En la segunda mitad del siglo XIX emergió un nuevo orden mundial. La revolución industrial y la normativa laboral reorganizaron Inglaterra de tal forma que el sábado quedó establecido como día de descanso. Por ello, el horario del fútbol quedó fijado a las tres de la tarde (la televisión, con el tiempo, lo ajustaría ligeramente para sacar mayor rendimiento). Los sueldos habían aumentado y la clase trabajadora podía permitirse pagar entradas para presenciar un partido. El deporte se convirtió en un negocio rentable. Muchos clubes de fútbol ya abonaban a sus jugadores por debajo de la mesa. Aunque todos tenían empleo adicional, el salario del jugador compensaba las horas dedicadas al deporte y cubría gastos por lesiones. En 1888, la Football Association creó la liga profesional.
En el rugby surgió una fractura: la élite y el establecimiento del sur, la clase obrera del norte y una frontera conceptual en el medio. En el norte, los equipos eran de trabajadores que deseaban cobrar por jugar, igual que en el fútbol. En el sur, la dirigencia, originaria de escuelas privadas y que defendía al rugby como un valor moral, se oponía —y lo hizo durante cien años— a que el deporte se volviera profesional. Así, veinte clubes del norte de Inglaterra abandonaron la Rugby Football Union para crear su propia federación y nació la Northern Union, que estableció su propia liga. El rugby que practicaban era el mismo. Años más tarde, algunas reglas se modificaron. Se redujo el número de jugadores de 15 a 13, se suprimió el line-out y el scrum pasó a ser un simple reinicio del juego. Con esas modificaciones nació un deporte algo distinto.
Entre 1895, cuando comenzaron a coexistir las uniones, y 1922 se fueron incorporando cambios en las reglas. La innovación más importante fue que se eliminó el ruck del juego, y este se volvió más básico, no en el sentido peyorativo de la palabra, sino en cuanto a que quedó libre de momentos considerados burocráticos. Con estas normas se buscaba dotar de dinamismo al juego.
En el rugby league, cuando un jugador es tackleado se reinicia la acción. Ese jugador debe incorporarse rápidamente al suelo, y ese acto marca el tiempo en que la defensa debe retroceder 10 metros y no estar en fuera de juego. Hasta 1966 las posesiones de un equipo eran ilimitadas, con lo cual las defensas debían ser feroces y rápidas para forzar errores no forzados y recuperar la pelota con rapidez. Los primeros años de la nueva disciplina lo definieron como un deporte de defensas duras, de carácter granítico. La especialización aportó la diferencia que años después sería un atributo que el rugby tradicional valoraría y por el que, por una de esas paradojas del destino, llegaría a pagar muy buenas sumas de dinero.
El Hombre de Acero
El 17 de octubre de 1983, Shaun Edwards cumplió 17 años. Ese mismo día, el club de su ciudad natal, Wigan, marcó un hito al firmar un contrato por 35.000 libras esterlinas, la cifra más alta pagada hasta entonces por un jugador escolar. Wigan, cuyos integrantes son mejor conocidos como “los Warriors”, se convirtió en 1895 en uno de los clubes fundadores de la Northern League y, hasta la fecha, es el equipo más laureado de la historia del rugby, con 24 ligas y 22 copas Challenge.
En aquella época, el club de Edwards fue de los pioneros en adoptar la práctica profesional a tiempo completo. Hasta entonces, la mayoría de los jugadores tenían otro trabajo. Así formó una plantilla estelar, con figuras como Andy Farrell y Jason Robinson, con las que ganó siete ligas de forma consecutiva.
En la final de la Challenge Cup de 1990, Wigan se enfrentó a Warrington, otro gigante del norte. Wembley, el antiguo estadio, estaba repleto. St Helen’s, el clásico rival, había sido un obstáculo duro en la semifinal. Un placaje temprano en el partido le fracturó a Edwards un pómulo y la órbita de un ojo. Eso no impidió que disputara todo el encuentro y contribuyera al contundente triunfo por 36 a 14. Ese año le otorgaron el premio “Hombre de Acero” por ser el mejor jugador de la temporada, y eso fue un hito más en la construcción de una leyenda del deporte. En su club conquistó múltiples torneos, tanto ligas como copas.
No fue sino hasta cerca del año 2000 que el rugby tradicional empezó a dar más importancia a la organización defensiva. Una cosa era tacklear —función indispensable del juego—, y otra, defender. Hasta entonces, las prácticas se basaban en el scrum y en la táctica de ataque. Que las defensas no fueran realmente un foco de atención del juego implicaba que los ataques eran menos -podría decirse- barrocos. El abanico de modelos tácticos resultaba más estrecho.
De la sanción a la creatividad
En esos años de inicio de este siglo, el deporte atravesaba la transición hacia el profesionalismo. La preparación física y las defensas más organizadas fueron la novedad. De pronto, en Inglaterra se empezó a abrir la mente. Lo que hace un siglo habría sido motivo de severas sanciones, en el nuevo rugby se consideró innovación y creatividad.
Se comenzó a hablar de tácticas defensivas, por ejemplo, la “Blitz Defence”. El responsable de eso fue Edwards, que en 2001 se integró al equipo de Warren Gatland para colaborar en lo que se convertiría en el dominio de London Wasps en Inglaterra y en Europa durante la primera década de este siglo.
El término “Blitz” que da nombre a la defensa empleada por Shaun en Wasps proviene del alemán y de la táctica militar. En las décadas de 1930 y 1940 las fuerzas armadas alemanas desarrollaron una táctica basada en la velocidad, la sorpresa y la fuerza concentrada. En lugar de agotar al rival en las trincheras, empleaban tanques (Panzer) y aviones (Messerschmitt y Stuka) para perforar rápidamente las líneas enemigas, rodearlas y provocar el colapso antes de que el adversario pudiera reaccionar.
Para entenderlo de manera simple: la defensa Blitz busca avanzar con una línea de hombres bien conectados para dominar el espacio entre un equipo y otro, comúnmente llamada “línea de ventaja” y, así, reducir el tiempo y el espacio de los receptores. El objetivo de esta táctica no es únicamente placar, sino también forzar al ataque a tomar decisiones y, finalmente, entregar la posesión. La defensa pasó a ser una forma de ataque, de obtención y, sobre todo, de sometimiento físico y mental, más que una forma de evitar avances del rival. A diferencia de las primeras defensas, que contenían o flotaban para usar la banda como aliada, esa defensa funciona como invasión del espacio y como un ataque coordinado y devastador.
Un dato de la influencia del rugby league en el rugby moderno es que, si bien no adoptó la defensa Blitz, Inglaterra levantó el Mundial de 2003 gracias a una defensa sólida que aportó a otro referente de ese rugby: Phil Larder, contemporáneo de Edwards. Al contar con varios jugadores de Wasps, fue más sencillo para Larder trasladar a la selección inglesa conceptos defensivos de su disciplina.
La conquista de Europa
Ver a London Wasps era presenciar una nueva era del deporte. Ese equipo, con Warren Gatland como director de rugby, contaba en su plantel con medio equipo que sería campeón de la Copa del Mundo Australia 2003. Parte del éxito de Wasps se debía al dominio físico y táctico en defensa a partir de la implementación de la Blitz de Edwards. En sí, era un experimento, pues Shaun había vivido toda su carrera en el rugby de 13 jugadores, donde el scrum y el line no se disputan como plataformas de confrontación. Gatland confiaba en su idea de construir la estrategia sobre trece hombres defendiendo en la línea y tratando de sofocar el ataque.
Aquel era un equipo que ganaba por demolición. La pelota recuperada era su alimento. La presión, su lema. Así ganó tres Premiership. Después vino la conquista de Europa, al obtener lo que en esa época era la Heineken Cup (hoy Champions Cup).
Gatland, que se había alejado unos años para dirigir a la selección de Gales, volvió a llamar a Edwards, con un nuevo reto. Esta vez, la Defensa Blitz no era un experimento, sino una fórmula probada. En Gales obtuvieron cuatro veces el torneo de las Seis Naciones.
Una vez concluido el ciclo exitoso en Gales, Edwards volvió a sorprender al mundo del rugby. En 2020, Francia anunció que se incorporaba a las filas del cuerpo técnico de Fabién Galhié hasta el Mundial de su país. En la selección francesa se mantuvo hasta 2026 y logró tres veces el Seis Naciones, competencia en la que el Gallo no triunfaba desde hacía mucho y lo hizo con el Grand Slam de 2022, el primero en doce años.
Su labor se apreció de inmediato. En aquel último año previo al Mundial de 2023 los Bleus presentaron un in-goal menos vulnerado en todo el año, con apenas siete tries recibidos. La disciplina que añadió a Francia, un equipo históricamente talentoso para atacar pero algo disperso para defender, convirtió a esa versión del Gallo en uno de los conjuntos más poderosos de esta época.
Bien al Sur
Si de innovar se trata, Argentina es un ejemplo. En 1997, por necesidad pero también por urgencia, se contrató al ex entrenador de los All Blacks Alex Willie. La renuncia de los preparadores de aquel momento llevó al neozelandés a pasar de ser consultor y asistente a tomar las riendas.
En la gira de noviembre próximo veremos a Shaun Edwards en el cuerpo técnico de Felipe Contepomi. A un año del Mundial, el head coach implementó algunos cambios estratégicos en su staff. Sumó a Mario Ledesma para el scrum, tema de discusión durante gran parte de este ciclo, y a Edwards para la defensa. Los tries recibidos en la temporada —algunos, demasiado fáciles— también hablan de un aspecto que requiere mayor atención. En ataque, en este ciclo los Pumas mostraron que tienen suficientes herramientas, pero el juego moderno se basa en la conexión de las piezas. Y sigue siendo cierta la idea de que las defensas son lo que impone campeonatos.
La temporada 2026 está resultando agridulce para los Pumas, que no contaron con su mejor plantel en ningún test. El partido que abrirá la ventana de noviembre representa una buena oportunidad para observar cambios. Enfrentarán a Irlanda, con Andy Farrell como entrenador, viejo conocido de Edwards con quien compartió bata de Wigan en el rugby league. Después vendrá Italia, que, con Gonzalo Quesada y Germán Fernández, se ha convertido en un equipo más atrevido en ataque.
El último partido de la ventana será un choque digno de verse desde el inicio: Edwards conoce de sobra los secretos de la Francia conducida por Galthié. Un estratega de ese calibre ya estará pensando en dónde podría debilitar a ese equipo con el que convivió durante seis años.
Sin duda veremos a los Pumas atacar sin la pelota, ocupando el espacio y obligando al rival a tomar decisiones apresuradas. Los argentinos ya son un conjunto muy eficaz y peligroso con la pelota recuperada. La incorporación de una defensa entrenada por Edwards promete exhibir un equipo que hará de la presión su lema, que will mantener la línea en el centro de un bloque y en el otro. Ganar esa línea como único objetivo para cada jugador de los Pumas. Con eso debe estar soñando el hombre de acero nacido en Wigan.