrá que seguirlo. Es el último sobreviviente del llamado Big 3 y, aunque esté en la cancha por poco tiempo, conviene ir a despedirlo y agradecerle. Verlo aún en acción es como observar a Messi en el fútbol: lo importante es disfrutar el momento, más allá de la magnitud del rendimiento individual.
-Forjaste una relación sólida con Djokovic. Él te acompañó en tu despedida y tú haces lo propio en el estreno de su documental. ¿Cómo es su personalidad fuera de cámara?
-Hay rasgos muy visibles: es una persona espontánea y natural, que no actúa según quién es, sino que es así de forma genuina. Esa autenticidad le provoca admiración en unos y distancia en otros. Es, desde siempre, alguien muy generoso: mostró voluntad de apoyar a todos los jugadores del circuito. Contigo fue especialmente generoso al aceptar ser parte de mi despedida a pesar de lo apretado de su agenda familiar. Además, es una compañía divertida; salir a comer o a tomar algo con él es una experiencia muy agradable. Es, en resumen, una personalidad única y entrañable.
-Te postulaste al Salón de la Fama, no ingresaste esta vez, pero quizás sí en una próxima edición. Más allá del reconocimiento, ¿qué te llena más de tu legado deportivo?
-La competencia con Roger hizo que compartiera el proceso de selección en esa misma categoría, ja. Creo que mi legado va más allá de los triunfos: obtenerlos en una era dorada les da mayor valor. Pero también siento que pude inspirar a muchas personas que se rinden ante la primera dificultad, lo que va más allá de un resultado deportivo; me llegan mensajes de quienes, frente a problemas de salud, mal día en el trabajo o estudios que no funcionan, encuentran motivación al ver mi historia. Somos atletas, pero los conflictos son universales. Ese legado, para mí, vale más que un trofeo.
-Vives a una década de una temporada soñada: tras casi retirarte en 2015, lograste la plata olímpica y la Davis en 2016. ¿Qué recuerdos te llegan?
-Desde el corazón, 2016 fue un año increíble. Estuve al borde de abandonar por la lesión en la muñeca y confesé que Río 2016 era mi última opción si no lograba al menos un revés decente, y terminar enfrentando Djokovic en la primera ronda, para luego conquistar la Davis… Es un cúmulo de momentos que, hoy, me parecen una locura hermosa, y cada semana recibo mensajes que me recuerdan ese camino, que coronó con la Davis y ese sueño hecho realidad.
-El análisis de datos domina el tenis actual. ¿Cuánto margen queda para la intuición y la creatividad?
-Esa intuición es lo que separa a buenos de muy buenos. Es como una gambeta en fútbol: hoy se emplea GPS para medir distancias y esfuerzos, pero en el tramo decisivo hay que improvisar, confiar en uno mismo y variar. Es fantástico que la tecnología potencie el rendimiento, pero la improvisación no debe desaparecer. Jugadores como Alcaraz, Sinner o jóvenes como João Fonseca muestran que la innovación puede coexistir con personalidad propia en la cancha.
-¿Qué te genera el español Rafael Jódar entre los nuevos?
-Me parece un chico con un gran potencial físico; mide casi lo mismo que yo y se mueve con fluidez. Si continúa con esa base, podría ser una amenaza seria para los que están arriba; ya está muy cerca de consolidarse como contendiente.
-¿Seguiste la lesión de muñeca de Alcaraz? ¿Intentaste contactar con él?
-Tengo una relación cercana con él. Nos cruzamos en Estados Unidos cuando seguía con la férula y le recomendé paciencia: no la toques. Yo cometí errores similares cuando era top; en su caso, la estrategia de parar puede ser más sensata para no perder el 1 o el 2 del ranking. Tomar la decisión de detenerse durante unos meses fue inteligente.
-¿Habría lugar para ajustes tácticos para adaptarte a la velocidad del tenis actual?
-No veo necesidad de cambios drásticos. No modificaba mi enfoque para enfrentar al Big 3; si tenía un día propio con el drive, lo aprovechaba. Alcaraz aporta variantes; es más completo; Sinner, por su parte, se acerca a Djokovic en ritmo y movilidad. Son estilos distintos que requieren lectura y adaptación.
-¿Qué haría falta en el tenis argentino para forjar un nuevo Del Potro, Nalbandian, Coria o Gaudio?
-No hay gran secreto: se necesita trabajo duro, muchas horas en la cancha y formadores que crean campeones con pasión. Si no hay una persona dedicada a cultivar ese expediente desde las categorías base, es difícil que el jugador se convierta en un referentes. Brasil ha avanzado mucho en ese aspecto, con talentos como Fonseca y una nueva generación que va tomando la delantera.
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Apasionado al fútbol, Del Potro desvía la mirada hacia una pantalla donde aparecen noticias sobre la renuncia de Messi a la selección.
“Solo hay que agradecerle”, comenta Juan Martín, con gratitud.
-La muerte de su padre mostró el esfuerzo que Messi hizo en el Mundial y el vacío que dejó su partida. Tú también viviste la pérdida de tu padre, Daniel, hace años. ¿Qué le dirías?
-Solo hay que decirle “gracias”. Nos dio alegría, esa magia que aún disfrutamos. Fue parte de la historia de Argentina, incluso me hizo compatriota campeón del mundo en Qatar. No viví el 86, pero sí sufrí con él, como fanático y como deportista, entendiendo su dolor. Nunca profundicé mucho, pero sí nos vimos y hablamos en alguna ocasión. Es un orgullo para el país. Lo que hizo en ese último Mundial, enfrentando la salud de su padre y guardando la emoción, lo engrandece todavía más. El encuentro con Inglaterra fue muy especial; hizo justo lo que todos hubiéramos querido.
-Tuvieron ustedes mismas críticas: tú, por no ganar la Davis, Messi por no alzar el Mundial. ¿Qué recuerdas de esas presiones?
-Es parte de la cultura argentina: se exige siempre más, se reclama lo que falta. A Messi le pasó y a mí también. Pero cuando se alcanza un objetivo, la satisfacción y el alivio pesan más que cualquier crítica.
-Con todas tus batallas contra las lesiones y la angustia, ¿cómo redefine el concepto de “ganar” en la vida diaria cuando ya no compites por un trofeo?
-Gano cada día cuando me levanto sin obsesionarme con la rodilla. Gano al salir a la calle y sonreír, sin amargarme cada consulta sobre mi rodilla. A veces es difícil, porque he lidiado con esa ansiedad, pero ahora me tomo la vida con más calma y aprovecho cada oportunidad para disfrutar. Recibo el cariño y el reconocimiento de la gente sin angustias; eso es una victoria. Aprendí a simplificar las cosas y a priorizar la felicidad con lo sencillo. Y así quiero vivir: agradecido por lo que hice, sin dejar que la imposibilidad de volver a competir opaque el día a día. Ya puedo hacer cosas que antes me parecían imposibles y, en la medida de mis límites, intento aprovechar cada experiencia que se presente.