Rugby femenino: esencia creativa y su papel en un juego más dinámico

10 mayo, 2026
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Tomás De Vedia

Las niñas crecen rodeadas de muñecas. Es complicado romper ese legado, que durante décadas funcionó como una barrera de entrada para las mujeres que deseaban practicar rugby, un deporte que en ninguna de sus reglas especifica que esté dirigido a un género concreto.

Probablemente Mattel, la empresa creadora de las “Barbies”, haya sido también quien impulsó de forma contundente esa idea. Pero a la presión cultural que ya hace años se ha cuestionado por promover un ideal corporal poco realista, se sumó una realidad adicional: un descenso marcado en ventas. En los últimos tiempos, el tiempo frente a las pantallas está ganando terreno frente al juego tradicional. Y las muñecas también han sufrido ese cambio.

La creatividad suele nacer de una necesidad.

Defensas y desarrollo

Una sola diferencia puede marcar una gran diferencia. Puede generar algo nuevo. El ejemplo de Webb Ellis, al llevar la pelota con las manos y correr, es uno de los casos que se invoca con frecuencia. En aquella época, el fútbol no tenía reglas universales y había zonas en Inglaterra donde se permitía tocar con la mano y otras donde estaba prohibido. Las reglas crean un marco y dentro de ese marco hace falta creatividad para lograr el objetivo básico del juego.

En el rugby, el juego se ha ido haciendo más complejo, de modo que constantemente World Rugby debe revisar las normas para preservar el espíritu de juego, que busca continuidad y fluidez sin pérdida. Las reglas nunca son inamovibles. Se admite su revisión como un ejercicio de flexibilidad colectiva.

A comienzos de este siglo, por ejemplo, la preparación física cobró protagonismo: más trabajo de fuerza, más acondicionamiento y mayor resistencia condujeron a jugadores más potentes. Eso se reflejó primero en las líneas defensivas. Inglaterra, bajo la dirección de Clive Woodward.

Woodward encontró un camino similar al de la alta exigencia profesional, partiendo de un entorno empresarial y trasladándolo al rugby. Fue ahí donde forjó una filosofía de exigencia extrema que llevó a Inglaterra a alzarse con su único Mundial. Entre sus ideas estaba entrenar a los jugadores para decidir con claridad bajo presión, y para eso trabajaron junto a los Navy Seals, la principal fuerza de operaciones especiales de la Armada de Estados Unidos, especializada en misiones no convencionales, reconocimiento y acción directa.

Nike entendió perfectamente la demanda de ropa más ligera (hasta un 40%) y ajustada para evitar que los rivales pudieran sujetarla, según el pedido de Woodward. Esa innovación, además de ser una táctica, permitió distinguirse frente a equipos aún usando camisetas pesadas que parecían tiendas de campaña. Un obstáculo menos para avanzar hacia la meta final: ganar un Mundial. Seguramente la marca vendió más camisetas, y tal vez Mattel venda alguna muñeca más, mientras contribuía a elevar el nivel del deporte.

Aquella presión de las nuevas murallas del rugby, llamadas “Paredes defensivas”, se convirtió por un tiempo en tema central del juego. Empezamos a analizar tackles. Esos tackles se convirtieron en definiciones positivas, neutras o negativas. Surgieron nuevas métricas estadísticas. “¿Qué pasa con el ataque?”, nos preguntábamos. Porque una de las cosas que distingue a este deporte es la belleza del juego veloz, con pases, quiebres y tries. No queremos perder los tries, pensamos.

Entonces surgió la era de las destrezas.

Fue allí cuando conocí a Mick Byrne, un australiano que venía del Aussie Rules, un deporte autóctono del país que se describe como una mezcla entre rugby y fútbol, con atletas de muy alto rendimiento. Aunque Byrne no había jugado rugby, sí tenía una comprensión excepcional del cuerpo y del movimiento y buscaba trasladar ideas de AFL y rugby League al rugby union. Su labor consistió en traducir esos movimientos al nuevo contexto.

En un campamento de una semana en Uspallata, Mendoza, en 2015, pasé horas conversando con él para entender los secretos de los All Blacks. Byrne era uno de los artífices de que los hombres de negro, bicampeones del mundo, fueran referentes en la ejecución bajo presión, con y sin la pelota. Su técnica era infalible. Un ejemplo: mantener la posesión de la pelota durante más de un minuto justo cuando estaban por perder un invicto prolongado frente a Irlanda, en Dublín. Los nervios jamás dominaron al equipo que entrenaba Steve Hansen, y él era quien me contaba cómo investigaba constantemente nuevas formas de innovar en la técnica y la rendimiento.

Búsqueda del triunfo

Las organizaciones que destacan suelen ser las que están dispuestas a innovar y funcionan como antenas para captar lo que está afuera de sus bordes, para convertirlo en mejoras internas. Los All Blacks contaban con Byrne, que, lejos de acomodarse en lo aprendido, viajaba a otros países para estudiar movimientos de diferentes disciplinas. Pasó semanas con equipos de fútbol americano, baloncesto e incluso natación, intercambiando ideas y analizando el movimiento para traerlas de vuelta a su trabajo con los All Blacks.

¿Una nueva forma de jugar?

Nicolás Pimentel, un especialista en innovación con quien he discutido mucho sobre creatividad, afirma que quien está tan obsesionado con una idea puede parecerse más a Gollum, el personaje de “El señor de los anillos”, enamorado de un anillo y temeroso de perderlo.

El rugby femenino no está sujeto a dogmas heredados del masculino. No se aferra a modelos de juego rígidos, lo que puede convertirse en una ventaja. Confieso que mi relación con el rugby femenino es relativamente limitada. En algún momento comenté en ESPN sobre la Copa del Mundo. Cuando observo el circuito mundial de Seven, disfruto ver a las selecciones de Nueva Zelanda y Australia, que juegan con una velocidad y una continuidad muy atractivas.

En Argentina, el rugby femenino aún está lejos de igualar el desarrollo que se observa en Gran Bretaña, Francia, Australia o Nueva Zelanda, que trabajan con programas de formación de jugadoras equiparables a los del rugby masculino. Tanto es así que mentes destacadas del rugby masculino, como Wayne Smith y John Mitchell (exentrenadores de los All Blacks), participaron en procesos con equipos femeninos. Smith, con las Black Ferns campeonas del mundo en 2022, y Mitchell, con las Red Roses en 2025.

Sin embargo, tras un cuarto de siglo de trabajo intenso, las Yaguaretés empiezan a mostrar más visibilidad, habiendo ganado los tres últimos torneos sudamericanos y obteniendo la clasificación para el Circuito Mundial.

Hace poco grabamos un programa para “Leyendas del rugby” centrado justamente en las Yaguaretés y, hablando con su entrenador, Nahuel García, le pregunté qué pensaba sobre la posibilidad de que aparezcan nuevas formas de jugar en el rugby femenino. Lo hice porque creo que el rugby masculino a veces está condicionado por sus propios dogmas, desde la táctica hasta el lenguaje con el que se habla del juego, y quizá en lo femenino, al ser más reciente, eso no ocurra. Nahuel García me comentó que le llama la atención que, en el rugby femenino, las jugadoras suelen evitar el contacto y buscan la evasión para mantener la continuidad, es decir, menos intención de frenarlo con rucks y más voluntad de conservar la pelota viva en movimiento.

Si el juego es una entidad viva creada por seres dinámicos, entonces no tiene sentido enamorarse de una idea de cómo debe ser.

El rugby como motor creativo

Ante la caída de ventas apareció una necesidad. Por ello, los creativos de Mattel hallaron una salida: acercarse al rugby. Un estudio de la marca reveló que una de cada tres niñas abandona la práctica deportiva antes de los 14 años, principalmente por falta de confianza en su cuerpo y por la ausencia de referentes femeninos visibles. Ahí vieron una oportunidad de dejar de ser una barrera para convertirse en un puente.

Mattel anunció que en 2026 lanzará la colección “Team Barbie”. Para ello convocó a lona Maher (EE.UU.), medallista olímpica y defensora de la positividad corporal; Ellie Kildunne (Reino Unido), jugadora clave de las Red Roses de Inglaterra; Portia Woodman-Wickliffe (Nueva Zelanda), doble campeona olímpica y mundial; y Nassira Konde (Francia), medallista olímpica reconocida por impulsar la inclusión.

Con el anuncio de la colección “Team Barbie”, Mattel también comunicó que lo recaudado se destinaría a programas que fomenten la participación de niñas en el deporte. El rugby, por sí mismo, puede funcionar como una plataforma de conexión. De hecho, estoy convencido de que esa es su verdadera esencia.

Probablemente no veremos Barbies de las Yaguaretés. Es posible que nadie se resienta por ello. Pero si llegan a existir, que sea para que haya más personas jugando al rugby.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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