Messi, la leyenda del hombre imposible: la noche en que el fútbol le dio su gratitud eterna

11 octubre, 2026

No existe homenaje capaz de igualar la magnitud del futbolista más extraordinario de la historia. No hay encuentro, canción, escrito ni gol, ni siquiera uno de sus propios logros, que pueda simbolizar la auténtica dimensión que este hombre dejó en la historia de este deporte. “Jugar para la selección argentina es lo más hermoso que puede sucederme”, afirma, en el centro del estadio Monumental, un conmovido Lionel Andrés Messi, cuando empiezan a correr los primeros minutos de la era posterior a Messi. Se equivoca el tiempo verbal, porque donde dice “es” habría que leer “fue”. Aunque, en verdad, no falla ni en una coma: nadie puede dudar de que su presencia está destinada a permanecer a lo largo de todas las vidas que vengan. Messi le tocó la puerta a la eternidad, y la eternidad le respondió que sí, que pasara sin prisas y se sentara donde quisiera. Puede quedarse en paz, aunque le tiemble la voz al buscar las palabras, mientras el silencio de todos lo arropa. Se lanza a un monólogo que probablemente no ensayó, pero poco importa. Repite “gracias” varias veces, justamente él. Es la escena final de una trayectoria incomparable, llena de piedras con las que tropezó antes de levantarse siempre. Hasta que las cosas, en los años finales, se alinearon con lo que alguien podría llamar justicia. Vinieron los títulos con la camiseta que ama, y entonces el reconocimiento unánime se convirtió en devoción en cualquier rincón del planeta. Nadie como Argentina para él: “Los quiero, los voy a extrañar”, ensaya como últimas palabras, antes de entregarse de nuevo a la gratitud en una vuelta olímpica que dará únicamente caminando, sonriendo, devolviendo aplausos.

Es el punto final de una función de contrastes marcados. A nadie le importaba mucho el partido que la selección argentina terminó ganando por 3-0 a Benín, es verdad. Pero lo desconocido del rival escogido, ajeno a la estatura de Messi, fue tan claro como los insultos a repetición contra Claudio Tapia, surgidos con fuerza desde distintos sectores del estadio a lo largo de la noche. Quién sabe si, tal vez por eso mismo, el propio Messi no lo mencionó en su discurso de agradecimiento, como si hubiese preferido evitar un momento incómodo también para él. Lo desangelado del homenaje, que incluso incluyó la desaprobación del público a la marca creada con drones de un patrocinador en el cielo, dejó muy claro los miles de kilómetros de distancia entre este futbolista irrepetible y los que ahora deben trabajar desde la cima de la AFA para cuidar, sostener y reforzar su legado. Porque la huella de Messi se hará más honda cada vez que la pelota ruede y el escudo sea defendido por quienes, a partir de ahora, son sus excompañeros. Allí queda escrito un mensaje que funciona como advertencia.

La noche eterna

Con un trote suave, él inicia sus primeros movimientos ante la mirada de más de 85 mil espectadores que acudieron a presenciarlo, mientras despliega esa mirada de 360 grados que siempre utilizó para moverse en el campo. Tantas veces le sirvió para hacer un pase imposible; hoy la emplea para escrutar las gradas poco a poco. “Eres el centro del cosmos // mi universo paralelo // me obligo a no gritarte // que te quiero, que te quiero”, canta una melodía que se mete en el cuerpo de la gente. Cantan porque, si algo acudió a estas miles de personas, es para decirle que lo aprecian. “Te quiero, Leo” debería colocarse tan alto como el GRACIAS gigante, la palabra que se reparte de boca en boca, de teléfono en teléfono, de jóvenes a adultos.

Mañana será el primer día del resto de su vida. Y para millones que siguen a la selección argentina en Rosario y también en Porto-Novo, la capital de Benín, este será el inicio de una despedida en común. Parece que Brasil y Alemania ya tenían la fecha cubierta. Alguien escribe en X: “Vengo pensando que abrieron la lista de federaciones y empiezan a llamar por orden alfabético. Les dijeron que no desde Armenia, Albania, Arabia, Bahrein y Barbados. El próximo llamado era Burundi”. Increíble, aunque en esta AFA no hay sueños imposibles… En la escena típica del calentamiento, Messi le propina un tiro libre a Santiago Beltrán, quien nació el 4 de octubre de 2004. Tres meses antes, en una historia digna de documental, Messi se había puesto por primera vez la camiseta de Argentina en un amistoso ante Paraguay, una noche fría que se convierte en un capítulo central de la saga emocional que ha ido construyéndose a lo largo de estos 22 años de trayectoria. Él tenía 17 años recién cumplidos y unas ganas inmensas de que su selección lo descubriera. Ahora tiene 39 y unas ganas locas de marcar un gol más. Uno más, como si hiciera falta. Ochenta personas sostienen una bandera en forma de camiseta con el número 10 y la leyenda “Gracias” en el sitio donde debería leerse Messi. Una palabra que se multiplica en el estadio, en la ciudad, en el país, en el mundo. Sus tres hijos -Thiago, Mateo, Ciro- lo acompañan en el himno. Él mastica, traga saliva, quiere evitar quebrarse ya, tan pronto. Sucede la victoria, por ahora. Se abraza con Tagliafico después del sorteo y, entre otros, también con varios compañeros. Salvo Dibu, que queda un poco más lejos.

Toca la primera pelota a los 39 segundos, en un pase de Mac Allister. A los 8 minutos prueba su primer remate, que desvía Marcel Dandjinou, el árbitro que ya había dejado claro que él no sería el blanco de la crítica. En el minuto 10, el árbitro chileno Fernando Vejar detiene el encuentro, lo que demuestra la cordialidad de todo el encuentro, y cada jugador de Benín saluda al 10, mientras el homenajeado recibe aplausos de sus compañeros. Hay más fuegos artificiales. Él parece algo incómodo con la situación, como si quisiera jugar y ya. Si así fue siempre. “Vamo’ a jugá’”, decía alguna vez en un discurso, y esa frase se convirtió en uniforme, en hashtag, en mandato. A jugar, que se acaba el mundo. Como un niño o una niña que entienden que jugar es algo muy serio y deben tomárselo así. Messi ha dedicado toda su vida a jugar; jugar lo define. Lo confirman las estadísticas, aunque no hace falta leerlas: Messi es feliz dentro del campo y con esa continuidad de su cuerpo en sus pies que algunos llaman pelota. En la primera mitad se mueve poco, y nunca sale del radar de Mohamed Tijani, un joven robusto de 29 años que se gana la vida jugando en un equipo semiprofesional de Suiza. Él también dirá miles de veces, a partir de ahora y hasta el fin de sus días, que estuvo aquí esta noche. Y que lo tocó. Y que es real.

Pero lo más destacable, antes del homenaje y de las lágrimas finales, llegaría en la segunda parte. Porque Otamendi le devuelve el centro del gol con un abrazo que eleva a Messi por encima de todos los cuerpos reunidos en la forma de un solo argentino. Y poco después vendría la secuencia que el futuro ya tenía preparada: Messi le entrega un pase sencillo a Nico Paz, el joven da la vuelta, se dispone en su pierna izquierda y ejecuta un remate curvado, precioso, que se introduce por el costado de la red defendida con entusiasmo por Dandjinou. Es un guiño a la sucesión, el valor del legado, la idea de que la vida continúa, todo junto en una acción que dura apenas tres segundos. Un momento hermoso, porque no importa tanto si finalmente Paz -nacido en España, allí donde Messi terminó de forjar su aura- hereda la camiseta 10. Lo que cuenta es la certeza de que esta nación seguirá germinando talentos. Si el nuevo Messi ya nació lo sabremos algún día, pero sin duda existirá si él tuvo algo que ver. Porque Messi contagia el deseo de ser como él; lo dicen mejor quienes recorren el país buscando semillas y cuentan que no hay brote que no quiera reflejarse en la figura ejemplar de este 10. Así que Paz, o como se llame, debería estar tranquilo.

Y ese pase generacional fue, al final, la foto previa a la escena que aquí, allá y más allá también todos esperaban: el gol del capitán. Llegó desde el punto penal: un disparo alto, preciso y cruzado que, según escribirán los libros de historia, se convirtió en su undécimo y veintiséisavo tanto con la selección. A la que siempre pertenecerá, aunque algunos digan por ahí que se retiró. Queda la leyenda de un futbolista incomparable. el mejor de todos los tiempos.

Lo mejor de la noche

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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