El auge de un equipo, la primavera de 2027 y el sueño de Contepomi con los Pumas

11 agosto, 2026

En su obra denominada “Liderazgo”, Eddie Jones recorre su dilatada trayectoria como técnico de equipos de rugby y describe cómo trazar la ruta hacia la Copa del Mundo. A su juicio, el desarrollo de un equipo entre ciclos mundialistas no avanza por una línea recta; es más bien una ruta llena de subidas y bajadas, con momentos altos, mesetas y caídas que impulsan el crecimiento. El año anterior al Mundial no debería representar el ápice. Si nos preguntamos por experiencias similares, basta con consultar a Andy Farrell sobre Irlanda o a Rassie Erasmus, si conseguimos sorprenderlo antes de regresar a su país.

Conservo la memoria de los Springboks en 2018, cuando disputaron 14 encuentros y encajaron seis derrotas, entre ellas dos ante Gales, dos frente a Inglaterra, una ante los All Blacks y otra ante los Pumas. Aquella caída sufrida en Mendoza marcó el segundo compromiso de la era Ledesma y representa hasta la fecha el descalabro más rotundo frente a los argentinos.

Doce meses después, los sudafricanos levantaron el título mundial al doblegar con autoridad al conjunto inglés dirigido por el propio autor de Leadership. El punto álgido llegó en el instante exacto para los Boks aquel día en Tokio; ni un año ni siquiera un mes antes.

No sé si Felipe Contepomi leyó la obra de Jones. Quizá no haga falta. Debe entender plenamente que el pico que persigue puede no ajustarse a las expectativas de un espectador promedio que un sábado por la tarde acude a Liniers para ver a los Pumas, recientemente concluyendo una ventana de julio algo irregular. Existen indicios, a partir de sus declaraciones la semana pasada sobre la sanción a Albornoz y lo relativo al choque con Inglaterra en Santiago del Estero, de que está convencido de que el tope del equipo todavía está por venir. “Hay muchas áreas en las que podemos mejorar” afirmó refiriéndose a aquel encuentro y al porvenir del conjunto a catorce meses de la Copa del Mundo.

En el choque frente a Sudáfrica, mostraron superioridad en varias de esas facetas a las que alude el entrenador. La estructuración del juego, intentando conservar el cero en el marcador desde el primer penal, es un indicio claro. También destaca la habilidad para mantener la concentración durante la mayor parte de los 80 minutos. Enfrentar a Sudáfrica, más allá de que en este momento Inglaterra parezca un oponente más complejo para los Pumas, representa el desafío supremo del rugby moderno.

Los campeones del mundo parecen haber reconfigurado el concepto de presión. En el rugby, para alcanzar la cima no basta con ejercerla de forma intermitente; debe ser una carga constante.

La geometría del encuentro muestra que Sudáfrica lanzó un ataque mucho más intenso. Aun así, dentro de las ocho incursiones de los Pumas en la zona de 22 metros, solo pudieron conseguir dos anotaciones (dos ensayos). El penal convertido por Sacha Feinberg apareció cerca de la zona de oro. Aunque la balanza les dio más tiempo de posesión, los sudafricanos nunca lograron desordenar a los argentinos, ni por medio de las individualidades de los backs, ni por las avanzadas de los forwards, ni por las variadas formas de juego con el pie. Solo Estherhuizen consiguió cumplir su tarea de agrupar marcas en el primer ensayo. En defensa, por consiguiente, los Pumas dieron un paso adelante: estuvieron disciplinados, contundentes y nunca perdieron el orden.

En lo que respecta al choque físico, es decir, evitar entrar al plano de contacto directo en el que ellos destacan con mucha diferencia. Lo lograron buscando repartir pases sobre las marcas, lo que derivó en el try de Grondona. Eso fue decayendo a medida que los Pumas tuvieron menos posesión. Pero, en un escenario en el que la presión la impone el rival, resulta complicado decidir la manera de jugar.

De las tres entradas a esa zona dorada, donde el juego cambia y la lógica del juego indica volver a sumar puntos, Los Pumas lograron anotar en una ocasión (el penal que abrió el marcador fue desde unos 30 metros). La tercera oportunidad podría haber culminado en el ensayo de Moroni y haber empatado el encuentro si se lograba la conversión.

Esos picos a los que alude Eddie Jones se reducen, en última instancia, a dos métricas: la eficacia ofensiva y la capacidad de impedir que el rival anote, o mejor aún, que no llegue a esa zona final. Por supuesto, para que estos números se cumplan existen otros indicadores intermedios, como la posesión obtenida (no estuvo mal ante Sudáfrica), la frecuencia con la que se gana el contacto, las infracciones y los errores no forzados.

Cada partido internacional es una narración extensa. No se reduce a 80 minutos en el estadio; es todo lo vivido previamente para llegar a ese instante y todo lo que ese encuentro deja, como una huella en un sendero de tierra. Cada hito y cada tropiezo pesan e influyen en lo que vendrá. Ninguno de ellos es definitivo. Una caída anterior puede abrir el camino a una victoria futura. Me atrevo a sostener que las victorias traen detrás una historia de caída y frustraciones. Porque finalmente, un equipo va forjando su mentalidad de forma continua. Creer que ya está establecido es absurdo. Rassie Erasmus ha estado construyéndolo durante más de ocho años, por citar un ejemplo. Felipe Contepomi lo comprende. Y dispone de seis encuentros en esta temporada para que la historia que cuenta en su cabeza pueda verse por todo el rugby argentino en la primavera de 2027.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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