Caso Federico Martín Aramburú: juicio por asesinato, cuatro segundos, tres disparos y la ejecución

10 septiembre, 2026

PARIS.– En ciertas salas la noción del tiempo parece estirarse hasta el infinito, mientras que en otras puede comprimirse hasta el extremo más insólito. Este jueves, en la diminuta Sala Voltaire del Tribunal en lo Criminal de París, se impuso la segunda sensación: una mañana entera dedicada a diseccionar apenas cuatro segundos. Cuatro segundos en los que Loïk Le Priol descargó su arma contra Federico Martín Aramburú, el exinternacional argentino de rugby asesinado en la noche del 18 al 19 de marzo de 2022, en pleno corazón de Saint-Germain-des-Prés. Por la tarde, bastará para que una palabra quede grabada en el diccionario del juicio: “ejecución”.

En el estrado, un investigador de la brigada criminal fue llamado para reconstruir minuto a minuto —casi imagen por imagen— el desarrollo de la escena. Frente a él, el abogado de Le Priol, Pierre-Henri Baert, dirige un interrogatorio tenso, casi quirúrgico, en el que cada pregunta tiene un único fin: apartar a su cliente de la premeditación y acercarlo a la legítima defensa.

Todo arranca con una imagen ya grabada en la mente de los miembros del jurado: la de Le Priol corriendo hacia Martín Aramburú, después de que su cómplice, Romain Bouvier, detonara disparos cuarenta y cinco segundos antes sin lograr golpear mortalmente. Para los investigadores, ese sprint nocturno no fue un simple detalle: el exmilitar habría vuelto al contacto, decidido, según las palabras empleadas por el policía en el estrado, a “dar batalla”.

Precisamente sobre esa elección de lenguaje se ha construido la ofensiva de Baert. ¿Por qué “dar batalla” y no “matar”? El matiz no es una simple cuestión estética en un caso en el que la calificación penal —asesinato premeditado u homicidio derivado de una explosión de violencia incontrolada— determina años o incluso décadas de prisión. El agente de policía, prudente, evita la pregunta con una franqueza casi desarmante: no dispone de ningún elemento que le permita asegurar una intención homicida, pues, según sus propias palabras, “no puede meterse en la cabeza del acusado”.

La historia continúa, con un tono casi cinematográfico. Le Priol llega al lugar. Martin Aramburú, que aún se mantenía en pie tras esquivar los disparos de Bouvier, se halla frente al recién llegado. Ambos hombres forcejean y terminan en el suelo en un galimatías de brazos y tirones de ropa. La siguiente pregunta de la defensa, casi imperceptible por lo anodino, es: “¿Ya había sacado el arma en ese instante exacto?”. La respuesta del oficial es directa: “Probablemente no”.

Esa simple palabra (“probablemente”) es oro en polvo para la defensa, porque abre una estrecha rendija para otra versión de los hechos: un hombre desarmado en el momento del abrazo mortal, y no un asesino a la espera con el arma en mano.

Ambos hombres se incorporan y es ahí, según la línea de la defensa, cuando todo cambia: un puñetazo descrito como de violencia desorbitada habría impactado en el rostro de Le Priol. La fractura de la nariz que mostró días después del desenlace sería la prueba tangible —casi el único elemento material— que respalda su versión de un hombre golpeado antes de disparar.

Pierre-Henri Baert aprovecha su ventaja, pregunta tras pregunta, como si clavara una cuña en una madera agrietada. Tras ese primer golpe recibido, Le Priol ¿saca por fin el arma por miedo o por rabia? “No”, responde de nuevo el policía, “no en ese momento exacto”. Será necesario un segundo forcejeo, otro forcejeo físico entre los dos hombres, para que la pistola aparezca y las detonaciones retumben en la noche parisina.

¿Puede entonces considerarse —insiste el abogado— que el arma fue sacada en un impulso de defensa ante una agresión reiterada? La respuesta del policía es más matizada esta vez: no habla de legítima defensa, sino de un “contexto de pelea”, una fórmula que reconoce el caos de la escena sin avalar la tesis de la defensa.

Sin embargo, si bien la defensa menciona dos disparos de advertencia inicialmente disparados al aire antes de los otros cuatro —más bajos, más precisos, definitivamente mortales—, la acusación dispone de un argumento de una contundencia matemática demoledora: seis disparos en apenas cuatro segundos. Un lapso tan breve, subrayó el policía, que no deja espacio para la reflexión. Cuatro segundos equivalen, en un latido de corazón desbocado, a la falta de tiempo para reconsiderar.

Un último detalle, mencionado casi en cursiva por el investigador, pero de alcance simbólico alto en la sala Voltaire: en ningún momento de aquella noche de marzo de 2022 Federico Martín Aramburú portó un arma. Frente a un hombre desarmado, el excomando de marina descargó su pistola cargada contra su adversario, vaciándola por completo.

Después del almuerzo, la audiencia cambió de testigo y de escenario. Un tercer agente de la brigada criminal subió al estrado, encargado de analizar las imágenes de videovigilancia recogidas en el boulevard Saint-Germain. Antes de decir una palabra, la defensa intenta una maniobra inusual: ¿es este investigador, antiguo jugador de rugby, realmente neutral? ¿Se inclinaría naturalmente por el bando de los rugbiers? No prospera. El policía es considerado apto para testificar, con su acento del sur y su sangre fría intactos.

Aunque no haya sonido, las imágenes que comenta dicen mucho. En la terraza del Mabillon, el bar-restaurante donde comenzó la pelea, la alternancia entre momentos tensos y secuencias más tranquilas dibuja un ambiente cargado: Le Priol, visiblemente alterado, mientras Lyson Rochemir —entonces su compañera sentimental— intenta calmarlo con gestos afectuosos. Hasta que Rochemir ataca físicamente a Martin Aramburú. Una pelea generalizada que obliga a la seguridad a intervenir. “Es un caos”, resume con sobriedad el policía.

A continuación llega la escena que todos esperaban y temían: el choque entre Romain Bouvier, pilotando su Jeep, y Federico Martín Aramburú. Quinze segundos de diálogo cuyo contenido exacto nadie conocerá jamás. “¿Qué se están diciendo? Lamentablemente no tenemos el audio”, lamenta el policía en el estrado. Lo que sucede a continuación, sin embargo, no deja lugar a dudas: Bouvier dispara cuatro veces y luego Le Priol, que llega a los pocos instantes tras un forcejeo, dispara seis veces. Un taxista, ajeno al tumulto, intentará en vano reanimar a la víctima.

A media tarde, la audiencia tomó un cariz más personal. El policía, molesto porque se haya presentado, especialmente en las redes sociales, su pasado como jugador de rugby como algo incompatible con su neutralidad, lo califica de “indigno e irrespetuoso”.

“Yo no conocía al señor Aramburu”, insiste. Ante las imágenes proyectadas, Le Priol y Bouvier no muestran reacción: permanecen impávidos, como petrificados. El proceso desvela un detalle relevante: Le Priol utilizaba una aplicación de mensajería suiza encriptada para planear su fuga.

Un poco más tarde, otro policía refuerza la misma tesis que sus colegas anteriores.

“No hay nada que permita afirmar que hubo disparos de advertencia”, afirma categóricamente. “Normalmente hay un intervalo entre un disparo de advertencia y los siguientes. Aquí no hay pausa”, insiste. Ninguna interrupción, ninguna vacilación entre detonaciones; nada que se asemeje a una advertencia.

Finalmente, es el fiscal Philippe Courroye quien, al cierre de la jornada, consigue la frase que resume este cuarto día. Al ser invitado a calificar las dos secuencias de disparos, el policía no se anda con rodeos: “Es una ejecución”. Dos veces cuatro segundos, repetidos como un metrónomo funesto: el eco escalofriante del cálculo aritmético planteado horas antes por su colega matinal.

La sesión concluye con un último altercado, símbolo de la línea de defensa adoptada desde el inicio del juicio. El abogado de Le Priol vuelve a mencionar, por última vez, el pasado rugbista del policía. Pero el investigador, firme, le replica que también ha señalado los “aspectos menos positivos” del comportamiento de Federico, tanto en el Mabillon como en lo que siguió de la noche. Un dardo que cierra una jornada en la que la acusación, una vez más, ha cerrado el cerco.

Esta audiencia del jueves 10 de septiembre forma parte de un juicio que debe durar tres semanas completas, ante un tribunal de asambleas encargado de juzgar a Loïk Le Priol por asesinato, a Romain Bouvier por intento de asesinato, y a otros dos protagonistas de aquella noche trágica por complicidad. Este jueves ha sido un día decisivo: un puente entre la personalidad y los hechos, entre el relato y la cifra. La defensa reconstruye la escena a cámara lenta para alejar la idea de premeditación. La acusación, por su parte, deja que hablen los números y, a partir de ahora, una palabra.

La continuación de este maratón judicial promete ser igual de intensa: el viernes terminarán las declaraciones policiales y empezarán los primeros peritos balísticos; la próxima semana, Shaun Hegarty y luego los allegados de la víctima; después, la acusación particular y la familia Aramburu, antes de los alegatos de la fiscalía y los de la defensa. El veredicto, muy esperado, se dará a conocer el viernes 25 de septiembre. Tanto Le Priol como Bouvier se enfrentan a la cadena perpetua.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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