El deporte suele estar más asociado a imágenes de combate que a símbolos de ternura. Parece que nos resulta más sencillo pensar en términos de lucha. Hacía muchos años, cuando narraba partidos para ESPN, el veterano locutor Ricardo Martínez Puente me repetía que describir un juego con lenguaje violento es una gran limitación, porque la esencia del deporte es, a fin de cuentas, la belleza. «Dañar a la defensa», «acabar con el rival», «un equipo que está muerto» eran, para él, comparables a los fuegos artificiales en fiestas para los perros.
Un juego como el rugby, de carácter colectivo, físico y con esa cualidad de malabares que lo distingue, es más bien una entidad viva. Es la fusión entre materia y información que existe en las células de todo ser vivo.
Ese ser vivo, este deporte tan apasionante, parece estar atravesando una metamorfosis. Hoy los ataques son más espectaculares y contundentes que nunca. Estamos viendo resultados, tanto en pruebas internacionales como en finales de torneos europeos y del Super Rugby, de goleadas y de festivales de tries. En algunos casos esas diferencias numéricas se convierten en objeto de estudio para psicólogos, pero también para científicos del deporte. El ejemplo de la final del Súper Rugby, cuando Hurricanes venció 60-5 a Chiefs, es paradigmático: fue la mayor diferencia histórica del certamen y el Chiefs, subcampeón de una plaza privilegiada en el ventoso Wellington, había protagonizado una semifinal memorable. Esa semifinal terminó 49-12 y fue uno de los «partidos del año».
Los “partidos del año” no significan gran cosa, pero suelen simbolizar la belleza cinética que se despliega. La inteligencia deportiva y la capacidad física son, en última instancia, el motor de todo lo que sucede en grandes eventos deportivos, como el Mundial de fútbol, el Nations Championship de rugby o el torneo de Wimbledon. Nos hacemos a la idea de presenciar algo que cuesta describir, y al mismo tiempo esa promesa es explicada mejor que con esas extrañas estadísticas que tratan de hacerlo.
Los ritmos de ataque y defensa
En YouTube se puede localizar el instante exacto en que el rugby dejó de ser un juego centrado en la ofensiva para convertir a las defensas en protagonistas. Todo comenzó cuando Irlanda intentó penetrar sin éxito el in-goal de Los Pumas en el choque de cuartos de final de la Copa del Mundo de 1999 en Lens, Francia. El momento en que Stuart Dickinson señaló el final y Felipe Contepomi, con una sonrisa astuta, lo abrazó en lugar de darle la mano, marcó el momento en que las defensas se volvieron, y pasarían casi una década, el eje ordenador de la conversación sobre el deporte.
Los dioses del rugby volvieron a favorecer el ataque en el ciclo 2009-2017, cuando dominaron los All Blacks, ganando dos Mundiales y recordándonos que para atacar bien hay que pulir la técnica, como enseñaba Miyagi a Daniel-san en Karate Kid. Eso, además de correr siempre más que el rival. Porque atacar bien implica ocupar espacios con antelación.
Las defensas recuperaron protagonismo en el último Mundial. El duelo cerrado entre Nueva Zelanda y Sudáfrica da prueba de ello. En esa época oí voces que decían que el juego era aburrido, que cada vez más equipos pateaban debido a defensas cerradas, organizadas y casi pétreas. El uso del pie, lejos de ser una simple salida, pasó a ser una nueva forma de ataque, un paso hacia el nuevo ciclo del juego.
El ataque y la pasión
Desde hace tiempo el rugby tiene más protagonistas que los All Blacks. En repetidas ocasiones he destacado las aportaciones de la Francia de Fabien Galthié y de los Springboks de Rassie Erasmus, equipos con recursos ofensivos distintos para variados paladares.
El último fin de semana Francia dio un nuevo paso adelante. El inicio del Nations Championship, la nueva competencia que enfrenta a equipos del Sur y del Norte a lo largo de la temporada, desajustó un poco el calendario de los bleus, que contaban con el permiso de sus estrellas por haber concluido recientemente el Top 14. “Ningún problema”, afirmó Galthié, que optó por una plantilla alternativa como oportunidad para ensanchar la base. En un partido que definió la belleza como eje esencial y motor convocante del deporte, Francia y Nueva Zelanda ofrecieron un festival de tries de una calidad técnica, de un razonamiento táctico, de una gracia y velocidad en cada jugada que mereció ser analizado. El marcador, 34-32, concedió un punto de bonus ofensivo para ambos conjuntos.
Horas después, desde la zona horaria opuesta, los Pumas también intentaron lograr el punto de bonus, no como fin último, sino como consecuencia de un estilo de juego ya consolidado, visible, por ejemplo, en Edimburgo en noviembre. Aquel día, el poder ofensivo argentino rescató un partido que parecía perdido.
Siguiendo las recomendaciones de Martínez Puente, no diré que Escocia venía a vengar aquella derrota. Prefiero insinuar que buscaba medirse a sus propias limitaciones.
Y poner límites a veces —como solemos repetir— es un gesto de amor. Esa restricción nos ayuda a mejorar. Ahí radica la diferencia frente a las metáforas bélicas, que sólo sirven para destruir.
En un encuentro en el que los Pumas mostraron una cuota de dominio menor que en aquel match en Murrayfield, observé un patrón común que explicaría la tendencia a ver marcadores altos en las citas de mayor calibre. Las defensas se exigen cada vez más, y eso se debe a la precisión técnica en el contacto y la salida de la pelota, a la ocupación de los apoyos y a la velocidad para atacar repetidamente en las fases siguientes. Hoy, el rugby profesional prácticamente no admite juego lento y especulativo. Además, defender, y sobre todo retroceder, implica una fatiga física mucho mayor y, por ende, genera dudas dentro del equipo.
A juzgar por los resultados y, sobre todo, por lo que se ve en la cancha, parece que las defensas no alcanzan a los ataques. Pero no debería faltar mucho para que esa ecuación se invierta. Imagino a los entrenadores de defensa trabajando con ahínco; tal vez, si olvidamos la mística de Martínez Puente, podría decirse que los técnicos son como detectives siguiendo las huellas de un criminal que podría haber dejado rastros por algún lugar.