Alejandro Toto Cerúndolo tiene 66 años. Su niñez transcurrió entre Villa Pueyrredón y Devoto. Como tenista profesional llegó a situarse entre las 310 mejores del mundo a comienzos de los años ochenta. Tras colgar la raqueta como atleta, trasladó su afición al ámbito de la enseñanza y la formación. Fue mentor de Mercedes Paz, José Acasuso, los hermanos Squillari, Pablo Albano y Gabriel Markus, entre otros. También lideró al equipo nacional de la ahora extinta Fed Cup en cuatro series (1988/1989). Viajó por todo el planeta y conoció lugares como Australia y Japón.
Sin embargo, en varios de esos traslados en avión, la pasó “muy mal”. En distintos vuelos, especialmente en los desplazamientos como visitante por la ex Fed Cup, las turbulencias le provocaban miedo y lo hacían pensar lo peor. “Me tocaban vuelos con sacudidas tan intensas que se caían las máscaras de oxígeno, durante los cuales la gente rezaba, lloraba, gritaba que no quería morir… Vuelos de terror, realmente”, confesó Cerúndolo (padre) a LA NACION.
Más allá de las malas experiencias como entrenador, el miedo a los vuelos se gestó mucho antes: cuando tenía doce años, en 1972, con la tragedia de los Andes, cuando un avión que transportaba a jugadores de un equipo de rugby uruguayo se estrelló en la Cordillera. “Ese episodio me impactó de manera profunda. A lo largo de mi vida he soportado estrés por muchas cosas, pero nada me dio tanto temor como volar; nada”, reconoció Toto.
Ese pánico a volar se mantuvo y hizo que Toto nunca pudiera presenciar en persona, en torneos en el exterior, a sus hijos tenistas (Francisco y Juan Manuel) ni a su hija jugadora de hockey (María Constanza). Hasta este domingo…
El Toto y su esposa, María Luz Rodríguez, emprendieron un viaje hacia Europa desde Buenos Aires este sábado por la noche. Hacía 36 años que Cerúndolo (p.) no emprendía un viaje en avión de tantas horas. Llegaron apurados a la capital británica y tomaron asiento en una de las gradas del prestigioso Queen’s Club, en West Kensington, Londres, cuando Francisco iba 3-2 arriba en el tercer set, ante Tommy Paul, en la final que terminó ganando por 6-7 (4-7), 6-4 y 6-3, tras tres horas de juego. El mejor regalo del Día del Padre, imposible.
Cerúndolo (padre) había probado de todo para intentar romper ese obstáculo que lo ataba. Realizó cursos para superar el miedo a volar, conversó con psicólogos (su esposa, de hecho, lo es). Hace un tiempo dio un paso importante al viajar a San Pablo, para una clínica de tenis. Desde hacía tiempo les había prometido a sus hijos que se atrevería a hacerlo a mayor escala. Estuvo cerca de lograrlo semanas atrás, en Roland Garros, pero le faltó coraje. “Los chicos ya no me creían, porque les decía que viajaría y luego no me atrevía”, relató.
Apasionado por la historia del tenis británico, Cerúndolo (p.) tuvo un nuevo acercamiento a este mundo esta semana. Los triunfos de Francisco en el histórico The Queen’s Club, un recinto que nunca había visitado, le fueron animando. Hasta que María Luz decidió actuar, y sin consultarlo, compró los pasajes. Le comunicaron a Francisco que finalmente viajarían, pero hasta verlo no lo llegaron a creer. El Toto se despidió de sus alumnos de la academia diciéndoles que este lunes no los vería… “Salvo que llegara a la puerta del avión y me arrepintiera”, comentó, ahora sonriendo, a LA NACION desde Londres, con una inmensa felicidad.
El viaje a Londres no fue directo, sino que hizo escala en Fráncfort. “Comencé con miedo. Pobre María Luz, que estaba a mi lado. Tomé clonazepam como si fueran caramelos, jaja. Aterrizamos a las 10:30 en Alemania, yo estaba mareado y somnoliento, sin entender nada por tanta medicación. Corrimos para tomar la conexión, pero ese tramo no tenía wifi, lo que complicaba seguir el resultado de Fran”, relató Cerúndolo (p.). ¿Y cómo siguió la historia? Al llegar a Londres, un coche del torneo los esperaba para llevarlos directamente al club. Desde el automóvil vieron cómo continuaba el partido. “Le decía al conductor que acelerara todo lo posible. Mientras tanto, yo iba sufriendo por Fran”, comentó.
María Luz y el Toto pisaron el court central de Queen’s, apodado Andy Murray, cuando su primer hijo ya dominaba 3-2 en el tercer set. Se ubicaron a unas diez posiciones por encima de Nicolás Massú, el nuevo entrenador de Fran, y de Mariano Gaute, el preparador físico. Ellos sabían que los padres de Francisco estaban en camino. “En un cambio de lado bajé, les di un abrazo a ambos”, afirmó el Toto. Y añadió, emocionado, hablando con este medio: “No pude evitar lanzar un par de gritos de ánimo, tipo ‘vamos Fran’, aunque María Luz rehusaba, porque Fran podría escucharnos y emocionarse o distraerse. Y el desenlace fue de película. Valió la pena tanta carrera y atreverse a volar. Mientras converso contigo, camino por los pasillos de este club y veo las fotos de los campeones. McEnroe, Becker, Lendl, Edberg, Nadal… Es increíble”.
Unos minutos antes, Francisco, primer campeón argentino en Queen’s, describió su emoción ante semejante historia. “Se conectaron los planetas.” Mi papá llevaba un año intentando superar ese miedo, esa fobia. Le decíamos que hasta que no se subiera a un avión no creeríamos nada, porque desde que nací nunca viajamos en familia fuera de Argentina. Todos los viajes fueron en auto. A esquiar a San Martín de los Andes, a Punta del Este o a la costa argentina, siempre en coche. Y desde que empezamos a competir y nos fue mejor, siempre llevábamos a un familiar: a mi madre, a mi hermana, a mis tíos o primos, pero mi papá nunca había ido. Él es fanático de la gira sobre césped y aseguró que intentaría hacerlo. Y este sábado supe que viajarían, partiendo desde Buenos Aires por la tarde, para llegar a Londres alrededor de las dos y media; mi partido empezaba una hora antes y sabía que, si el encuentro se alargaba, podría ver el final. Mi madre quería que mi padre conociera Queen’s. Y llegaron. No supe exactamente en qué momento ingresaron. Pero cuando celebré y me retiré a mi rincón con mi equipo y los vi allí, me sentí muy feliz de que hubieran podido estar y de que mi papá hubiera superado su miedo a volar”.