Los Springboks vencieron a los Pumas en el segundo Test Match de la primera gira oficial de Sudáfrica por Argentina, en 1994, tras años de inactividad internacional debido al régimen del Apartheid. Crecí escuchando historias sobre un equipo tan dominante como los All Blacks, pero que estaba vedado por la política de Estado basada en el racismo extremo de ese país. A mis 11 años me fascinaba ver a esos cracks convertir tries de mil maneras distintas. Joost Van de Westhuizen y André Joubert parecían hacer lo que querían. Aquella tarde los sudafricanos golearon a los Pumas, 52 a 23.
Al terminar el encuentro, los Springboks saludaron al público con una vuelta olímpica. A corta distancia hubo dos individuos que empezaron a insultarlos simplemente por ser rivales de nuestro equipo, los Pumas. Con 11 años se me escapó, repito, la frase, “que se callen”. “¿Qué?” —me miraron incrédulos—. No entendían que un niño en shorts y camiseta —mi atuendo habitual— les exigiera silencio. Entonces insistieron y preguntaron: “¿Por qué?” a lo que respondí sin dudar “porque son unos desubicados”. Guardaron silencio y comenzaron a bajar por las escaleras de madera. Mi padre y un amigo suyo me miraron y captaron el gesto. “Estuviste bien”, me dijo.
En aquella época no existían los frenos que regulan las respuestas auténticas. Tal vez por eso me animé a callar a esos tipos. O quizás nunca me importó demasiado el fanatismo ciego que no permite ver más allá, incluso cuando el juego tiene un valor mayor que los colores.
La historia del rugby sudafricano me golpeó de manera personal. Si entrabas en mi casa en aquellos años, podías toparte con un auténtico museo del rugby desde los años setenta en adelante. Giras del SIC, de los Pumas, trofeos y el Olimpia de Plata 1984 otorgado al mejor jugador de rugby de esa temporada, Ricardo de Vedia. Había un cuadro particular que siempre llamaba mi atención. Era un rectángulo que mostraba las fotos de todos los integrantes del equipo de Hispanoamérica XV que viajó a Sudáfrica en 1984 para enfrentar a los Springboks. Sus rostros y posiciones aparecían con los nombres bajo cada imagen. Ese equipo era, en la práctica, el equipo de los Pumas encubierto, ya que los Springboks estaban impedidos de jugar contra cualquier seleccionado del mundo.
Unos años antes, en 1976, los All Blacks habían ido a Sudáfrica desafiando aquella suspensión y provocando una controversia tan grande que 29 países decidieron boicotear los Juegos Olímpicos de Montreal por la participación de Nueva Zelanda. Nadie tuvo el coraje de volver a viajar a Sudáfrica, al menos representando a su país. Hasta 1980 nació el equipo de Sudamérica XV, un conjunto con mayoría de Pumas y jugadores de Uruguay y Paraguay. La gira se repitió en 1982. Ya para 1984 incorporaron a un jugador de España, por lo que adoptaron la denominación de Hispanoamérica XV.
La política auténtica en el rugby
Con frecuencia escuché decir que el deporte no debe meterse en política. También oí descalificaciones hacia quienes se dedican a la política dentro del rugby. Con el tiempo entendí cuán decisivas son esas personas para el deporte. En cada club hay quienes trabajan para que todo mejore un poco. Hablar con un patrocinador, reunir fondos para arreglar un quincho, obtener pelotas de mejor calidad, mejorar las canchas, contar con agua caliente y vestuarios decentes. Todo eso se logra gracias a la política, no a un simple deseo del universo.
El rugby, nutrido principalmente por voluntarios que entregan su tiempo sin buscar réditos económicos sino el bienestar de la comunidad, se sostiene por su organización y gestión política.
Pero la palabra política da miedo. Es comprensible. Estamos rodeados de un circo informativo que se presenta como política, con sus disputas y miserias de poder. Se entiende.
En un mundo tan polarizado, el ámbito del rugby quedó, por ingenuidad y torpeza, atrapado en un estereotipo que lo señala. El rugby también entró en la grieta. Es un cliché muy real, tanto que da risa.
Pero también es un estereotipo totalmente superficial.
La gira de 1984 y la democracia
Enrique de Vedia, mi abuelo, ocupó el cargo de Secretario de Desarrollo Humano durante la llegada de la democracia en la administración de Raúl Alfonsín. Hay un registro televisivo de la asunción presidencial que me gusta revisar de vez en cuando. En una parte, lo entrevistan y comenta que “son tiempos de gloria porque recuperamos la libertad y la posibilidad de convivir civilizadamente”, un día de memoria para recordar los años duros y dramáticos vividos, y un día de desafío para construir entre todos una democracia solidaria.
Cuando le comunicaron a mi padre que viajaría a Sudáfrica en 1984, mi abuelo hizo dos cosas: lo felicitó, y luego le dijo que quizá no debían ir porque sería avalar al gobierno sudafricano y a su política de Apartheid. Mi padre no hizo caso y formó parte de esa gira, que quedó inscrita en el cuadro que se ve al ingresar al living de mi casa. Esa es la memoria de mi familia. La historia del rugby en esa época es otra, y resulta algo más incómoda.
Los años duros de los que hablaba mi abuelo incluyeron, entre otras cosas, más de 168 desaparecidos en el rugby como parte del terrorismo de Estado de la dictadura. Más del 70% de los deportistas desaparecidos de aquella época pertenecían a nuestro deporte. Hubo un silencio, y no hablar también puede ser usado en tu contra, como dicen en las películas. No es necesario ostentar una bandera partidaria para que algo sea político; basta con decidir qué contar y qué omitir. Eso también es política, aunque no se vote en las urnas.
Más allá del estereotipo
La política y el rugby en Sudáfrica estuvieron históricamente entrelazados. Antes de abrirse al mundo, el deporte representaba el poder de la minoría blanca y, por ende, el régimen del Apartheid. Nelson Mandela sabía que la manera de unir al país pasaba por el rugby y los Springboks bajo el lema “Un equipo, una nación”. La idea de Mandela no era ingenua; respondía a un pensamiento estratégico profundo que recibió críticas. Era una táctica para avanzar hacia algo mayor. Fue un esfuerzo que ayudó a acercar posiciones, integrando la memoria como parte de la construcción histórica. No dejó fuera al rugby: lo utilizó como una vía de inclusión.
El ambiente del rugby en Argentina es mucho más complejo que el estereotipo. Quien realmente conoce el panorama de los clubes del país entiende que tanto el club como el deporte cumplen una función social enorme. Es una institución que abre puertas y ofrece espacios, funciona como red de contención y como puente hacia oportunidades laborales y vínculos personales. Basta con visitar los clubes para sentir la vida que se expresa en ellos.
Es probable que el mundo del rugby haya cometido errores. Y que haya habido silencios sobre aspectos que no se contaron.
También es verdad que lo que se consigue gracias a la política de los clubes argentinos es inclusión y participación comunitaria. Observa la realidad de esos clubes, llena de voluntades y de ganas de mejorar un poco el lugar que habitamos. Ve Brown de San Vicente, en Santa Fe, un club que es la vida de un pueblo. Ve Chenque en Rada Tilly, una localidad de la Patagonia, donde Yeti Di Mateo organiza a los juveniles para levantar las piedras de lo que será la cancha. Corre la mañana a un encuentro de rugby en cualquier club de Buenos Aires, donde entrenadores dedican su tiempo para el disfrute de otros. O imagina una tarde en la sala de alguno de esos clubes, donde dirigentes piensan en cómo gestionar los fondos para mejorar los vestuarios. Allí nuestro deporte realiza una labor silenciosa; un silencio que no esconde nada. Allí está haciendo política.