Pampas, campeón indiscutible. Sobresalió tanto en el desarrollo del juego como en el resultado. Fue una velada casi de ensueño, con pasajes de gran calidad que se alternaron con lapsos de inexactitud que retrasaron la definición. Un equipo que mostró claro carácter y mostró autoridad sobre la cancha.
“Pampas, campeón”, fue el grito que todos los jugadores y el cuerpo técnico llevó en las camisetas para recibir la copa. “Estábamos plenamente seguros de triunfar. Vinimos a Córdoba con el objetivo de llevarnos el título”, declaró uno de los protagonistas del encuentro decisivo, Faustino Santarelli, wing forward formado en Newman. Con una plasmada calma de satisfacción, el equipo dirigido por Juan Manuel Leguizamón inició la fiesta. El 26-17 frente a Dogos XV, en la final de Súper Rugby Américas, dice mucho por sí mismo.
La supremacía de la franquicia de la capital quedó marcada desde el inicio, incluso dejando margen para una diferencia mayor. Tomó la iniciativa desde el pitido inicial y llevó el dominio de las melés y las formaciones, salvo el line-out, en el que perdió varios lanzamientos. Defendió bien ante los arrestos desorganizados de Dogos XV y gracias al aporte esencial de la tercera línea, con Santarelli, Juan Penoucos y Lucas Moresco, se llevó por delante a una formación cordobesa desteñida, distante de la imagen sobria y definida que paseó durante todo el campeonato profesional americano.
Pampas campeón, y al diablo con el estigma y con la bestia negra. El adversario rojo lo había amargado tres veces consecutivas en el camino a la gloria: en 2023 al vencerlo por 27-16 en Tala Rugby Club en una semifinal; en 2024 al frustrarlo en el encuentro definitorio con un 37-23 en la cancha de CASI, y en la última temporada, al imponerse por 27-21 en una semifinal jugada en San Isidro.
El triunfo de la franquicia de URBA en Córdoba Athletic Club premia la gran labor del equipo en los últimos ochenta minutos del certamen, los más importantes. Y es la retribución justa a tanto esfuerzo, la recompensa procurada desde enero, cuando se inició el trabajo físico. Las piezas tardaron en engranarse y llevó tiempo que la máquina funcionara. Lo hizo de a ratos, con altibajos, en la etapa regular de la competencia. Pero finalmente Pampas tomó inercia y se hizo difícil de contener. Apareció la identidad pretendida.
Compacto de la final ganada por Pampas
El equipo evolucionó en la última recta, los playoffs, y en esa mejoría encontró la razón principal de la consagración. Pampas dejó de conceder penales sistemáticamente y pasó a defender con más disciplina y paciencia. Y corregido súbitamente uno de los defectos notorios, el equipo se afianzó y ganó confianza. Porque en la otra faceta, la de atacar, ya cumplía con eficacia. En ese sentido, siempre lo caracterizaron la verticalidad, el quiebre por dentro y el desborde. La producción en la semifinal frente a Capibaras XV fue una muestra de ese progreso. Y el modelo por replicar en Córdoba si pretendía vencer al mejor equipo de la temporada hasta entonces. Dogos XV fue el primero en la clasificación general, con 12 victorias y apenas 2 traspiés.
Santarelli postergó unos minutos los festejos y redondeó su testimonio ante la televisión: “Desde que arrancamos el año, pensamos únicamente en llegar a este momento, y por suerte se nos dio. Con Dogos siempre salen partidos parejos; los dos de la clasificación, que perdimos, también fueron equilibrados. Aquellas veces entramos algo dormidos, pero esta vez, no. Salimos a buscarlo de entrada y, aunque al principio nos costó un poco, mejoramos y lo conseguimos… Los 23 que entramos a la cancha jugamos un partidazo”, concluyó.
El festejo de Pampas en el podio
Pampas campeón. Rompió el maleficio. Cruzó el Rubicón. Lucas Marguery, el capitán, levantó la copa y la ofreció a sus compañeros. Todos anduvieron a los saltos, cantando, celebrando… Pampas vivió, por fin, su noche soñada. Derrotó a su bestia negra y durante un año, al menos, ocupará el trono que dejó vacante Peñarol, de Uruguay.