Pumas, ¿podrán conquistar el título mundial? La vigencia de la dualidad entre Dr. Jekyll y Mr. Hyde

26 julio, 2026

Hace poco menos de un año, los Pumas parecían haber alcanzado la corona mundial del rugby. Numerosas voces del panorama ovalado, repartidas por distintos rincones, se atrevieron a sostener esa idea. El triunfo frente a los Lions aportó un argumento sólido, y la victoria en Vélez ante los All Blacks también dejó huella. Pero fue definitiva la remontada histórica en Murrayfield contra Escocia para cerrar el 2025, un año de transición entre mundiales, que reforzó la primera intuición.

¿Están los Pumas para ser campeones del mundo? ¿O se trata simplemente de un título enorme que funciona como motor colectivo, no solo para el conjunto de este ciclo mundialista, sino para toda la nación rugbier, como una convicción a la que aferrarse para seguir creciendo?

Si analizamos los resultados de julio de 2026 –la mirada más superficial para evaluar el juego y su potencial– probablemente no. Los Pumas cayeron de forma contundente frente a Escocia e Inglaterra, mostrando debilidades en la obtención de la posesión, aunque conservando el poderío ofensivo que han mostrado en estos años dentro de un estilo de juego a veces desordenado. La única victoria, ante Gales por 35 a 24, en la que lograron el punto bonus y dejaron ver destellos de buen juego –cinco tries, cuatro de ellos en la primera mitad–, también marcó una alerta por momentos de desconexión.

Si profundizamos un poco más en el análisis y hacemos un zoom, en los tres encuentros los números resultaron desfavorables, quizás demasiado para el rugby de alto nivel internacional. Eso sí, frente a Inglaterra, por ejemplo, alcanzaron un punto bonus defensivo y estuvieron a una decisión de empatarlo –tan prolongada y compleja como una saga épica de fantasía– de lograrlo.

Ciencia y creencia

Entrenar a un equipo deportivo guarda una gran afinidad con razonar como un detective. Hay un enigma por resolver: ¿cómo hago que este equipo eleve su rendimiento? Es, a la vez, un misterio en el que uno se lanza con la fe de quien cree sin certezas: no hay garantías de triunfo. En el deporte coexisten la fe y la ciencia a la vez.

El entrenador confía en las “deidades” del rugby. ¿Quién no lo haría? Un deporte es, ante todo, un acto de fe, un ritual que recuerda a una danza ancestral más que a un plan puramente racional. Si fuera solo racionalidad, dudo que treinta individuos se pusieran shorts y camisetas ajustadas, con botas que parecen ganchos de escalada, para golpearse y buscar llevar la pelota a un terreno rectangular.

En este marco, la ciencia se suma como un factor adicional que dota de sentido a todo. No es una compartimentación: los datos ayudan al entrenador a convertir ese ritual en una historia que siga atrapando al público.

Por ello, en 2026, un entrenador se apoya principalmente en la ciencia de los datos. Sin esa información, es imposible contemplar un progreso claro de un equipo.

Es preciso plantear una hipótesis sobre cómo quiere jugar ese equipo y hacia dónde quiere llevarlo en el futuro. A partir de ahí se diseña el camino para llegar a ese objetivo, evaluando fortalezas y áreas a mejorar.

Resulta complicado ponerse en la piel de Felipe Contepomi y su equipo al decir esto. Aún más si se tiene presente que los Pumas parecen dividirse en dos mitades, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde –la dualidad clásica de la novela de Robert Louis Stevenson que alterna entre terror y ciencia ficción–. En esa dicotomía, el protagonista, el Steele Dr. Jekyll, bebe un elixir que lo transforma en el implacable Mr. Hyde; la segunda versión suele imponer su dominio.

Hay momentos en que los Pumas permiten puntos, no asumen el protagonismo, pierden duelos en el contacto y no encuentran la vía para sumar. En otros lapsos, los que más entusiasman, se convierten en una máquina de rugby capaz de desplegar un juego deslumbrante. Los ejemplos de la segunda situación abundan: la maniobra final frente a Inglaterra con una dinámica de costa a costa que presiona y empuja al rival para intentar el empate; el try de Santiago Cordero tras una ofensiva desde su propio campo frente a los Lions; o la conquista de Justo Piccardo en la epopeya de Murrayfield.

Como en la novela de Stevenson, un equipo permanece en constante puja entre dos extremos. La versión respetable y la versión temida.

¿Cuáles son los verdaderos Pumas? Ese es el primer enigma para Contepomi y para los aficionados argentinos.

¿Qué los frena para expresar ese potencial evidente? Ese es el segundo.

Ambos constituyen el combustible y, a la vez, el objetivo que intenta desvelar Felipe Contepomi y su staff.

Los datos sobre fases ganadas, rachas de posesión, errores no forzados y la eficacia para marcar puntos son, entre otros, los más relevantes para acrecentar ese potencial y transformarlo en resultados positivos en los test matches.

Un poco más de Dr. Jekill

Parece que hoy el deporte se juega, con mucha más intensidad, en el terreno del drama que en otros momentos. Se entiende: sin drama, la contienda carece de entretenimiento. Pero existe un drama alimentado por las redes sociales que es más poderoso, dañino y, a mi juicio, poco interesante, que empuja todo hacia la esfera de la emocionalidad desmedida.

Internet dio voz a todos, lo cual no es intrínsecamente malo. Lo que quizá no consideramos al permitir tantas voces fue la tendencia humana a enfocarse en el escándalo. Los humanos somos, entre otras cosas, curiosos por naturaleza. El chisme y el drama, hoy, parecen comandar la atención: son motores que dirigen desde los algoritmos. “¡Escándalo!”, replica un video de YouTube que busca visualizaciones, hasta convertir en tema de rugby una simple emoción; “Papelón”, comenta otro creador de contenido en busca de popularidad en su canal con miles de visitas. Los ataques a jugadores se vuelven más personales.

El escrutinio fuera de la cancha y en el mundo virtual es otro factor con el que los equipos deben lidiar.

Un sector de ingleses critica duramente a los deportistas argentinos en estos días. Puede haber algo de verdad en sus señalamientos sobre el trato a Gardner y las quejas al cierre del partido. Pero lo hacen, paradójicamente, desde una postura moralista destinada a encender las emociones de quien observa. Cruzar ese límite es peligroso. Analizar con fanatismo el juego resulta un oxímoron: exigir pensamiento independiente mientras se dicta lo que otro debe pensar es subestimarlo.

Batman, Robin y la Liga de la Justicia ya no están en las pantallas: están presentes en las redes, denunciando a los “villanos de la película”.

Son épocas de emocionalidad exacerbada. Cuando esa tendencia se impone, la imaginación y la reflexión serena quedan en segundo plano. Un equipo tiene la obligación de no entrar en ese lodazal.

En el terreno, la emocionalidad representa un reto. Es un deporte de contacto constante, donde las decisiones se ven influenciadas por múltiples variables que a su vez afectan la técnica individual y el éxito o fracaso de una táctica; por ello, gestionar las decisiones es una tarea sumamente compleja.

Aquel try de Piccardo en Murrayfield

En ese marco, en esta temporada los Pumas muestran en ciertos pasajes una impaciencia y una reactividad notables. Las acciones posteriores a los primeros ensayos de Inglaterra son apenas una señal de ello. Detrás de esas secuencias hay una explicación –y no lo digo como una conspiración más–. Lo que subyace, o se sitúa por debajo, está ligado a la atención a cada momento.

La capacidad de concentrarse en lo que ocurre mientras sucede es lo que distingue al campeón mundial de los nueve equipos que lo rodean en la clasificación.

Todos los conjuntos de rugby, de algún modo, albergan un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde. Lo clave es que los mejores logran controlar más sus impulsos. Y el deporte, principalmente, es un juego mental en el que la misión constante es descentrar al rival. De hecho, podría afirmarse que jugar bien es saber transitar la frustración sin permitir que tome las decisiones por uno. No es tarea sencilla.

Al escribirlo, me pregunto cuál será este nuevo enigma en la mente del entrenador de los Pumas: ¿cómo aumentar la tolerancia a la frustración para ser verdaderos candidatos a alzarse con el Mundial de Australia?

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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