Una relación áspera forjada bajo el calor de los cruces repetidos en instancias decisivas. Una rivalidad contemporánea, propia de este siglo. Surgida junto al formato de torneos que impuso una etapa clasificatoria y un playoff. Con el paso del tiempo, fue sembrando hábitos entre los simpatizantes, intensificando un folclore de tribunas —bien entendido y cercano— y avivando la pasión, también. Así, la llegada a la postemporada pasó a ser un objetivo, y acompañar al equipo, una “obligación”. Por el sentido de pertenencia, para convertir cada encuentro en una celebración única, como estos partidos decisivos, de semifinales, de cuartos de final —cuando correspondían— o la misma final.
Del roce de tantos duelos decisivos se nutrió la rivalidad y, como consecuencia, el choque se transformó en un clásico moderno. Un clásico contundente, como el CASI frente al SIC, el de Alumni y Belgrano, o el de Champagnat y Newman (mencionados en estricto orden alfabético). De características similares, pero a la vez distintas de aquellos. No nace de una escisión ni crece al ritmo de una historia escolar. Surgió por elección. Se eligieron mutuamente tras tantas contiendas protagonizadas. Y es un clásico candente en las tribunas, tenso en la cancha. Con cantos que se inclinan más hacia la pasión del fútbol que al clima fraternal del rugby. Así ha sido casi siempre. Acusaciones y dedicatorias, sí, faltas de respeto y groserías, lamentablemente, también, pero en contadas y específicas ocasiones. En este último sábado de octubre, soleado y templado, se vivió un capítulo más de la animosidad “Cebra-Elefante”. Y con un premio especial para el vencedor: alcanzar la definición del certamen y dejar al enemigo íntimo fuera de juego.
Después de un partido sin vuelo, pero nervioso y sin resolución hasta dos minutos después de cumplido el tiempo reglamentario, festejó Hindú. Una emoción profunda envolvió la celebración del equipo de Don Torcuato. Franco Diviesti, uno de los pilares del triunfo, tenía los ojos humedecidos. Se pasó la mano, dejó que la emoción lo invadiera y le confesó a LA NACION: “Lo que se vivió aquí fue una locura… No lo puedo explicar… Tenemos un club… Se notó al final, cuando hubo que resistir la arremetida del CASI. ¿Hubiéramos arrojado la chapa a la cancha? No. Nosotros disputamos todos los partidos del año con la misma entrega, minuto a minuto. Vinimos a disfrutar”. Carlos Repetto, otro gladiador del finalista, con voz temblorosa, añadió: “Fue muy duro… Aguantamos al final… Y… Perdón… No puedo más”. Respiró hondo, reunió fuerzas, esbozó una sonrisa y enmarcó la idea: “No hay secretos. Es trabajar y trabajar. Entregarlo todo por el club, que es nuestra casa”.
Detrás, un festival de bañeras y paraguas azules y amarillos invitaba a los jugadores que quedaban dispersos por la cancha, saludando a familiares y amigos. Poco a poco se fueron sumando a la celebración y, contagiados por la fervorosa emoción, entonaban: “A volveeer… A volveeer… Al barrio de San Isidro vamo’ a volver”. La referencia apunta a la llamativa ausencia desde 2023 en los playoffs. El Elefante, herido en su orgullo, prometió durante la temporada volver al barrio de la alegría, a la definición del título, y Hindú cumplió la promesa. Regresó, ganó y el próximo sábado buscará un nuevo título ante Newman, el mejor equipo del año.
En la otra punta de la cancha, la más cercana al ingoal que da a la pileta, se sentía la desazón con más intensidad. Tanto esfuerzo, tanta lucha y dedicación para terminar a merced de la última jugada. Felipe Hileman lloraba desconsoladamente sobre el hombro de un familiar; Juan Bautista Torres Obeid tenía los ojos enrojecidos y vidriosos. A Jerónimo Solveyra le dolía más el alma que el hombro izquierdo, donde recibió un golpe al inicio del segundo tiempo que lo obligó a abandonar la cancha. Entre tanta tristeza y frustración, Luis Briatore, el capitán del equipo, se ofreció generosamente y reflexionó: “Es una pena, claro. Pero… ¡Qué te puedo decir! Hay que levantarse y seguir intentando”. No hay palabras para levantarle el ánimo al octavo. Ni elogios suficientes para dibujarle una sonrisa en el rostro marcado por la pesadumbre y la frustración. Sin embargo, la campaña del equipo fue muy buena. No lo entenderá ahora, lo entenderá cuando baje la amargura. “Sí… Cuando pasen las horas se valorará. No es fácil llegar hasta aquí. Y estar en esta instancia es muy bueno para el club. Es una fiesta muy bonita”, reconoció.
El triunfo de Hindú ante CASI
De fondo seguían sonando los cánticos de la alegría de Hindú. Iba a regresar al barrio de San Isidro y regresó. Ganó, aguantando, sufriendo… Pero ganó… Ganó una nueva edición del clásico moderno. Caliente en las tribunas y tenso dentro de la cancha. El de los enemigos íntimos.