El nombre de Antonio Vázquez Torres no figura entre los más célebres del fútbol mexicano, y quizá resulte injusto que sea así. Nacido en León, Guanajuato, en 1966 decidió participar en un certamen organizado por el Servicio Postal del país de los mariachis para poner nombre a un nuevo estadio de fútbol, pero no a cualquiera. Era un coloso pensado para albergar más de 100.000 espectadores y, aunque en su momento nadie podría anticiparlo, ese recinto reservaría para la historia un lugar privilegiado por múltiples motivos.
Los que querían participar debían enviar una carta proponiendo un nombre, y el más votado sería el seleccionado. Además, y según la fecha en que quedase sellada la carta, quien hubiere sido el primero en sugerir la denominación ganadora sería nombrado padrino oficial y recibiría el privilegio de poseer dos plateas para ver fútbol durante los siguientes 99 años. Vázquez Torres propuso Azteca antes que nadie y él, o sus descendientes, sin duda se sentirán orgullosos de saber que el próximo 11 de junio, apenas 13 días después de cumplir 60 años, el escenario conocido como el Coloso de Santa Úrsula, el mismo que vio alzar la Copa del Mundo a Pelé y a Maradona, dará otro paso para acallar la historia: por tercera vez será la sede inaugural de un Mundial, una plusmarca que ninguna otra cancha de fútbol puede igualar.
A lo largo de seis décadas, o incluso desde antes, el ahora denominado oficialmente estadio Banorte (aunque durante el próximo mes y medio la FIFA decidió recuperar el nombre original y lo bautizará como Azteca Ciudad de México) fue envolviéndose de leyendas, de secretos, de hechos más o menos turbios; pero también de alegrías, de celebraciones, de goles y de mucho fútbol. En ese periodo fue remodelado en cuatro ocasiones, su aforo se amplió, luego se redujo y volvió a crecer. En definitiva, se fue transformando en un mito. Para los mexicanos, por supuesto; pero también para el resto del planeta futbolero.
Abierto al público por primera vez el 29 de mayo de 1966 para un amistoso entre el América local y el Torino italiano (2-2), el verdadero relato en torno a la construcción del estadio había comenzado cuatro años antes.
Sus promotores iniciales fueron Emilio Azcárraga Milmo y Guillermo Cañedo de la Bárcena. El primero era hijo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, un verdadero magnate de los medios en el país. Propietario de la radio más escuchada y, con la aparición de la televisión, quien multiplicó su fortuna con la cadena de canales Telesistema Mexicano. Su primogénito estaba destinado a continuar con la saga, pero como suele ocurrir con herederos de imperios poderosos, su mayor deseo era distinguirse de su padre y, si fuera posible, destacarse aún más. El fútbol fue el camino que eligió para lograrlo.
Cañedo, en cambio, no provenía de una familia adinerada. Su ascenso social y económico lo forjó con trabajo, a partir de pequeños emprendimientos y gracias a su intuición para el negocio, su habilidad para las relaciones públicas y su perspicacia para detectar oportunidades donde otros no las veían.
A finales de los cincuenta y principios de los sesenta, el país que había sido hogar de aztecas, zapotecas, mixtecas y mayas vivía un auténtico boom económico: el PIB crecía sin pausa y la industrialización avanzaba a buen paso. El gobierno unipartidista del PRI, sostenido por la autoridad y la represión cuando era preciso, ofrecía estabilidad política y el mundo financiero elogiaba el “milagro mexicano”. Para las autoridades, el siguiente paso era difundir ese supuesto paraíso más allá de sus fronteras, y para ello había que encontrar la forma de captar la atención de Europa y América del Norte. Comprendieron que la respuesta estaba en el deporte y la cultura, que pasaron a ser los ejes centrales de interés.
Cómo Televisa y la FIFA crearon el negocio del fútbol moderno, un excelente documental producido por Capital 21, la productora del servicio de medios públicos de la capital mexicana, ilustra los lazos estrechos que, desde siempre, unían a los Azcárraga, padre e hijo con los altos mandos del PRI, lo que no solo les facilitó ampliar su cartera de negocios (cualquier parecido con la serie Succession no es pura coincidencia), sino que les dio herramientas suficientes para moverse en distintas esferas del poder. Así, para Azcárraga no resultó difícil designar a Cañedo como presidente de la Federación Mexicana en 1960. Un año después el vínculo se hizo aún más directo: lo contrató para que fuese, a la vez, el presidente del América y su mano derecha en Telesistema. El paso siguiente estaba cantado: la cadena televisiva de Azcárraga obtuvo los derechos de transmisión del fútbol local.
Faltaba una tercera pata, que para Cañedo era igual de crucial: poseer un estadio imponente que satisficiera la sed de fútbol de la afición, pero sobre todo que sirviera como punta de lanza para organizar un Mundial, ya que México había obtenido los Juegos Olímpicos de 1968. Hubo que enfrentar la negativa de Azcárraga padre, pero él conocía las ansias de éxito del hijo. “Un estadio no es solo una construcción”, le dijo, y logró convencer al joven empresario para embarcarse en un proyecto que estuvo a punto de arruinarlo, pero que terminaría consagrándolo.
La construcción del Azteca comenzó en 1962 y fue un caos de principio a fin. En primer lugar se eligió un terreno volcánico que obligó a dinamitar 180.000 toneladas de roca; después resultó imposible excavar cimientos por más de diez metros debido a las capas freáticas que inundaban el terreno, lo que indujo modificaciones sustanciales a los planos originales y dio al estadio su impresionante altura; más tarde, fue necesario desalojar por la fuerza a miles de campesinos pobres que habitaban la zona para instalar el edificio, los estacionamientos y abrir las vías de acceso desde el centro de la ciudad, lo que provocó quejas y disturbios incluso el día de la inauguración.
La cadena de contratiempos impactó el presupuesto, que se incrementó a más del doble de lo previsto. Azcárraga pidió ayuda a su padre y solicitó créditos a bancos, entre ellos el Banorte, que regresaría a escena seis décadas después. El plazo original de dos años se extendió a cuatro, con interrupciones por falta de dinero y protestas laborales en medio. Y hasta aquella tarde soleada de mayo de 1966, cuando la pelota comenzó a rodar, fue un periodo tumultuoso. El presidente de la nación, Gustavo Díaz Ordaz, acudió al primer partido y recibió un silbido unánime de las 110.000 personas que llenaban las gradas porque llegó una hora tarde, con la comitiva bloqueada en el único camino que conducía al recinto.
Aun así, dos años antes, cuando todavía era apenas un esqueleto que encerraba una promesa, el futuro Azteca comenzó a dar frutos. Fue el as de espadas que, durante los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, situó a México en el tablero para vencer a Argentina y obtener la sede del Mundial de 1970. La maquinaria del negocio empezó a girar. Después de 38 años sin festejos, el América fue campeón en la campaña de la inauguración, Cañedo se ganó un lugar como vicepresidente de la FIFA gracias a su talento para fusionar las confederaciones de Norte y Centroamérica en la naciente Concacaf, y los avances tecnológicos iban acercando las imágenes de la Copa del Mundo a los televisores de todo el planeta. El resto llegaría en 1970.
Los adelantos en la transmisión por satélite desde el Mundial de Inglaterra 1966 habían sido notables. Cuatro años más tarde, cualquier cadena televisiva del mundo que pagara derechos podría ver directamente los partidos que quisiera por primera vez en la historia. Lo sabía Azcárraga y lo sabía Cañedo, quien consiguió que la FIFA vendiera a Telesistema Mexicano (la futura Televisa) los derechos en exclusiva para revenderlos como les conviniera.
De esa manera, el mundo tuvo la oportunidad de contemplar una historia con final feliz que pocos guionistas se hubieran atrevido a imaginar: un estadio colosal como escenario para ensalzar al jugador más deslumbrante que haya conocido el fútbol hasta entonces y a un equipo que quedaría grabado en la memoria colectiva. El Azteca, Pelé y la selección de Brasil en 1970 se convirtieron en iconos que en su momento parecían inalcanzables. Pero aún faltarían muchos capítulos por escribir.
Apenas doce meses después, el estadio recibió un torneo que pasó desapercibido para muchos y que la FIFA aún no considera oficial, al no haber sido la organización la encargada: la segunda edición de un Mundial de Fútbol Femenino. Participaron 14 equipos y la respuesta popular fue tan multitudinaria como la que había seguido a Pelé, Jairzinho, Tostão, Gerson y Rivelino un año antes. 100.000 personas en el México–Argentina de apertura y una cifra similar en la final, cuando Dinamarca venció a las anfitrionas. Esas cifras le dieron cada vez más la razón a Azcárraga.
En aquel torneo, Diego Armando Maradona ofreció el repertorio más sublime de su carrera, llevando a la selección Argentina a conquistar su segunda estrella. Dos goles inolvidables a Inglaterra, otros dos a Bélgica, y el pase milimétrico para el grito decisivo de Jorge Burruchaga en la final ante Alemania. El Azteca ya era una leyenda del fútbol mundial. Los cuarenta años transcurridos desde entonces no hicieron más que engrandecerla.
La celebración de la Copa de las Confederaciones de 1999 impulsó una segunda remodelación en la que la capacidad se redujo a las 110.000 localidades originales. Y el acuerdo para emplear el estadio en partidos de la NFL llevó, en 2016, a incorporar zonas VIP, suites ejecutivas, asientos club y palcos nuevos que encarecieron las entradas, pero redujeron aún más el espacio disponible para el público hasta 83.000 personas.
Entre el 26 de mayo de 2024 y el 28 de marzo de 2026, el estadio cerró de nuevo sus puertas para someterse a una renovación integral de cara al Mundial que estaba por comenzar. Con una inversión de 300 millones de dólares, financiada por Banorte, la misma entidad que financió la construcción originalmente, se transformó en un recinto de la actualidad: pantallas LED, monitores 4K, mejoras en accesibilidad y en la circulación interna, restaurantes, terrazas panorámicas, un aspecto exterior y de techo semejante al del Allianz Arena de Munich… y la esperada recuperación de parte de los asientos, hasta 85.500, para que el 11 de ese mes el México–Sudáfrica marque el inicio de una nueva era y se rompa un nuevo récord.
Se llamó Guillermo Cañedo durante unos meses en 1997; se denomina Banorte desde 2025. Pero para todo el fútbol mundial es y será siempre el Azteca, el coloso que Pelé y Maradona engrandecieron aún más, el que por tercera (o cuarta) vez escuchará el silbato inicial de una Copa del Mundo, aquel que hace 60 años Antonio Vázquez Torres bautizó con una simple carta.