River Plate: de la soberbia al derrotismo, surge una receta llamativa para volver a intentarlo

30 agosto, 2026

¡Esto es River! Al abandonar el césped, la historia se detiene en una nueva parada antes de sentarse a cenar con los compañeros de tribuna. En el Monumental y en cualquier estadio, el subgénero de reacciones dentro del periodismo deportivo dispone de más de un micrófono frente a la cámara para volcar sensaciones. Se sabe que la opinión se democratizó en los últimos tiempos. Que ya es más fácil saber qué quiere la gente, qué opina, a quién desea afuera. ¡Esto es River!, se escucha tras una nueva decepción como mensaje recordatorio de la historia del club. ¿Esto es River?

Todo lo que podría salir mal parece replicarse con mayor crudeza. Cuando una definición por penales tiene a su arquero como figura por haber atajado tres disparos, es él mismo quien falla el remate decisivo. Que no participe de la Libertadores por primera vez en doce años parecía ya un síntoma, pero la eliminación temprana en la Sudamericana es una muestra aún más desproporcionada de la insólita espiral de derrotas. Este plantel actual tiene valores para aspirar a ganar la Libertadores en 2027. Hoy, ni siquiera se sabe si llegará a competir en la próxima Sudamericana. La proyección indica que cuanto más tiempo tome este equipo para crecer, mayor será la exigencia de su jerarquía. Y por ahora lo único claro es que cada vez que se afirma que cierto encuentro podría marcar un giro, esa esperanza se evapora y abre de nuevo un hueco en el fondo del pozo.

Coudet había seducido por su ánimo, sus ganas de revolución, su optimismo ante la tierra arrasada. Una vez liquidado ese optimismo, también quedó liquidado su ciclo. No logró escapar de la espiral. También contribuyó a potenciarla. River, la camiseta que durante años inspiró temor en los rivales, hoy ofrece posibilidades. Si en el primer semestre ganó puntos en los finales sólo por mentalidad (Estudiantes de Río Cuarto, Aldosivi, Bragantino de visitante, San Lorenzo), en la actualidad se ve un equipo débil de espíritu y cabeza. Sentía que podía ganar pese a la falta de fútbol, siente que puede perder más allá de la mejoría futbolística.

La definición de la final frente a Belgrano dejó una consecuencia: la inseguridad. Haber desaprovechado dos ventajas y que el entrenador haya quedado bajo la lupa por sus cambios fue crucial. La historia se repite primero como tragedia, luego como farsa y por último, en forma de eliminación de un torneo. El miércoles se habían visto lapsos de buen juego: River había combinado, había mostrado variantes para atacar y estaba en ventaja. Sin embargo, sucedió otra vez. La costumbre hace que no sólo el hincha, sino que el jugador también piense que nuevamente lo malo puede ocurrir; incluso un jugador de selección, recién llegado, sin el lastre del pasado reciente.

Esa sensación de muy posible derrota, el halo de negatividad, se acentuó con frecuencia a partir de cambios que no tuvieron éxito. A Coudet le costó tocar teclas durante la marcha, justo cuando no debían aparecer los temores. En la semana se había viralizado un dato de la cuenta @lahistoriariver: en los diez partidos anteriores, el 61,5% de los cambios del Chacho fueron previos a que a su equipo le igualaran, pasaran a ganarle o no pudiera empatar. Después de Independiente Santa Fe, actualizó sus números: llegó al 63,6%. Las estadísticas son relevantes en la comparación: en los once encuentros finales de los ciclos de Demichelis y Gallardo, esos números no superaron el 34% y el 48%.

Queda lejos, pero podría recordarse que en el torneo pasado hilvanó clasificaciones consecutivas en el Monumental: contra Gimnasia, San Lorenzo y Central. No le alcanzó para cortar la inercia. En el ciclo de Martín Demichelis, River había conseguido la racha más larga de victorias consecutivas como local de su historia. Fueron 20 triunfos seguidos en 2023. En el último año, Riestra, Sarmiento, Gimnasia cuando peleaba la permanencia, Atlético Tucumán y Barracas Central ganaron en el Monumental, y allí festejó su clasificación Independiente Santa Fe, lo había hecho antes Platense y estuvo cerca de hacerlo Libertad de Paraguay. La pista enjabonada en la que sufrían los visitantes se convirtió en un terreno vulgar que agranda a cualquiera.

Es mucho más fácil el análisis que la solución. No hay tantas opciones antes que recurrir al lugar común de que la reconstrucción requiere más tiempo que el de la destrucción. Que una victoria tendría que conducir más fácil a otra y que así podría armarse una cadena que le permita tener nuevas aspiraciones. Por lo pronto, sorprende que la primera decisión sea la de apostar a un neófito en la dirección técnica como Leonardo Ponzio. Pareció más un atajo para no caer en el llamado a Ramón Díaz. Stefano Di Carlo debería recordar por ejemplo que, cuando perdía Mariano Herrón en Boca, perdía más Juan Román Riquelme, el presidente que había confiado en un interino para definir competencias importantes.

Es cierto que River siempre dio primeras chances. Sucede que nadie, ni él mismo, proyectaba a Ponzio como entrenador. Por lo menos se trata de alguien de la casa, de un hijo adoptivo que sabe de qué se trata. River siempre se recuperó desde sus raíces. Hace menos de un mes, esta columna desarrolló las razones para la pérdida gradual de su gen: la falta de un 10, el estilo de juego, los despilfarros en los libros de pases, el deterioro de su intimidad. Es un club que siempre confió demasiado en lo propio como para haber abandonado su identidad. Hoy gasta a la manera de los clubes europeos que tienen mucho dinero, pero les falta un sello propio. Esto sigue siendo River. Pero no se le parece.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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