Juicio por el asesinato del rugbier Federico Martín Aramburú: revés contundente para la defensa

10 septiembre, 2026

PARÍS – En la tercera jornada del proceso contra los responsables del asesinato de Federico Martín Aramburú, los ventiladores de la diminuta Sala Voltaire giraban para combatir el calor que provenía de las filas repletas de asistentes, mientras los tubos fluorescentes arrojaban una luz blanca que no perdonaba a nadie. Sin embargo, este miércoles la sala se impregnó de un tipo de impulso distinto. Después de dos jornadas dedicadas a las biografías, los errores y los egos de Loïk Le Priol y Romain Bouvier, el tribunal de París especializado en delitos penales cambió de registro: dejó de lado las historias de la infancia y el escrutinio minucioso de las trayectorias militares. Era el turno de los hechos, crudos, cronometrados y casi clínicos. El objetivo de la sesión: reconstruir, minuto a minuto, segundo a segundo, el tiroteo del 19 de marzo de 2022 que acabó con la vida del ex internacional argentino de rugby, abatido por seis disparos en el Boulevard Saint-Germain de París.

En el estrado, un comisario de la brigada criminal, con el expediente bajo el brazo y una voz pausada pero contundente. Este miércoles eran los investigadores quienes se sucedían ante el jurado, y su relato, metódico hasta la obsesión, fue cerrando poco a poco las fisuras que la defensa había intentado abrir el día anterior: el marco de la legítima defensa, esbozado por Le Priol desde el inicio del proceso, recibió un duro revés.

Todo se inició con una pelea de madrugada, desencadenada por el alcohol y presentada como algo aparentemente banal, que comenzó en la terraza de una brasserie del sexto distrito de la capital. Le Priol desató el conflicto al propinar bofetadas a Shaun Hegarty, amigo y socio de Martín Aramburú. El ex rugbista intervino y derribó a Le Priol al suelo agarrándole la capucha. Se desató una pelea que el personal del local logró contener. Los dos rugbiers se alejaron, creyendo haber dejado el incidente atrás.

Pero esa no es la versión que recuerda la policía.

“Le Priol y Bouvier aún buscaban pelea”, resumió. Le Priol, “muy nervioso”. Bouvier, que “le echó en cara al portero que hubiera intervenido”. Un camarero, advirtiendo el peligro, les mintió para calmarlos: dijo que los rugbiers se habían ido en taxi y que no valía la pena buscarlos. Una mentira inútil. Le Priol se marchó a pie en la misma dirección que sus objetivos. Bouvier subió al Jeep.

Lo que siguió ocurrió en apenas unos segundos, pero el tribunal pasaría toda la tarde analizándolo. Bouvier abrió fuego primero, descargando cuatro disparos “en cuatro segundos”, precisó el comisario. Le Priol llegó justo después, con un revólver de seis disparos, y descargó sus seis municiones, también en cuatro segundos. Dos de esas balas acabarían con la vida de Federico Martín Aramburú.

Pero fue un comentario del investigador lo que cambió por completo la atmósfera de la sala Voltaire. Al ser interrogado sobre la rapidez y la precisión de los disparos, el policía soltó sin rodeos: “Quienes quieren matar suelen vaciar el cargador por completo”. Una frase seca, casi clínica, pero suficiente para provocar un silencio sepulcral entre los presentes, donde desde el lunes se agolpan los allegados de la víctima, curiosos y una decena de abogados repartidos a lo largo del pasillo central.

Detrás de esa observación se oculta una demostración implacable: la de dos hombres expertos en el manejo de las armas. Loïk Le Priol, antiguo miembro de las fuerzas especiales, se habría entrenado para disparar en la propiedad familiar cerca de Draguignan, a unos 20 kilómetros de la Costa Azul francesa. Ese detalle no es inocuo para la acusación: la pericia técnica que habría demostrado, vaciando metódicamente el tambor de su arma, no encaja con la versión de un disparo de pánico, un mero reflejo de supervivencia ante un adversario desarmado pero físicamente imponente.

Pues esa es, precisamente, la línea de defensa que ambos, Le Priol y Bouvier, han mantenido desde el inicio del juicio: sostienen haber actuado por “miedo”, por “instinto”, aterrorizados por la magnitud del ex jugador argentino. Sin embargo, el relato minucioso de los investigadores parece estar desmoronando esa defensa piedra a piedra. Resulta difícil conciliar la imagen de un reflejo instintivo con la que ha ido emergiendo a lo largo de las audiencias: la de dos hombres decididos a “dar batalla”, que regresaron deliberadamente hacia sus objetivos.

Entre el público, la emoción es contenida pero evidente. Los allegados de Federico Martín Aramburú, presentes desde el primer día, escuchan este testimonio detallado con una atención casi dolorosa: oír, bajo el lenguaje frío de la instrucción, los últimos momentos de un hijo, de un marido y de un padre de tres hijos.

Desde el banquillo de los acusados, Le Priol y Bouvier escuchan: uno, ligeramente encorvado tras sus finas gafas; el otro, más erguido y con los brazos cruzados. Dos actitudes, dos estrategias de silencio que no han cambiado desde la apertura del juicio. No se cruzan ni una mirada, como si los tres años y medio de prisión preventiva hubieran terminado de desgastar lo que quedaba de su amistad de extrema derecha, ya descrita el martes como una relación “marcada por la brutalidad” desde hace tiempo.

Dos siluetas que son polos opuestos y, a la vez, están unidas por todo. Loïk Le Priol, 32 años, cabeza rapada y la mirada fija de un antiguo comando marino. Romain Bouvier, 35 años, hijo de buena familia del distrito V de París, el escritor fracasado que coleccionaba armas como otros coleccionan libros raros.

El martes por la noche, la sala había quedado suspendida ante otro tipo de vértigo, uno más íntimo. El de dos hombres que se miran en el espejo de su propia violencia.

Bouvier, el eterno segundo en los concursos de oratoria, que creció entre el piano y la equitación, y que vio morir a su padre a los 17 años, intenta romper con su pasado: “Cuando veo a la persona que era en aquel entonces, me da vértigo”, balbuceó en el estrado. Luego, en un tono más bajo: “Hice un uso lamentable de mi libertad. No dejo de pensar en esas transgresiones que me condujeron al abismo”.

Le Priol, el veterano de los comandos de Montfort, dado de baja tras un incidente en Yibutí, evoca sus misiones en el Sahel y su trastorno de estrés postraumático. Cuando el presidente del tribunal, Franck Zientara, le recordó el video de la expedición punitiva contra el antiguo líder de la organización de extrema derecha radical Grupo Unión Defensa (GUD), Édouard Klein, en el que exclamaba “allí maté a más de uno”, respondió: “Estaba en un estado lamentable, no tenía cabeza”. Provocando el estupor de la sala, su abogado decidió salir en su defensa: “¿Qué tiene de malo matar gente en el desierto cuando se tienen 18 años?”, preguntó.

Son dos líneas de defensa las que se enfrentan: por un lado, la tesis de dos trayectorias arruinadas que buscan la redención. “Obtener el perdón, poder redimirse. Dos cosas a las que cualquiera puede, en teoría, aspirar. Pero ¿cuántas veces? Esa es la pregunta que surge tras los debates del martes por la noche”, señalaba el diario Le Figaro.

Por su parte, la acusación se mantiene implacable. La abogada Véronique Massi, representante de Shaun Hegarty —el ex jugador del Biarritz Olympique que acompañaba a Fede aquella noche en Mabillon y testigo clave del juicio—, lanzó una estocada: “Ustedes actúan, se arrepienten y luego lo vuelven a hacer”. “Evolucionar empieza, precisamente, por no volver a repetir lo mismo”.

En la sala, la división es palpable. A la izquierda, el banco de la acusación. María Aramburú, la viuda, serena y solemne, respaldada por el diputado vasco Peio Dufau, quien acudió para afirmar que este juicio no es un simple hecho policial. En la primera fila, los pañuelos rojos. Siempre presentes. Con una pequeña bandera argentina y un nombre bordado: “Fede”. Son los “Biarrots” —como se conoce a los jugadores del Biarritz Olympique (BO)—, los compañeros de rugby, esa familia del deporte que no abandona a su gente.

A la derecha, las madres de los acusados.

Y en medio, el jurado. Seis ciudadanos elegidos por sorteo que deben decidir: estos dos hombres, que tenían prohibido verse desde 2015 —bajo control judicial tras el caso Klein— y que se encontraron ebrios la noche del 19 de marzo de 2022, cada uno portando un arma, ¿eran asesinos o simplemente matones que perdieron el control?

Se han previsto tres semanas de audiencia para este juicio extraordinario, que también debe esclarecer el papel de Lyson Rochemir, ex compañera de Le Priol, acusada de complicidad en intento de asesinato, y de Anthony Sorrentino, acusado de haber ayudado a Bouvier en su huida hasta Hungría. Este miércoles quedará grabado como el día en que el relato se volvió quirúrgico, en el que la emoción dio paso a la implacable lógica balística. Le Priol y Bouvier se enfrentan a la cadena perpetua. En la sala Voltaire, un cargador vaciado en cuatro segundos parece haber pesado más que tres años y medio de silencio judicial. La jornada era, en efecto, decisiva: si se desestimaban la premeditación y la intención de matar, la pena máxima ya no sería la cadena perpetua. Si se mantenían, Loïk Le Priol y Romain Bouvier corren el riesgo de no volver a salir jamás de la cárcel.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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