Alexander Zverev rompe la maldición en Roland Garros y deja atrás su etiqueta de crack con asuntos pendientes

17 junio, 2026

Como le había pasado a nombres como David Nalbandian, al Chino Marcelo Ríos o a David Ferrer, a Alexander Zverev le tocó oír durante años la misma cuestión —o sentencia—. ¿Es el alemán uno de los tenistas más valorados de la Era Abierta sin haber conquistado un Grand Slam? Esa idea, tan cierta como pesada y angustiante, lo desbordaba una y otra vez. Le descolocaba. Le generaba ataques de nervios. Le producía frustración. Le llevaba a creer que, al final, nunca llegaría.

El deporte, a veces tan cruel, fue, en estas dos semanas de Roland Garros, de cierta forma, justo. Zverev, un jugador de un talento extremo que debió enfrentarse a dos generaciones de cracks, con las superpotencias del Big 3 (Federer, Nadal y Djokovic) y, también, con la velocidad de vértigo de Sinner y Alcaraz, recibió su oportunidad; sí. En un torneo cargado de sorpresas. Siendo el segundo cabeza de serie en París, supo aprovechar las ausencias de los gigantes (Alcaraz, lesionado; Sinner, eliminado en segunda ronda). Avanzó con paso firme en el cuadro, sin mirar a los costados y se plantó en su cuarta final de un grand slam con la convicción de que podría ser ahora… o nunca. Y fue ahora. Derrotó al italiano Flavio Cobolli (14.º, top ten desde este lunes, en su primera final de un grande) por 6-1, 4-6, 6-4, 6-7 (5-7) y 6-1, en 4h15m. A los 29 años, con 25 trofeos en su palmarés (incluidos varios Masters 1000, dos torneos de Maestros y una medalla dorada olímpica), ya no le quedan cuentas pendientes por saldar. Rompió el mayor obstáculo.

En aquel estallido de emoción de Zverev sobre la terre battue del Philippe-Chatrier, tras un remate de Cobolli que superó la geometría de la pista, resultó muy emblemático. Fue en la misma zona donde, hace cuatro años, sufrió una lesión de tobillo de gravedad ante Nadal en las semifinales, debiendo abandonar y ser conducido fuera de la cancha con ayuda de muletas canadienses. Fue también el mismo estadio que, hace apenas dos campañas, le dejó escapar la final del Abierto francés ante Alcaraz tras irle ganando dos sets a uno.

En un domingo soleado y con el techo abierto del Chatrier y el peloteo intenso, el 6-1 inicial de Sascha parecía apuntar a un trámite cómodo, pero no fue así. El alto rendimiento en el servicio de Zverev no se sostuvo a lo largo del encuentro. Tras el desconcierto inicial, Cobolli empezó a encontrarse más cómodo, no se amedrentó y recibió el aliento del público que lo empujó. La final, rebosante de famosos en las butacas y con Adriano Panatta (el último italiano en alzarse con este título en París, hace cincuenta años) entre el público, se convirtió en una montaña rusa de golpes ganadores y fallos no forzados, casi a la altura de la imprevisible grandeza del Bois de Boulogne. Y los demonios históricos volvieron a hacer acto de presencia.

Zverev se adelantó 2-1 en sets, pero comenzó a sentir molestias en la pierna izquierda (recurría a un analgésico para aliviar el dolor) y, probablemente, a sentirse inquieto por dentro: el antecedente de la final de 2024, cuando llevaba ventaja de dos sets a uno frente a Alcaraz y luego éste le remontó para dejarlo sin el título en los dos sets finales. El rostro de su padre y entrenador, en la tribuna, lo decía todo… Con casi cuatro horas de esfuerzo en las piernas, el choque llegó al quinto set, cambió de registro y resultó mucho más emocional que táctico. Al final, con una trayectoria temblorosa, Zverev aprovechó su experiencia para deshacer una historia que parecía interminable. Dos quiebres y un 5-1 definitivo terminaron de quebrar a Cobolli, que entregó su saque en la última oportunidad.

“Esta pista tiene un significado muy especial para mí en muchos sentidos. Viví aquí los mejores y los peores momentos de mi vida. Hace cuatro años quedé tendido en ese rincón con dos huesos rotos y siete ligamentos dañados. Después perdí la final hace dos años. Pero este final es feliz”, manifestó Zverev, el primer campeón alemán de Roland Garros en la Era Abierta y el primer hombre de su país en lograr un major en sencillos desde 1996 (Boris Becker, en Australia).

Zverev pareció un león enjaulado durante toda la final. Enfrentó el reto con la mirada fija y una determinación que no se movía. Cuando Cobolli tomaba los tiempos reglamentarios para pausas y refrescos, Sascha permanecía en su rincón, moviéndose sin cesar, con los puños apretados y la garra de un boxeador hambriento. Es cierto que, en momentos, la tensión le nubló las decisiones, pero, en general, golpeó con serenidad, especialmente con el revés. Aunque no mostró la contundencia de otras jornadas, su saque respondió con datos útiles: seis saques ganadores, nueve dobles faltas (muchas), un 76% de primeros servicios, ganando el 73% de los puntos con el primer saque y el 43% con el segundo, cediendo su servicio en tres ocasiones. Sumó más ganadores que Cobolli (50 frente a 42) y cometió menos errores no forzados (54 frente a 65). El italiano, aunque resistió, terminó quedándose sin energía para responder.

“Hemos pasado por mucho”, afirmó Zverev, abrazando la Copa de los Mosqueteros que Panatta le entregó, el héroe italiano de antaño. Durante años, el foco se apartó de lo puramente tenístico. Zverev fue señalado por denuncias de exparejas por maltrato físico y estuvo involucrado en incidentes violentos en la cancha, como cuando destrozó una raqueta contra la silla del umpire en Acapulco 2022 (fue descalificado por ello). Todo ello formó parte de un perfil sombrío de un tenista que tocó el puesto número 2 del mundo en junio de 2022 (ahora está a 2605 puntos de ese escalón, ocupado por Alcaraz).

“Sufrí lesiones, decepciones, derrotas, incluso perdí en momentos cruciales. Pero al final soy campeón de Grand Slam y eso es lo que cuenta”, desahogó Zverev. Ya no tendrá que escuchar aquella pregunta (esa sentencia hiriente y malintencionada) sobre deudas pendientes de los talentos sin corona. Ahora es, oficialmente, campeón de Grand Slam.

Lo mejor de la final de Roland Garros

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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