El museo de Wimbledon guarda tesoros del tenis: zapatillas de Nadal, chaqueta de Federer y 15.000 libros históricos

7 julio, 2026

LONDRES, enviado especial.- En Wimbledon, la historia no reside únicamente en el verde puro del Ryegrass Perenne que cubre cada pista. También brilla tras un cristal, se lee en un cartel antiguo, se intuye en una raqueta de madera, se escucha en una biblioteca silenciosa y se refleja en el dorado inconfundible de los trofeos, la copa para los caballeros y el plato para las damas. Dentro del All England Club, a apenas unos pasos de la entrada 4 que da sobre Church Road, el Wimbledon Lawn Tennis Museum funciona como una cápsula temporal: un espacio moderno e interactivo, pero sostenido por una idea muy simple. Todo lo que ocurre hoy en el tercer Gran Slam de la temporada tuvo un origen mucho antes.

El museo narra la historia desde sus comienzos, cuando el lawn tennis era todavía una novedad en el césped del All England Club. En una de las salas se recuerda que el primer campeonato se disputó en 1877, sobre las canchas de croquet del club. Spencer Gore, el primer campeón, derrotó a William Marshall en sets corridos ante aproximadamente 200 espectadores que pagaron un chelín para observar la final en una tarde lluviosa. Es una escena modesta comparada con el espectáculo global actual, pero la institución la reconstruye como el origen de todo: un torneo pequeño, casi doméstico, que terminaría convirtiéndose en una de las marcas deportivas más reconocidas del mundo.

El recorrido avanza entre vitrinas circulares, pantallas, documentos, carteles antiguos, uniformes, fotografías y objetos de época. Hay raquetas de madera que parecen pertenecer a otro deporte, pelotas antiguas, gorras, programas, certificados, libros de registro y recreaciones de vestuarios de antaño. Una instalación exhibe el taller de los fabricantes de raquetas, con herramientas, virutas de madera y moldes que evocan una profesión artesanal. Otra reconstruye un vestuario de época, con bancos de madera, ropa colgada, zapatillas blancas, toallas y raquetas apoyadas como si sus dueños acabaran de salir a jugar.


En una de las salas se recuerda que el primer campeonato se disputó en 1877, sobre las canchas de croquet del club. Spencer Gore, el primer campeón, derrotó a William Marshall en sets corridos ante aproximadamente 200 espectadores que pagaron un chelín para ver la final en una tarde lluviosa.


Esa es una de las virtudes del museo: no se limita a exhibir objetos; reconstruye escenas que quedan grabadas en la memoria de los visitantes, que pueden imaginar cómo era prepararse para competir hace un siglo, cómo se fabricaban las raquetas, cómo evolucionó la vestimenta y cómo el tenis pasó de ser una práctica social de élite a convertirse en un deporte profesional de alcance mundial. La evolución tecnológica se manifiesta en una enorme rueda de raquetas que reúne modelos de distintas épocas: madera, metal, grafito, cerámica, diseños pesados, marcos ligeros, encordados antiguos, mangos gastados.

Las galerías interactivas albergan piezas originales de Wimbledon, ropa y equipamiento cedidos por grandes figuras del tenis: el diario de Arthur Ashe, el banco que utilizó Roger Federer en el vestuario masculino y materiales vinculados con Martina Navratilova. Además, raquetas del sueco Björn Borg, John McEnroe y Billie Jean King; zapatillas de Rafael Nadal; y el saco del suizo, el hombre récord del torneo (veremos si Novak Djokovic logra igualar ese número de ocho títulos), símbolo de la elegancia que mejor representa el aire que se respira en la Catedral. Cada objeto funciona como una clave emocional para distintas generaciones. Para algunos, Borg y McEnroe representan la rivalidad que llevó al torneo a otra dimensión. Para otros, Billie Jean King representa la revolución. Para los más jóvenes, Nadal y Federer son recuerdos aún cercanos de una era irrepetible. Y, por qué no, la Next Gen representada por Carlos Alcaraz y Jannik Sinner también tiene su espacio reservado.

La experiencia no permanece quieta. En el museo se pueden tocar tejidos que evocan la moda tenística de las épocas victoriana y eduardiana, probar reflejos en la Batak wall y seguir la evolución del torneo desde 1877.


La evolución tecnológica se refleja en una enorme rueda de raquetas que reúne modelos de diversas épocas: madera, metal, grafito, cerámica, diseños pesados, marcos ligeros, encordados antiguos, mangos gastados


Existen espacios dedicados a seguir trayectorias, comprender golpes, comparar estilos y jugar con la evolución de la técnica. Incluso el visitante puede tomarse fotos frente al escenario de la sala de prensa del torneo. En una de las paredes, una frase de Billie Jean King resume esa tensión tan característica del deporte: “El tenis es la combinación perfecta de acción violenta en una atmósfera de calma”.

El recorrido guarda otro tesoro menos visible, pero decisivo: la Kenneth Ritchie Wimbledon Library, una biblioteca especializada en tenis con más de 15.000 libros. Ubicada dentro del museo, funciona como refugio para investigadores, curiosos y amantes de la historia de este juego. Allí, entre estantes y archivos, Wimbledon conserva su memoria, que es la memoria de una disciplina apasionante.

Por ello, el museo deja huella. No solo por el valor de lo que expone, sino por la manera en que ordena una tradición que a veces parece demasiado amplia para una sala. En Wimbledon, cada objeto tiene una historia. Una raqueta de Borg, la vestimenta de McEnroe, la huella de Billie Jean King, las zapatillas de Nadal, la chaqueta de Federer o un cartel de 1877 conviven dentro de un mismo relato.

La última gran escala de la visita está compuesta por dos objetos codiciados por todo tenista profesional: los trofeos. La copa masculina, de un dorado impecable, se exhibe en su vitrina de forma casi ceremonial. El cartel recuerda que fue adquirida por el club por 100 guineas y presentada por primera vez en 1887. Desde entonces, lleva grabados los nombres de los campeones de Wimbledon. A pocos pasos aparece la placa femenina, con relieve trabajado como una pieza de orfebrería. Son objetos deportivos, por supuesto, pero también reliquias. Frente a ellos, los visitantes bajan la voz, inmortalizan el momento con sus móviles y se quedan unos segundos admirando el brillo de esas piezas.

El museo forma parte además de una propuesta más amplia de visitas dentro del All England Club, fuera de las semanas de competencia. Bajo el programa Museum & Tours, Wimbledon ofrece la posibilidad de realizar un recorrido por los espacios tras bastidores del recinto. La visita guiada, galardonada y conducida por guías especializados, permite conocer zonas que usan los mejores jugadores del mundo y las áreas dedicadas a los medios, además de descubrir cómo se cuida el césped más célebre del tenis y de qué manera el club fue modifying su estructura y ampliándose con los años. El museo y la tienda oficial abren todos los días: de abril a septiembre, de 10 a 17:30, con último ingreso al museo a las 16:30; y de octubre a marzo, de 10 a 17, con último ingreso a las 16. Las entradas combinadas para museo y tour cuestan 32 libras (64.800 pesos) para adultos y 22 (44.500 pesos) para niños de cinco a 15 años; la entrada solamente al museo vale 15 libras (30.000 pesos), 13 (26.000) y 10 (20.000), respectivamente.

Al salir, el murmullo del impacto de la pelota sobre el césped, el esfuerzo de los jugadores por alcanzar cada punto y el hormigueo del público que invade los courts nos devuelven a la actualidad. Siguen las filas, los grounds (como llaman los británicos a las canchas), las pizarras con los resultados, las fresas con crema, los aplausos y la agenda del día en pantallas LED. Es Wimbledon, es tradición, es el tenis de hoy y de siempre.

Los rincones favoritos del museo de Wimbledon

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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