PARIS.– La abogada Sophie Thonon es una de las figuras más estimadas de Francia, gracias a su trayectoria y a su dedicación a la defensa de los derechos humanos, especialmente en América Latina. Defensora de las familias de desaparecidos franceses durante las dictaduras de Argentina y Chile, y presidenta de la Asociación Francia-América Latina, representó también a Argentina en el caso de extradición de Mario Sandoval, antiguo agente argentino procesado por su presunta participación en crímenes cometidos durante la dictadura militar.
En la actualidad, Thonon actúa como representante de Cecilia Aramburú, la madre de Federico Martín Aramburú, en el proceso contra sus asesinos, Loik Le Priol y Romain Bouvier, cuyo inicio tuvo lugar el 7 de septiembre en París. LA NACION realizó con ella una valoración de los primeros días del juicio.
—A su juicio, ¿cuál fue el instante más significativo de la semana desde la óptica judicial?
—Es muy complejo señalar un único hito. Un proceso así se compone de una sucesión de momentos destacados. Hasta ahora, las comparecencias han sido principalmente de peritos y técnicos. La primera parte de la semana, equivalente a un tercio de la duración total, estuvo centrada en los hechos. Se presentaron numerosos especialistas. Uno de ellos, un doctor, describió las trayectorias de las balas a través del cuerpo de la víctima. En ese instante, la familia de Federico abandonó la sala. Otro perito examinó las armas incautadas en el domicilio de uno de los acusados, Bouvier, quien en realidad contaba con un enorme arsenal, con 1.080 municiones, y que parecía coleccionarlas. También participaron de manera notable tres investigadores policiales que analizan diferentes momentos de lo ocurrido, a los que los abogados de las víctimas pidieron explicar cómo se llevó a cabo la investigación y qué criterios se siguieron. Conviene recordar que uno de los acusados (Bouvier) no dio muerte no por falta de voluntad, sino porque no llegó a lograrlo. Tenía una pistola con cuatro balas; el otro (Le Priol) disponía de una pistola con seis. Se les preguntó entonces qué implica que alguien vacíe todas las municiones del arma. Un policía con más de treinta años de experiencia afirmó: “eso demuestra la voluntad de matar”. También se indagó sobre cómo evaluaron la actitud de las víctimas frente a la primera contienda y la de los acusados tras ella. Todos respondieron lo mismo: las víctimas futuras se defendieron y se apartaron, se fueron a descansar a un hotel. En cambio, los acusados no adoptaron esa conducta. Mostraron una voluntad evidente de venganza. Para ellos, la pelea no había concluido; había que localizarlos y resolver el asunto. En síntesis, lo que hicieron fue liquidar a Federico.
—Al contemplar día a día esos debates, resalta un hecho concreto: Federico y su amigo se retiraron, desarmados, creyendo que el incidente había concluido, mientras que los otros dos afirmaron que había que terminarlo y salieron a localizarlos, armados. ¿No le parece que ese detalle desmonta la tesis de la defensa, que intenta presentar los disparos como acciones sin intención de matar, como tiros de advertencia o temor a la magnitud de Martín Aramburú, etc.? En definitiva, ¿no constituye eso una prueba contundente de premeditación?
—Sí, indudablemente se trata de premeditación. Ellos salieron a buscarlos para purgar lo que consideraban inconcluso. Volviendo a un momento muy emocionante —y en ese instante también se fue la familia de Federico de la sala— fue cuando se escucharon los disparos. A pesar de las quejas sobre la proliferación de cámaras de video en la vía pública en Francia, hay que reconocer que, en un caso así, resultaron muy útiles. Todas las boutiques del boulevard Saint-Germain contaban con grabación, y el bar-restaurante Mabillon, donde se originó la primera pelea, también. Había una sola que tenía grabador y así se pudieron oír los disparos. Cuando los miembros del jurado escucharon los primeros cuatro disparos y después los otros seis, quedaron aterrados. Estaban indignados. Porque ahí se escuchaba la voluntad de matar, la voluntad de liquidar. Diría que esos disparos impresionaron más que las numerosas fotos vistas durante la semana.
—¿Cuántos abogados de la acusación hay en el equipo? ¿Cada uno tiene un trabajo particular?
—Del lado nuestro hay una abogada para los hijos de Federico. El más chico, Santiago, tenía cuatro años cuando mataron a su papá. Después está la abogada de Shaun Hegarty, que estaba con Fede, y era su socia. Está Yann Le Bras, que es el abogado del padre de Federico y de su viuda, María. Y yo, que soy la abogada de la madre.
Por parte de la defensa, es decir aquellos que defienden a los cuatro acusados, son cuatro.
—¿Ustedes trabajan en equipo? ¿Se reúnen y deciden una estrategia común o cada uno trabaja independientemente?
—Sí, nos reunimos, por supuesto, pero es cierto que las preguntas, las intervenciones de los abogados, surgen un poco según las declaraciones de la gente. A veces se puede decidir una estrategia general. Por ejemplo: no vamos a hacer ninguna pregunta, o al contrario hay que insistir con preguntas a tal persona. Pero, de lo contrario, son preguntas que se hacen conforme al contenido de las declaraciones de los que vienen a hablar, a testimoniar ante la corte.
—En su caso, se incorporó al equipo un poco más tarde…
—Así es. Vengo con experiencia en juicios diferentes, juicios de lesa humanidad o de extradición. Cada uno tiene su propio perfil en este caso y defiendo a una figura distinta.
—LA NACION tuvo hace tiempo la oportunidad de entrevistar a Cecilia Aramburú, la madre de Federico. En aquella ocasión, me pareció que estaba muy centrada en destacar lo que usted aborda como especialidad, la violencia de la extrema derecha, el odio racial… ¿Estoy equivocado?
—No, no. Es cierto que esa es una de sus preocupaciones. Lo hablamos con frecuencia. Pero las referencias a la pertenencia de los acusados a grupos de extrema derecha, como el GUD, o las alusiones a la Reunión Nacional (RN, el partido de Marine Le Pen), están omnipresentes. Y es un tema muy importante para Cecilia.
—Siguiendo día a día los testimonios y las declaraciones de los expertos, uno tiene la sensación de que la estrategia de la defensa es de una fragilidad extrema. Hubo incluso un especialista, el policía cuestionado por haber sido ex jugador de rugby, que afirmó “fue una ejecución”. ¿Si usted fuera el abogado defensor, estaría muy preocupado o no?
—Por supuesto que el crimen no se puede negar. Es evidente y también lo reconocen. Y los acusados lo admiten. Pero hay que recordar que este tipo de actos conllevan una pena. Y esa pena se agrava, se hace mucho más severa si se admite premeditación y la voluntad de matar, que matar no fue un accidente. De manera distinta, la defensa pelea por la línea de la no premeditación. Todas las preguntas apuntan a esa dirección. Aprovechan cada detalle mínimo, la posición de la víctima, la ubicación del tirador, los segundos entre una acción y otra. En todo caso, a mi juicio, pelean sobre fundamentos bastante frágiles.
—¿Quién tiene que calificar esto? Es decir, ¿premeditación o no?
— Es el jurado quien decide la culpabilidad. El jurado formula muy pocas preguntas, casi ninguna, porque en un juicio criminal hay que rehacer toda la instrucción desde cero. Por eso toma su tiempo. El jurado llega sin saber mucho más que lo leído en la prensa. Sus integrantes tienen derecho a preguntar, observan las pantallas cuando se exhiben videos y fotos, e incluso escucharon los disparos, y finalmente se retiran para deliberar. Pero eso ocurrirá al cierre de la tercera semana. Allí se determinará la culpabilidad de los imputados y, después, se apreciarán atenuantes y si existió o no premeditación.
—En el momento de los alegatos, ¿cada abogado presenta el suyo?
— Sí. No hay un único alegato compartido; cada abogado expone su propio argumento porque cada uno defiende víctimas distintas. Por ejemplo, el argumento de mi colega, que representará a los hijos de Federico, será de un tipo distinto al mío, centrado en la tragedia de una madre que perdió a su hijo.
—Esto es un juicio penal; por ello, los acusados podrían recibir cadena perpetua. Pero, ¿también existen compensaciones por daños para las familias?
—Sí, por supuesto. Pero el proceso se divide en dos fases. Habrá una etapa final en la que se dictará la culpabilidad, y luego, en una sesión más breve que se celebra el mismo día, se decidirán las indemnizaciones. Aún no hemos discutido ese punto entre nosotros.
—¿Cree que habrá apelaciones por parte de los acusados?
—Todo depende de la pena impuesta. Si las condenas son leves, el defensor podría aconsejar no apelar. Pero si se trata de 30, 40 años o cadena perpetua, es muy probable que opten por recurrir.