Michael Kayode, hijo de inmigrantes nigerianos que creció cerca de Turín y que pasó por la Juventus y la Fiorentina, ejecuta saques laterales en Brentford con la precisión de misiles capaces de recorrer hasta 39 metros, sembrando el caos en el corazón del área contraria. Anunció que va a convertirse en padre de una niña mediante un video en el que su saque lateral irrumpe en un arco con una nube de humo rosado. Los aficionados le entonan al ritmo de “Volare”, de Domenico Modugno, diciéndole que “coma espaguetis” y “beba Moretti”. Tras los 21 goles del brasileño Igor Thiago, sus lanzamientos de jabalina se han convertido en el gran recurso ofensivo de Brentford. También son reflejo de una Premier League que ha sofisticado como nunca las jugadas a balón parado. Una herramienta valiosa, pero que puede devolverse como un búmeran. Lo sabe Arsenal, líder durante gran parte de la temporada, pero ahora en crisis, temeroso de terminar segundo por cuarto año consecutivo.
El Arsenal de Mikel Arteta sofisticó como nadie los tiros de esquina. Jugadores que arrancan desde lejos, se entrecruzan, se bloquean y el rematador que vence a un portero sorprendido en su salida. Planificación meticulosa, basada en las debilidades de cada rival, a cargo de un especialista francés (Nicolas Jover) que se inspiró en acciones del deporte de Estados Unidos, que tiene un mural propio en el Emirates Stadium y que recibe bonus por cada gol “suyo”. También los aficionados lo celebran: “Set-piece again, olé olé” (otra vez balón parado, olé olé).
Obsesivo famoso, exjugador del club en la era dorada de Arsène Wenger, Arteta, entrenador de Arsenal desde 2019, con apenas 36 años, y contrato hasta 2027, se hizo viral cuando, en la víspera de un partido, intentó contagiar energía a sus jugadores visualizando una lámpara y un cable eléctrico. Más recordado fue cuando en una cena contrató a carteristas profesionales, pidió al final de la noche a los jugadores que revisaran sus bolsillos y les recordó la necesidad de estar siempre alerta. Es el entrenador hiperexigente y competitivo que alguna vez pidió un uniforme negro intimidante en el terreno de juego visitante y que tuvo una perra mascota llamada “Win” (Ganar), que debía ser cuidada colectivamente por la plantilla.
Esa máquina de ganar, agotada, comenzó a ceder ahora en el momento de mayor presión. El juego decayó y la pelota parada se valoró en oro. Un 1-0 valioso en marzo en la difícil cancha de Brighton generó polémica. Arsenal tardó más de treinta minutos para reanudar el juego tras cada interrupción. Cada córner (Arsenal acumula un récord de 17 goles por esa vía) exigía 44 segundos de espera para reiniciarse.
“¿Vieron alguna vez en un partido de la Premier League que un portero caiga tres veces?”, se enfadó Fabian Hurzeler. El preparador alemán de Brighton habló de un Arsenal que tenía “reglamento propio” y afirmó que ningún equipo suyo jugaría de esa manera. “No es bonito, ¿pero acaso habrá un asterisco por ganar así?”, ironizó el periodista Daniel Taylor, aunque reconoció el debate porque Arsenal cuenta con un presupuesto millonario y jugadores de calidad. “Ver jugar al Arsenal es doloroso, pero tal vez así se gana”, tituló Barney Ronan tras el empate sin goles en la Champions ante el Sporting de Lisboa.
Las crónicas recuerdan hoy no solo el drama del Arsenal y su, ahora, posible cuarto puesto seguido, sino también la historia de un Arsenal con antecedentes de juego mezquino. El de finales de los años 30, cuyo DT campeón George Allison se declaraba amante del 1-0. Los cánticos de los rivales “Boring, boring Arsenal” de hace cuarenta años, cuando Nick Hornby escribía en “Fever Pitch” que ese cántico era una “medalla de honor”, el “espectáculo en forma de dolor”.
Sin embargo, las estadísticas de la Premier desnudan que más de una decena de equipos demoran hoy más que Arsenal en reanudar el juego. Laterales-lanzadores, córners que parecen un scrum de rugby, despejes iniciales que solo buscan avanzar territorialmente. La historia también contempla a muchos campeones con elevados porcentajes de goles de balón parado. Pero resulta novedoso en esta Premier, la liga más lujosa del mundo (aunque con un déficit de más de 2.000 millones de dólares). Que cuenta con seis de los diez clubes más ricos del planeta. A once de los trece que más dinero gastaron en el último mercado. Y cuyo último clasificado, Wolverhampton, ocupa el puesto 29 a nivel mundial en riqueza.
Jonathan Wilson escribió semanas atrás que, además del desgaste físico que impone, la Premier sufrió esta temporada en Europa por haber quedado casi prisionera de la goleada de balón parado (“si esa es la única herramienta que tienes…”). Ayer, el Paris Saint‑Germain y el Bayern Múnich disputaron una inolvidable semifinal de ida de la Champions. Nueve goles, regates, golazos.
Arsenal, único superviviente inglés (juega hoy contra el Atlético de Madrid), acaba de afrontar el impacto psicológico de haber perdido la liderazgo de la Premier ante el Manchester City. Durante semanas de persecución, Pep Guardiola, entrenador del City, célebre por su intensidad, pareció relajado como nunca. Con una vestimenta más informal, ciertas opiniones políticas y una vuelta táctica al “pasado” para triunfar en el fútbol moderno. Guardiola dijo también que estaba parcialmente de acuerdo con su colega del Liverpool, Arne Slot, de que la Premier ha sido menos atractiva de ver esta temporada. “Es parte del juego”, había comentado Slot, resignado. El entrenador de Liverpool deseó que el campeón del Mundial que viene juegue un fútbol más estético y marque goles en juego abierto. No es el único.