Tomás Casares reimagina el declive de los Miami Sharks, la franquicia impulsada por empresarios argentinos en Estados Unidos

6 junio, 2026

La caída de Miami Sharks, la franquicia de rugby impulsada por empresarios argentinos, dejó más preguntas que respuestas sobre el desarrollo de ese deporte en los Estados Unidos. A casi un año desde que se cerró el proyecto, Tomás Casares, jugador formado en Newman y con experiencia en la Major League Rugby (MLR), ofrece una mirada interna sobre un proceso que combinó ambición, desorden organizativo y una estructura de liga aún frágil. “Para mí, sigue siendo inestable… No hay ninguna certeza”, advierte a LA NACION, refiriéndose a un panorama que convive con la preparación del Mundial 2031, que Estados Unidos organizará.

La frase no está aislada. Casares, que ingresó a la liga norteamericana en 2022, describe una competencia que, pese a algunos avances, no logra consolidarse. “Se retiraron como seis equipos el año pasado, seis franquicias”, comenta, al referirse a un proceso que redujo la competición a solo seis participantes. A su entender, ese ajuste elevó el nivel deportivo, pero dejó al descubierto una debilidad estructural que persiste. “Creo que este año es el más competitivo, y eso se debe a la reducción de franquicias, pero en cuanto a estabilidad, la liga no ofrece certezas”, insiste.

Desde la conducción de Miami Sharks, sin embargo, se prioriza el contexto general de la competencia más que el rendimiento puntual de la franquicia. Milagros Cubelli, CEO del equipo durante la última etapa del proyecto, sostiene que el problema fue superior a Miami. “Nos convertimos en la franquicia con mayor volumen de ventas de patrocinadores, de merchandising y con los mejores financials de la liga”, afirma. Pero añade que, paralelamente, comenzaron a aparecer “señales de decrecimiento”, como la caída de los derechos televisivos y la desaparición de otros equipos. “Empezó a generarse incertidumbre sobre la sustentabilidad y la proyección de la liga a largo plazo”, resume.

En ese marco, el caso de Miami Sharks funciona como síntoma. La franquicia, creada en 2023 con un marcado sello argentino en todas sus líneas, generó expectativas inmediatas. Casares, de 27 años, formó parte desde el inicio y recordó un proyecto que buscaba instaurar una identidad desde el primer día. “Estaban construyendo una cultura sudamericana desde el arranque”, cuenta sobre el trabajo encabezado por el argentino José Cochi Pellicena, exentrenador de los Pumitas. “Creo que si el proyecto hubiese continuado, habría quedado muy sólido”, añade.

Ese perfil no fue casual. La organización contaba con un grupo de inversores detrás, encabezados por Marcos Galperín, fundador de Mercado Libre, junto a Alejandro MacFarlane (empresario del sector energético) y Ronaldo Strazzolini (un hombre vinculado a los servicios financieros), entre otros. No solo en lo organizativo había presencia argentina, también en el staff deportivo y la plantilla. “Muchos argentinos y también sudamericanos, que comparten esa pasión y ADN”, explica Casares. La primera incorporación en esa línea fue Tomás Cubelli, medio-scrum de los Pumas en ese momento.

Según Milagros Cubelli, distinguida en 2025 por la liga como ejecutiva del año por el crecimiento comercial y de marca de la organización, uno de los grandes retos era adaptar el rugby a la lógica deportiva y cultural de Miami sin perder la esencia sudamericana del proyecto. “La idea nunca fue perder esa identidad, sino adaptarla a una ciudad multicultural y con una lógica de entretenimiento muy marcada”, explica a LA NACION. Esa estrategia, subrayó, permitió posicionar rápidamente a la franquicia dentro del ecosistema deportivo local y establecer vínculos con organizaciones como Dolphins, Marlins e, incluso, Inter Miami.

El rendimiento inicial no fue negativo en términos relativos. “Fuimos el mejor récord de franquicias del primer año”, afirma, a pesar de no haber logrado clasificarse a las semifinales de conferencia. En esa primera temporada en 2024, lograron seis victorias y 10 derrotas en 16 partidos. Casares aclaró que el objetivo interno era más ambicioso. “La expectativa estaba en llegar a los playoffs desde el inicio. El equipo respondía, pero luego influyen muchos factores”, explica. La segunda temporada lograron meterse en los playoffs y, pese a caer en la fase de eliminación, parecía confirmar esa evolución. Pero no alcanzó para sostener el proceso.

Ese final dejó también la sensación de una oportunidad inconclusa. “Me habría gustado que continuara”, reconoció Casares, que destacó tanto lo deportivo como el contexto en el que estaba inserto el equipo. Miami, con su fuerte presencia latina, aparecía como un destino natural para jugadores sudamericanos y como una posible vía para expandir el rugby en un mercado distinto.

Así nació todo

La llegada de Casares a Miami Sharks también tuvo un componente fortuito que refleja el carácter inicial de la liga. Tras su salida de Boston, donde no disputó ningún minuto durante un año y ni siquiera recibió explicaciones formales sobre su salida, regresó a Argentina sin equipo. Meses después, en una final de la MLR, se cruzó de manera casual con Mariano Filippini, entonces CEO de la nueva franquicia. “Éramos dos argentinos en el estadio y empezamos a conversar”, recuerda. En ese momento, sin saber aún qué papel ocuparía su interlocutor, intercambiaron impresiones sobre la competencia y la estructura de los equipos en Estados Unidos.

Tiempo después, Filippini lo llamó para profundizar aquella conversación inicial, ya con la intención de construir el proyecto desde cero. “Me llamó para preguntarme cómo está armado un equipo en la liga, cuántos entrenadores, analistas, cómo se organiza todo”, dice Casares, quien además se gradúo en Gestión Deportiva y cursó un máster en Administración de Empresas.

Esa doble mirada —como jugador y como quien estudió el tema— terminó de abrirle a Casares la puerta a un plantel que buscaba construir una identidad con una fuerte impronta sudamericana. “Para lo que era Miami, tener a alguien local que ya entendía las formas y la cultura era una ventaja”, explica sobre su aporte como un argentino nacionalizado estadounidense con experiencia en la liga profesional de rugby en Estados Unidos, que no ocupa plaza de extranjero.

Para Casares, el problema no estuvo en lo deportivo, sino en lo estructural. “Las expectativas eran más altas de lo que debían”, sostiene. Y apunta directamente a la organización: “Creo que ahí estaba la parte más endeble”, recalca. En ese sentido, menciona cambios clave que alteraron la continuidad del proyecto: “Mariano Filippini dejó de ser el CEO. Eso hizo que empezáramos de nuevo, porque cambiaron la filosofía y las formas”.

A eso se sumaron modificaciones en el staff y decisiones logísticas que, según su relato, afectaron el día a día: “Cambiamos de predio, dejamos el de Inter Miami y fuimos a un lugar que no estaba tan bien. Empezaron a haber cosas que pensabas: esto no mejoró”.

Durante la primera etapa del proyecto, el equipo entrenaba en el mismo predio que Inter Miami, la franquicia de la MLS que tiene a Lionel Messi al frente. Esa convivencia ofrecía una postal singular del intento por insertar el rugby en un ecosistema deportivo de alto nivel. “Entrenábamos en la misma cancha que ellos. Los cruzábamos un par de veces, con sus familias”, dice Casares, y admite que nunca quiso molestar al 10 de la selección argentina. El contraste entre esa estructura inicial y los cambios posteriores, según su mirada, también reflejó la escasa solidez de un proyecto que había comenzado con estándares elevados.

El desenlace de Miami Sharks fue seco. “Una videollamada sin demasiada explicación”, resume la forma en que se comunicó el cierre de la franquicia. “No hubo mucha ayuda”, añade, en referencia a la falta de acompañamiento para la reubicación laboral de los distintos miembros del plantel. La mayoría de los jugadores se quedaron sin equipo de un momento a otro, en un mercado reducido y con pocas alternativas inmediatas.

La situación fue particularmente sensible en una liga joven e inestable, que debutó oficialmente en 2018. “Es un miedo que genera”, subraya la posibilidad de que proyectos desaparezcan de un momento a otro, como ocurrió en este caso.

La liga, según contó, pasó por un proceso de varios cambios. Uno de los más notorios fue el trato hacia los jugadores. “Antes se los trataba muy mal”, afirma Casares. “Había casos de gente que se lesionaba toda la temporada y los echaban. Una locura”, ejemplifica. En los últimos años, la creación de una unión de jugadores comenzó a ordenar ese escenario y a establecer ciertas garantías.

La experiencia personal de Casares —que llegó a Estados Unidos gracias a una beca universitaria, pasó por Boston sin jugar y encontró en Miami su primera continuidad— aparece como telón de fondo, pero también como ejemplo de ese contexto. Tras el cierre de la franquicia, logró reinsertarse rápidamente en Chicago Hounds, uno de los equipos más sólidos de la actualidad en el torneo. “No había lugar para elegir, era agarrar lo que quedaba”, describe sobre ese momento.

Más allá de las dificultades, el potencial del mercado estadounidense es un punto de coincidencia. “Es Estados Unidos: si logras engancharte en la cultura, el potencial es infinito”, sostiene. La comparación con otras ligas, como la Major League Soccer (MLS) o la poderosa National Football League (NFL), surge de forma natural, así como la magnitud del público. “Ves un partido de hockey sobre hielo y hay 45.000 personas”, ejemplifica. Sin embargo, ese crecimiento todavía no se traduce en una base sólida para el rugby. “En el plano formativo falta muchísimo”, advierte. Y lo vincula con la necesidad de desarrollar entrenadores y estructuras desde edades tempranas.

Precisamente, la idea inicial de Miami Sharks era aprovechar el potencial estadounidense y anticiparse al impacto del Mundial 2031. La iniciativa no se limitaba al equipo profesional: incluía el desarrollo de juveniles, academias y una estructura a largo plazo en una liga que aún buscaba consolidarse. No prosperó. “Mientras nosotros creciamos como franquicia, el deporte a nivel nacional empezaba a mostrar métricas en detrimento”, explica Cubelli sobre una contradicción que terminó atravesando todo el proyecto.

Y algo muy común que destaca Casares es el prejuicio externo al nivel competitivo del rugby en EE.UU. “En mi equipo hay 10 o 15 jugadores que jugaron mundiales o para selecciones como Inglaterra o Sudáfrica”, dice Casares, y recalca que ese tipo de perfiles le da a la liga una exigencia física y táctica particular, distinta a la del rugby argentino.

En ese contraste, la mirada sobre nuestro país aparece como un punto de referencia constante dentro de la liga. Aunque Casares no llegó a debutar en la primera del Newman, club en el que se formó, sí reconoce una valoración extendida sobre el rugby local. “Siempre tienen en cuenta a los argentinos”, dice, y lo asocia con un estilo de jugador que se adapta bien al contexto internacional. “Cuando el perfil es apasionado, áspero, duro, creo que se respeta mucho”. En ese sentido, cree que el nivel semiprofesional argentino es percibido como una base sólida: “Lo que se ve en el Top 14 es casi profesional y se respeta un montón. Si un jugador rinde ahí, saben que en la MLR le puede ir bien”.

En paralelo, el Mundial de Rugby 2031 aparece como una oportunidad y un desafío para Estados Unidos. Desde su experiencia, Casares no duda de la capacidad organizativa del país: “Si hay algo que puede hacer Estados Unidos es organizar un Mundial de Rugby”. La infraestructura, asegura, está garantizada y ya existen pruebas concretas, como la utilización de estadios en ciudades sin franquicia para evaluar sedes. “Están probando lugares y tratando de fomentar el rugby con el objetivo del Mundial”.

Sin embargo, esa preparación convive con tensiones estructurales. La MLR, de gestión privada, y USA Rugby, como entidad rectora, no siempre comparten intereses. “Si bien trabajan en conjunto, tienen distintos intereses”. La diferencia entre una lógica comercial y una deportiva aparece como uno de los desafíos hacia adelante, en un escenario donde el gran certamen ya tiene fecha, pero el ecosistema que lo rodea aún busca acomodarse.

El caso Miami Sharks, en ese sentido, deja una enseñanza más amplia. La inversión, la infraestructura y el atractivo del mercado no alcanzan por sí solos para garantizar un desarrollo sostenido. “Boston atraía a mucha gente, hizo un buen trabajo”, cuenta Casares sobre cómo siguen a sus equipos los fanáticos del rugby que hay en el país. “Está todo muy distribuido. Nadie va de visitante. Al público americano le gusta el deporte de contacto. Creo que el rugby no se aleja del tipo de deporte que les gusta. Yo creo que público hay, porque no me deja de impresionar”.

La experiencia de una franquicia con respaldo económico, identidad definida y resultados competitivos que no logró sostener expone las tensiones de un modelo aún en construcción. Y plantea, a cinco años del Mundial, una pregunta de fondo: si el rugby en Estados Unidos logrará transformar su potencial en una estructura estable o si seguirá dependiendo de apuestas que, como la de Miami, pueden diluirse antes de madurar.

Mateo Fernández

Periodista deportivo argentino. Cubro la actualidad del fútbol y del deporte con una mirada directa, basada en el análisis y el contexto. Me enfoco en contar lo que pasa dentro y fuera de la cancha con claridad, sin ruido y con respeto por el lector.

¿Tenés una historia o una pregunta? Contactanos y sumate a Club Midland
Contacto