Rugby en danza: la atracción que llena las gradas y transforma la emoción en liberación

12 junio, 2026

Si quitamos la pelota, podrían parecer bailarines sobre una cancha, pensé mientras observaba un partido de Banco Nación de los años ochenta. Aguja Gómez, ese medio scrum que parece imposible de atrapar, diestro, que engañaba a los rivales con sus gambetas, parecía el protagonista de un cuerpo en danza. Su nombre podría funcionar tranquilamente como un seudónimo artístico.

Me atrevería a decir que lo más fascinante del juego es su parecido con una coreografía. El pulso y los movimientos libres son, al final, lo que llena las tribunas para ver un partido de rugby.

En Francia comparten esa intuición, y Jerome Daret, entrenador de la selección masculina de seven de su país, con argumentos basados en la neurociencia decidió contratar a Laure Bontaz, bailarina de Dance Hall y coreógrafa, para enseñarles a los jugadores el arte del ritmo a través de ejercicios coordinativos.

En 2020, Jerome Daret, en búsqueda de innovar con nuevas prácticas para sus jugadores, dio con Bontaz. “Quería romper la rutina competitiva, fortalecer el cerebro tanto como el cuerpo, crear burbujas de energía positiva”, dice Laure. “Cuando me pidió que trabajara con él entendí que mi papel sería traducir esa idea en movimiento”

Prepárate para bailar

Ernesto Giudice, capitán de Dogos XV, franquicia del Super Rugby Américas, se acerca a mitad de cancha antes del inicio del partido frente a Yacaré XV. Lleva en sus manos una remera que podría usar más de un millón de personas en Argentina. Estampada en esa remera negra está la cara del Indio Solari, cantante argentino, poeta y autor de himnos con los Redonditos de Ricota. La muerte del ídolo popular en las primeras horas del 5 de julio de 2026 afectó a toda la cultura, incluyendo a la del deporte.

El gesto tiene sentido. Los Redondos son la música de la celebración, del juego, del ritual. Tres sustantivos que maridan con el rugby.

No hace mucho, en aquellos años felices veíamos a los Jaguares jugando el Súper Rugby contra equipos de primer nivel de Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda. El equipo generó una mística propia. Algo difícil por no tener una historia en común que atraiga a los hinchas. Lo que tenía era la promesa de buen rugby con los mejores jugadores del país. Cada partido se transformó, victoria a victoria, en una celebración, en una misa del rugby argentino.

Las entradas en calor de aquél equipo, en pleno césped del Amalfitani, permitían a la gente ir alentando a los jugadores. Cada jugador tenía un momento de entrada en calor individual, como una forma de conexión con el juego desde un momento privado. Ese momento estaba musicalizado y también cada try que marcaba el equipo. Siempre era con el mismo tema: El Indio Solari cantando que iba corriendo a la deriva en el estribillo de “Jijiji” funcionaba como una especie de mantra para ese equipo.

El pogo más grande del mundo

Los orígenes de la danza se remontan a la prehistoria del ser humano. Fue una de las primeras formas de comunicación y expresión mucho antes del desarrollo del lenguaje hablado. Servía como celebración de la caza, de preparación para la batalla, de celebración de un triunfo. También era una forma de marcar hitos como un nacimiento, un casamiento y una muerte.

La danza dejó de ser un acto netamente intuitivo para cargarse de un fuerte simbolismo cultural. Movernos como forma de expresión es una necesidad básica imposible de separar del ser humano, aunque en distintos momentos de la historia haya habido intentos de prohibir el baile.

El deporte y la danza son primos hermanos. Vienen de una necesidad de expresar algo animal y a la vez muy humano. Funcionan como puente entre esas dos partes que nos habitan. Son también elementos de descarga, válvulas de escape. Posibilidades de transformar la emoción en liberación.

En esa lógica, el pogo más masivo del planeta, aquel que solía pedir el Indio Solari en sus recitales, se asemeja a una relanzamiento de juego en el que los forwards buscan avanzar metros frente al rival.

Esa figura brillante era un lujo personal

Durante tres años, Bontaz trabajó con la selección francesa de seven. Eran sesiones de danza orientadas a la sincronización, la coordinación y los cambios de ritmo, buscando mejorar el desempeño en el juego. ¿Qué transmite eso al rugby? Simplemente la noción de ritmo y coordinación, algo extremadamente difícil en un grupo, y más aún en atletas acostumbrados a movimientos más bruscos.

En redes sociales empezaron a filtrarse videos sobre ellos.

“No es necesariamente solo diversión; tiene un aspecto lúdico y entretenido, pero trabajamos cosas muy específicas bailando y cantando”, explicaba Laure Bontaz.

En 2024, Francia, con Antoine Dupont, la estrella de la selección nacional de quince jugadores y campeón del Seis Naciones, obtuvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París. La celebración del equipo distó de parecer una competencia de baile, pero estuvo a la altura de un juego dinámico, vistoso y elegante como es el rugby de siete. Después de vencer a Fiji, otro equipo que representa al deporte y la danza, por 28 a 7, los jugadores ofrecieron un último show. En los parlantes sonaba “Miami”, de Will Smith y el plantel campeón olímpico celebró, no con un pogo, sino con una danza coordinada.

La celebración de Francia en París 2024

El bailarín disfrazado de deportista es un arquetipo moderno. Una especie de héroe que representa a muchos aficionados del deporte. Pueden haber ganado títulos. Aguja Gómez consiguió un par de campeonatos con Banco Nación y un partido histórico contra el seleccionado de Inglaterra en 1990, se destaca en su biografía deportiva. No es, y creo que con justicia, la memoria de sus momentos en el podio lo que queda en la memoria.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

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