¿Cómo se despide a una leyenda? ¿Cómo planear un homenaje cuando todo parece quedarse corto: el estadio, el rival, el video, la ovación, la placa conmemorativa, la vuelta, incluso el propio encuentro? ¿Cómo condensar en una sola noche una historia que supera las dos décadas? ¿Qué hacer cuando todo parece insuficiente?
Por primera ocasión, Lionel Messi no halló una respuesta.
Setenta y nueve días después de dirigir a Argentina hacia su tercera final del mundo, de convertir ocho goles y de escribir otra página dorada en su historia con la selección, el futbolista que más títulos ganó, más partidos disputó y más goles convirtió con la camiseta argentina afrontó, quizá, su encuentro más difícil: el último. El de clausurar una historia que nació cuando todavía era un adolescente y que lo tendrá para siempre entre las grandes leyendas del deporte.
El Monumental se preparó para una noche distinta. Porque Messi se despedía tras jugar su mejor Mundial, aún entre los mejores del mundo, decisivo en su equipo y hasta candidato al Balón de Oro. No hizo falta rememorar al jugador que había sido: estaba ahí, todavía vigente, todavía capaz de provocar lo mismo de siempre cada vez que tocaba la pelota.
Como pocas veces, dos horas antes del encuentro la cancha ya mostraba cerca del 80% de su capacidad. La celebración había empezado mucho antes: a las 17.30, con presentaciones de cumbia y cuarteto, y con miles de aficionados que llegaron con varias horas de anticipación porque nadie quería perderse ni un segundo, ni un detalle, ni un recuerdo. Y porque, en el fondo, todos deseaban alargar un poco más la noche.
En esta misma cancha jugó su primer partido como local con la Mayor, allá por octubre de 2005, en un triunfo 2-0 ante Perú; en este mismo estadio marcó 19 goles y recibió algunas de las ovaciones más grandes de su historia con la selección, incluida la última. También acá iba a cerrar su historia con la camiseta argentina. Para la biología, un futbolista de 39 años ya no debería competir en el más alto nivel. Messi consiguió algo mucho más difícil: que, incluso después de dos décadas, su última función llegara demasiado pronto.
Con Messi otra vez como centro de todo, en la cancha se respiró un clima de Mundial: tribunas atestadas, banderas de palo, otras con frases y nombres de barrios, los cantitos conocidos y también esas pequeñas costumbres que acompañaron al equipo durante los últimos años. El capitán bajó del micro en el mismo orden que durante la Copa; Rodrigo de Paul y Leandro Paredes repitieron su ritual con los caramelos; y Dibu Martínez recibió el primer gran reconocimiento de la noche al salir al calentamiento.
Por las refacciones en el Monumental no hubo cartel electrónico y los hinchas tampoco pudieron verlo llegar. No hubo una primera imagen que acortara la espera. Toda la ansiedad, toda la emoción de verlo una vez más y la tristeza de saber que era la última quedaron resumidas en unos pocos segundos: cuando Messi asomó por el túnel y pisó otra vez la cancha, acompañado de sus hijos, los de sus compañeros y con los ojos brillosos.
Los fuegos artificiales, una camiseta gigante desplegada sobre el césped, el himno a cargo del veterano de Malvinas Fabio Santana y los aplausos al minuto 10 terminaron de convertir la escena en un momento inolvidable. Un instante mágico, irrepetible. Eterno.