En la noche del 16 de agosto de 2005, apenas un día antes de su debut, Lionel Messi bajó al lobby del Hilton de Budapest, en Hungría. Pasó por la recepción para pedir pilas nuevas para el control remoto de su televisor, que no respondía. Se cruzó con periodistas argentinos que habían llegado allí exclusivamente por él. Compartió unos minutos de conversación antes de regresar a su habitación para hacer zapping y aguantar las horas de concentración.
Un muchacho tímido, pero común entre la gente. Incluso cuando ya se vislumbraba que sería una estrella a nivel mundial. Al día siguiente, el partido resultó desastroso. Ingresó en el segundo tiempo y Markus Merk, árbitro alemán tan severo como ansioso por aparecer, lo expulsó en menos de dos minutos por propinarle un manotazo a Vilmos Vanczák, que se había colgado de su camiseta porque no conseguía alcanzarlo. Más tarde, el defensa húngaro admitió que exageró para obtener la roja.
Lloró como cualquiera de los 18 años que llega a su gran jornada y comete un error… de novato. A partir de ese momento aprendió una lección: no importaba si la expulsión era correcta o injusta. Ni siquiera debía darle al árbitro la posibilidad de equivocarse. Con el tiempo aprendió a soportar agarrones, patadas y todo tipo de falta sin responder.
Tuvo deslices, sí. Curiosamente hacia el final de su trayectoria. Casi siempre pidió perdón. Incluso por aquel célebre Topo Gigio dedicado a Louis van Gaal, episodio que la afición recuerda como algo apreciado, por su tono de argentinidad. No obstante, él mismo afirmó: “Me arrepentí apenas lo hice. No me gusta verme así”.
Nadie puede vivir una vida común con su carrera. Los goles, los premios, el dinero, el éxito, la fama. Pero ni siquiera lo usa como excusa. En cada aparición pública se esfuerza por mostrarse como una persona normal. Seguramente sabe, por dentro, que sus dones y destrezas no son habituales. Y aun así no lo dice. Parece luchar contra el egoísmo y la vanidad. Luchó por ser común, desde el primer partido hasta el último. Sólo agradece por lo que tiene, por lo que le tocó. Incluso con referencias religiosas. Prefiere atribuirle al ámbito divino aquello que muchos ven como su virtuosidad genial.
Claro que cambió con el tiempo. Imposible que no ocurriera. Se nota en algunas actitudes irascibles en la MLS que llaman la atención por estos días de tremenda angustia familiar. Porque Messi casi nunca fue así. Hasta eso puede ser una referencia humana, aunque muchos argentinos repitan que es Dios. Pues no lo es. ¿Quién no se ha quedado sin pilas en el control de la tele?