Spinetta y River Plate: un lazo rojo y blanco que une al célebre Lavapatas y Catalina, la primera hincha

9 mayo, 2026

River Plate es una institución con rasgos que incluso quienes no siguen el deporte conocen: es el equipo con mayor antigüedad, acumulación de puntos y número de trofeos en la Primera División, reconocido por un estilo de juego distinguido, base histórica de la selección y cantera de talentos. También ostenta la mayor cantidad de socios y posee un estadio puntero en el fútbol argentino. Pero hay aspectos que permanecen ocultos incluso para sus aficionados más devotos. Andrés Burgo, fanático ferviente y autor de varios libros sobre River, relata en primera persona historias pequeñas que se gestaron hace 125 años, en 1901. ¿Cómo era nuestra primera pelota? ¿Qué papel cumplió un árbol para que dejáramos de ser un grupo de amigos y pasáramos a ser protagonistas? ¿Quién fue la primera seguidora que convirtió a River en una causa personal y colectiva, una pionera que abrió el camino para millones? Sin dejar de reconstruir equipos, jugadores y entrenadores emblemáticos, y sobre todo enfatizando un recorrido paralelo, “Este es el famoso River” propone un enfoque informal pero a la vez riguroso dentro del terreno de juego, en las tribunas del Monumental y en las oficinas de un club y un amor “que nacieron antes que nuestros abuelos y seguirán después de nuestros nietos”, afirma el autor.

A continuación, LA NACION publica el primer capítulo de esta obra.

Si un club surge con amigos, una pelota y una cancha, y luego progresa en lo deportivo con futbolistas y equipos destacados y en lo institucional con dirigentes astutos, para dar el siguiente salto, tal vez definitivo —ser parte de la sociedad, generar una comunidad, brindar una identidad—, finalmente necesitará hinchas. Así como los panes y los peces de los Evangelios, nuestra multiplicación la provocaron los desconocidos que empezaron a seguir al cuadro fundado por los muchachos de Santa Rosa y La Rosales, reforzado por los empleados de comercio que jugaban en Nacional de Floresta. Esa popularidad creciente puede sintetizarse en la historia de Catalina Calamita, una inmigrante italiana de 26 años que vivía en La Boca y que, en un caluroso domingo de finales de 1908, salió de paseo por los Bosques de Palermo junto a una amiga. Fue el 13 de diciembre, día en que nos enfrentábamos a Racing para lograr el ascenso a Primera en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires —la actual sede Maldonado, frente al Hipódromo—, cuando Catalina se encontró con una fiesta que desconocía, la del fútbol, ese universo de complicidades entre extraños. Ganamos 2 a 1, nuestra gente celebró con una invasión al césped, ascendimos—o eso parecía— y Catalina sintió una atracción que la hizo regresar, pero ya no como una salida dominguera sino como una hincha, al estadio de GEBA dos fines de semana después, el 27, cuando debimos jugar de nuevo por una protesta de Racing. Volvimos a ganar 7 a 0, ascendimos a Primera y Catalina terminó convirtiéndose en una de las nuestras.

Aunque su nombre no figura en los libros de historia de River, aquella mujer de aquel entonces 26 años debería ser considerada nuestra primera hincha incondicional, la que abrió el camino que luego imitaríamos millones de veces. La biografía futbolística de Calamita trascendió gracias a un único reportaje que, años después, en enero de 1935, le dedicaría Borocotó, un periodista legendario de la revista El Gráfico, que transcribió textualmente en ese argot todas sus respuestas: «Soy calabresa, de la provincia de Catanzaro —dijo Catalina, traducido al español—. Y vivía en La Boca. Un día salí a pasear con una amiga y vimos a un montón de gente. Entramos a ver, le dije a mi amiga. Y vimos fútbol. Me gustaron los colores de River y desde entonces soy hincha. Hace veinte años. Fue cuando River le ganó un partido a Racing y después Racing lo protestó. Entonces, en la revancha, River le hizo siete goles. Para que se callaran la boca».

Mientras Calamita se convertía en una figura habitual de nuestras tribunas, casi al mismo tiempo, en 1912, se sumó a River Aureliano Gomeza, un joven de La Boca que era amigo de varios de los fundadores del club y que respondía al apodo de Machín, aunque también le decían Ñato «porque su nariz reclamaba dos pañuelos», escribió el propio Borocotó. Comenzó a jugar en inferiores, primero como defensor y después como arquero, sin que su futuro pareciera estar en la Primera. Sin embargo, pertenecer al grupo de amigos significaba un privilegio y era de esas personas queribles, entrañables —«positivas para el grupo», como suele decirse en el fútbol—, por lo que pronto fue adoptado por los futbolistas, algunos años mayores que él. Gomeza se convirtió en una compañía para el equipo y empezó a acompañar al River a todas las canchas. Ya desde 1916, en la previa de un triunfo 2 a 1 frente a Boca —y quizá desde antes—, varias imágenes lo muestran posando junto a los jugadores: son 11 atletas y Machín de pie, con su uniforme, saco, una flor en la solapa y una mirada seria hacia la posteridad, como el doceavo jugador o el primer hincha.

«Yo era el más débil de todos, ni con la nariz podía parar a los rivales», diría años después, aunque llegó a jugar en la Primera de River, en un amistoso contra Estudiantil Porteño el 15 de agosto de 1919 que perdimos 4 a 0. Como aún no existían entrenadores que se ocuparan de armar los equipos, resulta tentador suponer que Gomeza fue elegido por sus compañeros en reconocimiento a su lealtad. En todo caso, sí era habitual que participara para nuestros equipos de Segunda, Tercera y, más tarde, en veteranos. Machín era tan querido que Porteño intentó incorporarlo, pero nuestros jugadores lo amenazaron en el genovés —o cocoliche— que se hablaba en La Boca: «Nus ta naguen que amasen», es decir «si te vas a otro club, te mato», le dijo Arturo Chiappe, capitán del amateurismo.

No existen pruebas de que Calamita y Gomeza se hayan conocido personalmente, pero es imposible que no se hayan cruzado en alguno de nuestros partidos. Ellos eran de esos que siempre seguían a River, aunque Machín cada vez más dentro del campo, como un auxiliar del plantel. Calamita, desde la tribuna, no dudaba en enfrentarse a quien la contradecían. A finales de noviembre de 1927, en las últimas fechas del año, perdimos 2 a 0 contra Independiente como locales. No era un encuentro decisivo para el campeonato —terminaríamos décimos y ellos sextos—, pero en las gradas de nuestra cancha de Recoleta estaba Catalina. En su fervor, además, era tan impaciente que ante las burlas de una simpatizante de Independiente comenzó a golpearla, no con las manos sino con sus carteras.

Esa historia, como la del día en que coincidió por casualidad con River, también puede reconstruirse a partir de la entrevista de 1935 que El Gráfico tituló «Las hinchas», una crónica que se centró en lo que no era habitual en un entorno mayoritariamente masculino: las mujeres que seguían a su equipo a todas las canchas. La fanática elegida de River fue Catalina y una de las preguntas abordó aquel episodio de los carterazos. Catalina presumió de su reacción: «Independiente provocó la pelea, pero luego de la derrota no dejó de protestar. Entonces, frente a la derrota, respondí con mi particular defensa… y así quedó».

Catalina también afirmó que River perdía muchos partidos que merecía ganar. Y habló, sin precisar rival, de una ocasión en La Plata en la que «un diputado le puso el revólver al árbitro y nos cobraron un gol». Y de una jornada en la cancha de San Lorenzo en la que, ante un arbitraje que favorecía a los del azul y rojo, ella golpeó al juez tras el pitazo final. «¡Así fue!», dijo, en su jerga.

—¿Tan simple así, doña Catalina? —le preguntó el periodista.

—Eco: malvado. Ese árbitro nunca volvió a pitar —respondió Catalina, con expresiones que no requieren traducción, y antes de haber acusado a San Lorenzo de «hipócritas del catolicismo».

—¿Usted no es católica?

—No lo soy y por eso me busqué un club que no se llame «santo» ni que vaya a la iglesia a diario, como los de Boca —en lo que parece una alusión a la expresión «a llorar a la iglesia», tras la cual Borocotó añadió: «En cuanto nombró a Boca hizo un gesto feo»—.

Ya para esa época, con el fútbol profesionalizado desde 1931, Machín había pasado a ser el masajista de Primera. Comenzó como un simple ayudante y aprendió a masajear piernas y a reacondicionar músculos agotados, pero sobre todo se ganó la confianza: fue el asesor de las primeras estrellas. En los años siguientes figuraría en decenas de fotos: es fácil reconocerlo por su nariz y por un buzo con la letra M, símbolo de masajista. A veces posando junto al equipo, como en el debut de Adolfo Pedernera, en nuestra cancha de Recoleta en 1935, a punto de partir hacia el Monumental. Otras, celebrando clásicos, como la victoria frente a Boca en 1939 con un equipo juvenil apodado Los Guerrilleros, entre ellos un joven Ángel Labruna. Y también, levantando títulos. Uno de los momentos más luminosos de nuestra historia, el primer campeonato de los tres que logramos en la Bombonera, en 1942, lo tiene como protagonista: acabábamos de coronarnos tras empatar 2 a 2 un partido que perdíamos 2 a 0 y los jugadores, en lugar de elegir a Pedernera como figura central, lo levantaron en andas a Machín.

Machín fue también uno de los confidentes más cercanos de Labruna, tanto jugador como técnico: solemos hablar del “césped verde” —el campo de juego— y del “manto sagrado” —la banda que cruza nuestra camiseta— como dos consignas grabadas por Labruna, pero en realidad el ídolo se las había tomado prestadas de su compadre. «Cuando me hablaron de psicólogos para jugadores, pensé en el mejor psicólogo que tuvimos en mis mejores años de jugador, aquel inolvidable Machín, cuyo entorno nos insuflaba alma y mística», lo definió Carlos Peucelle, el primer gran refuerzo que compró River en 1931, el inicio de la transformación del club, siempre con Calamita y Machín como testigos.

Gomeza disfrutaría hasta su muerte, en 1968, de una jubilación soñada: fue el responsable de la concentración, en el primer piso del Monumental. Sus asuntos fuera del club se conocen poco; se sabe que vivía en Bajo Belgrano con su hermana Pilar. Aquella entrevista de mediados de la década de 1930 también llevó el testimonio de Calamita, la primera fanática de River, como una persona con escasa o nula vida sentimental y familiar: «Doña Catalina está sola. No tiene a nadie. Sus afectos familiares son recuerdos amargos. River Plate es su único amor. Ha depositado todo su afecto en él. Con su equipo sufre y celebra; experimenta las emociones que dan sentido a su existencia. Si River desapareciera de pronto, doña Catalina no podría subsistir. Acompañaría a su club hasta la tumba. Solo tiene un amor. En su piecita de la calle México, cuando come sola los domingos por la mañana, siente la alegría de aquella adolescente que espera al novio o que irá en su búsqueda. Doña Catalina camina feliz hacia ese novio que se llama River Plate», publicó El Gráfico, que también se refirió a ella con el seudónimo Haydée Luján Martínez, muy conocida entre los años 60 y 80.

Si River ya desde entonces es, entre tantas definiciones, la mejor compañía para muchos de nosotros, Machín dejó además un dato distintivo: en sus últimos años regaló la guitarra que había usado para animar a los jugadores durante las largas noches previas a los partidos de River, incluso en las concentraciones de La Máquina, la delantera emblemática de los años cuarenta. El afortunado fue el hijo de una pareja de amigos del barrio a quien Machín invitaba tantas veces al club, al vestuario y a los partidos que terminó identificándose con River, a pesar de que su padre era hincha de Platense. Ese muchacho, con inclinación artística, se llamaba Luis Alberto Spinetta, uno de los artistas más influyentes del rock argentino, que comenzó a componer con la guitarra criolla heredada de Machín.

Spinetta adoptó como ídolos infantiles a Amadeo Carrizo, nuestro guardameta icónico, y a Roberto Zárate, el Mono, un delantero que brilló en la banda izquierda en los años 50; pero su mayor inspiración futbolística sería Norberto Alonso, el Beto, líder artístico desde principios de los 70 y referente del Metropolitano de 1975, título que nos liberó de una maldición de 18 años. Al año siguiente, Spinetta —entonces en Invisible, una de sus bandas— compuso “El anillo del Capitán Beto”, una canción que se convirtió en uno de los grandes mitos del rock argentino: ¿El Beto de la canción estaba inspirado en el futbolista? La letra ofrece ese doble sentido porque una parte dice: «Ahí va el Capitán Beto por el espacio, la foto de Carlitos sobre el mando y un banderín de River Plate y la triste estampa de un santo», pero, según contó Spinetta —incluso se lo dijo en persona a su ídolo—, esa interpretación no es única.

Eso sí: en su admiración por Alonso, el poeta musical se subió al escenario con una camiseta de River con el número 10 que le había regalado el propio Beto. Fue durante un recital de Spinetta Jade, otra de sus bandas, en febrero de 1982, en el estadio de Temperley. Testigos recuerdan que Spinetta le dijo al público: «Esta casaca me la regaló Dios» o, en palabras más simples, «Me la dio el más grande», en alusión a un modelo de camiseta de Olimpia de manga larga con cuello redondo, que solo se usó en dos partidos de 1981, uno frente a Boca, un 1 a 1 en el Monumental, el 5 de julio. La historia de Spinetta comenzó con Machín, pero la nuestra, en cierto modo, empieza con Catalina Calamita. Somos sus hijos.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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